Tierra de tango y carnes únicas, fértil para el turismo internacional. Y, desde hace un tiempo, una puerta abierta para el narcotráfico colombiano, que el gobierno de Juan Manuel Santos está intentando cerrar.

El asesinato de Jairo Saldarriaga, ex sicario de Daniel Barrera Barrera, señalado como el capo número uno de la actualidad, dejó claro que esta ciudad forma parte de la ruta de la droga. Y la preocupación no es de las autoridades locales únicamente. Las máximas entidades gubernamentales de Colombia están inquietas por la proliferación de delitos vinculados con estupefacientes en este rincón del Cono Sur.

A tal punto que el embajador de Colombia en Argentina, Carlos Rodado Noriega, se reunió con la ministra de Seguridad de la Nación, Nilda Celia Garré. Y la semana pasada aterrizó en Ezeiza el general Luis Alberto Pérez Albarán, director de la División Antinarcóticos de la Policía colombiana, con el objetivo de capacitar a los agentes argentinos y, también, con la meta de tejer redes en la investigación.

Ultimado a sangre fría en el corazón de Barrio Norte, en la esquina de Talcahuano y Marcelo T. de Alvear, donde es más probable encontrar señoras elegantes tomando café que asesinatos, Saldarriaga no es el primer ‘narco’ al que se la apaga la vida abruptamente. Fue el propio Mojarro, tal cual se lo conocía, el sicario que mató a balazos a dos ‘narcos’ paramilitares el 24 de junio de 2008, en el estacionamiento subterráneo del Unicenter Mall, un complejo comercial ubicado en Martínez, zona Norte de la Provincia de Buenos Aires. Héctor Édilson Duque Ceballos y Alexánder Quintero Gardner fallecieron en el acto. Julián Jiménez Jaramillo sobrevivió. Tres meses antes, otros dos colombianos aparecieron calcinados y descuartizados en La Matanza.

Entonces, Saldarriaga trabajaba para Barrera Barrera. Hasta que, según la visión del Loco, lo traicionó al entregarle a la Policía 500 kilos de cocaína que tenían pasaje a México. Y desde agosto del año pasado escapaba de su destino en esta ciudad. Ya había sufrido un atentado en Villavicencio, donde escapó de milagro rumbo a Venezuela. Y bajo la identidad de Carlos Brausin García accedió a este país con el más bajo perfil posible. Alojado en hoteles austeros de la zona de Retiro y Recoleta, se movía en una Honda 4x4 propiedad de un argentino y contaba con tres pasaportes adulterados.

Ni siquiera con tantas tretas y precauciones logró despistar a sus perseguidores, quienes acabaron dándole una cucharada de su propia medicina hace ocho días, cuando lo acribillaron en el anochecer porteño.

Desde 1995 se encuentra radicada en el país Victoria Eugenia Henao Vallejo, viuda de Pablo Escobar Gaviria. Bajo el seudónimo de María Isabel Santos Caballero se instaló junto al hijo del renombrado jefe ‘narco´, quien murió en un operativo del Bloque de Búsqueda en Medellín hace casi dos décadas. La viuda y el hijo habían cruzado la frontera con un documento falso, lo que generó un escándalo diplomático, más allá de que luego fueran absueltos por la justicia.

Las últimas operaciones. El crimen, perpetrado en el marco de lo que la Policía cree una venganza de Barrera Barrera, se produjo apenas dos semanas después de la operación denominada ‘Luis XV’, en la que se desarticuló a una banda de narcos que intentaba traficar droga oculta en el interior de muebles de estilo.

La mitad de los detenidos es de nacionalidad colombiana. Entre ellos, dos mujeres cuya historia está ligada al cartel de Barrera Barrera: su exesposa, Ruth Martínez Rodríguez, y María Claudia Gómez Martínez, viuda de Pedro Guerrero Castillo, alias Cuchillo, quien cayó en un operativo policial en Colombia en la Navidad de 2010. Esta organización internacional estaba liderada por Ignacio Álvarez Meyendorff, detenido en agosto de 2011, a quien se le comprobó la propiedad de un campo en San Vicente, a 50 kilómetros de esta capital. El hombre utilizaba el emprendimiento agrícola ganadero llamado Anna José para el lavado de los activos provenientes del narcotráfico. Su hermano, Juan Fernando, fue liberado por falta de mérito. En cambio, su hijo, Mauricio Álvarez Sarria, está prófugo con orden de captura.

