El brasileño José Graziano da Silva, actual representante regional de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) para América Latina y el Caribe, aspira a encabezar la dirección general de ese organismo de Naciones Unidas, con el éxito de su país en la lucha contra el hambre como principal aval.

Graziano, que fue ministro de Seguridad Alimentaria y Combate al Hambre con el ex presidente Luiz Inácio Lula da Silva, se topará en esta carrera por la jefatura de la FAO con el español Miguel Ángel Moratinos.

En una entrevista concedida a EFE en Chile, sede de la oficina regional de la FAO, Graziano asegura que para suceder al senegalés Jacques Diouf, que está en ese puesto desde 1994, "lo importante es estar comprometido y no ser de una nacionalidad u otra".

"Lo fundamental es tener una persona primero comprometida con los objetivos de la organización, que tenga capacidad para manejar esos instrumentos que conozca un poco el campo de trabajo, pero sobre todo una persona que crea en el multilateralismo", asegura.

Y, al ser preguntado por las aportaciones económicas de los Estados, argumenta que si siempre "el país que tiene más plata tuviera que lograr la Presidencia, todas las organizaciones deberían estar presididas por norteamericanos, japoneses o no sé qué".

De cara a las elecciones que se realizarán a fines de junio en la Conferencia de la FAO en Roma, Graziano ya cuenta con el apoyo formal de los países de habla portuguesa y de los doce países agrupados en la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Pero su estrategia es pedir el voto de los 192 Estados miembros de Naciones Unidas, y a ello se abocará a partir de este mismo lunes en la Cumbre de la Unión Africana que se celebrará en Addis Abeba (Etiopía), donde exhibirá su experiencia como principal garantía.

Porque, según Graziano, Lula vio en la FAO una "oportunidad de mostrar lo que Brasil podía ofrecer a otros países".

"Brasil puede contribuir con más fuerza, sobre todo en Latinoamérica, África y Asia, a prestar una asistencia técnica en los temas de formulación de políticas de seguridad alimentaria, desarrollo rural y tecnología agropecuaria", explica.

Graziano cuenta que el ex presidente no quiso nombrarlo aspirante antes de las elecciones de octubre, porque "decía que tenía que ser candidato también" del nuevo mandatario, que resultó ser Dilma Roussef, quien declaró que la suya era "una candidatura de Estado".

Pero su principal aval es el éxito del programa Hambre Cero, que él mismo impulsó y que actualmente ofrece cobertura a más de trece millones de familias brasileñas, lo que fue "un factor decisivo" en la elevada valoración con que Lula dejó el poder el pasado 1 de enero.

Sin embargo, el ex ministro no cree que este programa de ayudas sociales se pueda trasladar a otros países, porque "su gracia es justamente adaptarse a las condiciones locales". "El concepto del 'hambre cero' sí se puede exportar, pero no las prácticas", recalca.

Graziano, economista e ingeniero agrónomo, que este viernes oficializó su inscripción en Roma, cuenta también con una dilatada experiencia tras cinco años al frente de la Dirección Regional de la FAO en América Latina, con 33 países bajo su mando, aunque el balance de su gestión no puede eclipsar una cruda realidad.

"No me siento satisfecho en el sentido de que yo llegué acá y la región tenía 54 millones de hambrientos y ahora sigue teniendo 53. Es una reducción muy pequeña para un continente que puede erradicar el hambre en el corto plazo", recalca.

Graziano considera que, dadas "las condiciones actuales de tecnología disponible y de tierras utilizables", Latinoamérica podría acabar con esa lacra en el año 2025, pero falta el compromiso político y el respaldo social para lograrlo.

"Hay un desafío por delante. La FAO tiene mucho que hacer en esta región", subraya.

En la columna del haber, Graziano apunta los avances en la institucionalidad, como la aprobación de leyes de seguridad alimentaria en diez países de la región -"antes no teníamos ninguna"-, y también la creciente movilización de la sociedad civil en esta lucha.

También se siente "satisfecho" por haber implementado programas de alimentación escolar en la mayoría de países de Centroamérica y ahora también en los países andinos, y por haber "apostado por la agricultura familiar y campesina".

Además, durante su gestión ha impulsado la descentralización del organismo con la creación de dos nuevas oficinas subregionales, una en Panamá y otra en Chile, esta última para América del Sur, que se suman a la que ya existía en el Caribe.

Esto forma parte de la reforma a la que la FAO se ha abocado desde 2004 para "llegar a una descentralización que permita actuar en los países con mucha más eficacia". Y ambos procesos, según Graziano, deberían culminar en los próximos cuatro años.

El ex ministro también busca reducir la burocracia, mejorar la transparencia de los recursos económicos y situar a la FAO como una "institución del conocimiento" con una carrera interna y un sistema democrático de gestión.

Todo ello, para que la FAO sea un actor más eficaz a la hora de combatir el hambre en el mundo, que aún afecta a 925 millones de personas, y hallar un sistema sostenible para alimentar a los 9 ó 10 millones de habitantes que tendrá el mundo en 2050.