Brasilia. A primer vista, pareciera que Fernando Bezerra tiene los días contados como ministro del gabinete brasileño.

Bezerra ha estado lidiando con sensacionales acusaciones de nepotismo y otras faltas éticas en la prensa brasileña.

La acusación más grave: que habría usado su poder para dirigir una cantidad desproporcionada de fondos para prevención de desastres naturales al estado del que es originario, en vez de a estados donde docenas de personas han fallecido en las últimas semanas debido a predecibles inundaciones estacionales.

Sin embargo, parece que Bezerra, quien ha negado haber incurrido en irregularidades, y la mayoría de otros ministros bajo un manto de duda van a mantener sus empleos.

La presidenta Dilma Rousseff está abandonando sus planes de realizar un gran cambio de gabinete a comienzos de este año, tras decidir que necesita del apoyo de sus partidos aliados para lograr la aprobación de legislación económica clave en el Congreso.

Rousseff probablemente necesitará todo el apoyo que pueda obtener para mantener controlada la inflación y lograr aprobar legislación que Brasil necesita para modernizar su sector de minas y energía, además de prepararse para organizar la Copa Mundial de Fútbol del 2014 y los Juegos Olímpicos del 2016.

Rousseff despidió a seis ministros debido a faltas éticas o casos de corrupción en el 2011, una postura que marcó una separación de la política usual y elevó sus índices de popularidad.

Altos asesores de la mandataria han dicho desde septiembre que Rousseff realizaría una purga aún mayor poco después de su primer aniversario en el poder el 1 de enero, incluso si eso significara que perdiera el apoyo de algunos socios menores de su coalición de 17 partidos.

La economía en desaceleración de Brasil, que no registró crecimiento en el tercer trimestre y que aún está débil, parece haber cambiado sus planes.

Rousseff probablemente necesitará todo el apoyo que pueda obtener para mantener controlada la inflación y lograr aprobar legislación que Brasil necesita para modernizar su sector de minas y energía, además de prepararse para organizar la Copa Mundial de Fútbol del 2014 y los Juegos Olímpicos del 2016.

"Ella ha adoptado una posición defensiva porque es vulnerable", dijo el analista político Bolívar Lamounier.

El especialista citó el caso de Bezerra, ministro de Integración Nacional, como un ejemplo.

Su poderosa familia política del noreste de Brasil es un ejemplo del tipo de políticos chapados a la antigua, cuyas expectativas de patronazgo no se alinean a las aspiraciones de Rousseff de limpiar la política brasileña, pero cuyo apoyo necesita mantener de igual modo.

"Ellos son un clan poderoso, una oligarquía históricamente anacrónica que aún mantiene el poder en (el estado de) Pernambuco", afirmó Lamounier.

Un año político riesgoso. Con elecciones locales en octubre, el 2012 es un año crucial para Rousseff, en que debería evitar entrar en disputas con sus aliados.

La mandataria tampoco puede arriesgarse a excluir de su gabinete a partidos aliados como el Partido Socialista Brasileño (PSB) de Bezerra.

Rousseff esperaba poner su propia estampa en un Gobierno que heredó de su predecesor y mentor, Luiz Inácio Lula da Silva, cuya enorme popularidad la ayudó a ganar las elecciones.

Pero ahora se espera que los cambios se limiten a reemplazar a ministros que fueron expulsados o que están abandonando sus cargos para postular a puestos locales.

Fuentes del gobierno afirman que no habrá un cambio inmediato en el liderazgo de la petrolera estatal, cuyo presidente ejecutivo, José Sergio Gabrielli, se sospecha que está considerando postular a gobernador del estado de Bahia en el 2014.

Se espera que el equipo económico de Brasil, liderado por el ministro de Hacienda, Guido Mantega, siga en funciones mientras el Gobierno de Rousseff se concentra en reducir la inflación e impulsar el crecimiento que perdió fuerza el año pasado por la desaceleración global producto de la crisis de deuda de la zona euro.

Brasil, una potencia emergente, tiene una economía más o menos del tamaño de la de Gran Bretaña, pero el crecimiento se redujo a cerca de un 3 por ciento en el 2011 desde un 7,5 por ciento en el 2010.

La primera mujer presidente de Brasil terminó su primer año de mandato con un índice de aprobación del 72%, que se compara con el 66% del carismático Lula, según un sondeo de la Confederación Nacional de la Industria (CNI) y la encuestadora Ibope.

Incluso con ese nivel de apoyo, para Rousseff es difícil remecer el sistema político y romper con el pasado.

Pese a gozar de una enorme mayoría en el Congreso y de una menor oposición que sus dos predecesores, en el 2011 Rousseff no consiguió hacer mucho más que elevar el salario mínimo.

Su Gobierno sufrió una derrota respecto de una propuesta para colocar un impuesto sobre transacciones financieras para pagar por cobertura de salud, lo que planteó dudas sobre su capacidad de mantener una disciplina fiscal.