Aquí también fue arrestado, mientras miraba vitrinas en Palermo, Luis Caicedo Velandia, contacto de Barrera Barrera en Nueva York. Pero Don Lucho llegó a un acuerdo con las autoridades estadounidenses y fue extraditado. Él fue quien incriminó a los hermanos Álvarez Meyendorff cuando se vio acorralado, el 12 de abril de 2010. Unos días después detuvieron a la exmodelo Ángela Sanclemente, la Reina de la Droga, en estas mismas latitudes, y unos meses antes, el 23 de noviembre de 2009, al que mataron fue a Juan Galvis Ramírez, quien había llegado a la Argentina un día después del doble crimen del Unicenter Mall. Una pareja de sicarios lo liquidó frente a un local de lanchas en San Fernando. No pareció casual su arribo a Buenos Aires. Tampoco, su asesinato.

La última detención de un ciudadano colombiano se produjo el viernes, cuando todavía estaba fresco el asesinato de Mojarro Saldarriaga. En Campana, también al norte de la provincia de Buenos Aires, se detuvo a Cristian Londoño Cifuentes, en cuyo automóvil hallaron 23 kilos de cocaína. A bordo de un Alfa Romeo, en el asiento trasero la Policía local halló ‘ladrillos’ cubiertos con papel de relojes, por lo cual el operativo fue bautizado ‘Relojes Blancos’. Se cree que este colombiano, en el momento de su detención apresado junto a un argentino, forma parte de una red con lazos en Europa. Londoño Cifuentes había ingresado al país el 12 de febrero.

Desde 1995 se encuentra radicada en el país Victoria Eugenia Henao Vallejo, viuda de Pablo Escobar Gaviria. Bajo el seudónimo de María Isabel Santos Caballero se instaló junto al hijo del renombrado jefe ‘narco´, quien murió en un operativo del Bloque de Búsqueda en Medellín hace casi dos décadas. La viuda y el hijo habían cruzado la frontera con un documento falso, lo que generó un escándalo diplomático, más allá de que luego fueran absueltos por la justicia.

Ante semejante ola de delitos, la Agregaduría Policíaca del Consulado de Colombia en Argentina está trabajando intensamente. Y aunque la reunión entre el embajador Rodado Noriega y la ministra Garré tuvo carácter protocolar, hay un vínculo operacional. De hecho, la identificación de Saldarriaga resultó sencilla gracias a ese trabajo en conjunto. Eso sí, ni el coronel Carlos Rodríguez ni el sargento Paulo Gaitán están autorizados a hablar. En el Ministerio de Seguridad argentino, también son reacios a soltar palabras. “Lo único que podemos decir que es se está colaborando con la Policía Federal para llegar al fondo de este asunto”, le dijo Andrés Arango, agregado de prensa de la Embajada, a El Espectador.

La que habló sin eufemismos sobre el tema fue la diputada nacional Natalia Gambaro, integrante de la Comisión de Prevención de Adicciones y Control del Narcotráfico. “Argentina es un país atractivo y permeable porque no tiene su espacio aéreo radarizado, sus fronteras son muy permeables y no existe una política de Estado contra el narcotráfico. Somos un mercado atractivo”, sostuvo la funcionaria. Así como el presidente de la Asociación Antidroga de la República Argentina (AARA), Claudio Izaguirre. Según su punto de vista, “hace tiempo que Argentina dejó de ser un país de tránsito para convertirse en productor y exportador”. Y revela que los colombianos quieren tomar posesión de un terreno que aquí era propiedad de los mexicanos: justamente, el de la exportación. “Los mexicanos ya están asentados y los colombianos, peleando por la llave”, reflexiona Izaguirre.

En las villas del Conurbano, peruanos, bolivianos y paraguayos se disputan el ‘chiquitaje’ o mercado minorista. Colombianos y mexicanos, en cambio, apuestan a las Grandes Ligas. “Ellos manejan números millonarios. Traen la base y la mano de obra. La producen y la exportan desde acá”, dice Izaguirre. Y dispara: “Hay que terminar con el ingreso de esta gente porque corrompen todo y es imposible sacarlos más adelante”. Argentina es un escenario paradisiaco para los narcotraficantes colombianos, esos que no llegan para sacarse una foto junto al Obelisco, emblema de los porteños, comer un asado o bailar un dos por cuatro en San Telmo.