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Cambio de gabinete en Chile: los secretarios del príncipe
Vie, 22/07/2011 - 10:49

Bernardo Navarrete Yánez

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Bernardo Navarrete Yánez

Bernardo Navarrete Yáñez es Profesor Asociado de la Licenciatura en Estudios Internacionales de la Universidad de Santiago de Chile (Usach).

Nicolás Maquiavelo en su libro “El Príncipe”, habla “de los secretarios del príncipe” (capítulo XXII) donde señala un tema muy atingente frente a la reciente incorporación de ministros al gobierno de Sebastián Piñera: “no es punto carente de importancia la elección de los ministros, que será buena o mala la cordura del príncipe”, esto porque la “primera opinión que se tiene del juicio de un Príncipe, se funda en los hombres que lo rodean”, ya que “no podrá considerarse prudente a un príncipe que el primer error que comete lo comete en esta elección”.

Por segunda vez el presidente Sebastián Piñera realiza un cambio de gabinete cometiendo ese recurrente error de elección de sus secretarios de Estado. Los que se van o enrocan, en una aproximación cínica, lo hacen por no haber sido los mejores, por no haber trabajado siete días a la semana y 24 horas seguidas, y por no ser capaces de expresar la nueva forma de gobernar que el presidente instaló como idea fuerza al inicio de su mandato. Pero los hechos, los porfiados hechos, nos dicen que el problema era más complejo y de equilibrio de expectativas.

Si el secretario piensa más en sí mismo que en el príncipe, éste último no podrá confiar en él y, al revés: si a éste no se le “honra” y “colma de honores”, ambos se verán perjudicados. Mantener este equilibrio es complejo, ya que quien “representa” a un partido en el gabinete de coalición expresa la plataforma programática de su colectividad, es decir, sus estrategias y respuestas frente a los dilemas sociales y económicos del país, pero, a la vez, fue llamado a implementar el programa de gobierno que presentó el presidente (el príncipe). Si privilegia lo primero, probablemente generará tal desconfianza y tensión, que terminará fuera del cargo; si opta por lo segundo, estará constantemente presionado por su propio partido para que los represente en las discusiones sobre los temas de interés.

Pero el secretario del príncipe, militante o no, tiene que “persuadir” a quienes hoy tienen la tendencia a funcionar como un sistema político en sí mismo; ello porque pueden ser al mismo tiempo oficialismo y oposición, estilo que se ve bien reflejado en el partido Unión Demócrata Independiente (UDI) desde marzo de 2010 y que, necesariamente, tendrá que cambiar al incorporarse dos de sus fundadores al nuevo gabinete.

En este escenario, los nuevos y viejos secretarios no requieren consolidarse a través del debate de ideas, sino por su capacidad para expresar los intereses del príncipe e integrar las lógicas de los partidos que lo apoyan. Si bien sabemos que el nombramiento de los integrantes del gabinete está basado en criterios partidistas -recurso que sirve para obtener respaldo político al otorgar a los partidos el control sobre importantes áreas de política pública-, el desafió al final del día es generar un “partido transversal”, tal como lo construyó la Concertación de Partidos por la Democracia cuando fue gobierno entre 1990 y el 2000.

¿Podrán los secretarios del príncipe construir un partido transversal, tras la figura del presidente? La respuesta podría ser negativa, ya que un "gobierno supra partidario" no es posible cuando los ministros sostienen posiciones públicas contrarias a las del presidente -tal como algunos lo han hecho en el último año y medio-, las que pueden llegar a diferencias ideológicas cuando se proponga legislar sobre temas valóricos. Más aún, algunos secretarios del príncipe tienen y tendrán agendas paralelas, especialmente aquellos que pretenden reemplazarlo en el cargo.

En este contexto, habiendo mayor divergencia ideológica entre los ministros de Estado, habrá más probabilidades de que surjan dificultades de coordinación entre los mismos, lo cual aumentaría los costos de concretar acuerdos y la toma de decisiones.

Pero esta relación se agrava cuando los secretarios son más populares que el príncipe. De hecho, mayoritariamente los ministros duplican al presidente en aprobación, lo cual lleva a que éste no sea parte de la solución, sino del problema.

Finalmente, en este escenario los secretarios del príncipe, además de sus propios intereses, deben enfrentar la llamada “vehemencia del misionero”, aquella que hace caer al príncipe en exageraciones y excesos, sin tener necesariamente una confianza subyacente de que iba en la dirección correcta.

Un tercer cambio de gabinete no solucionará los problemas del príncipe, ya que parece obvio que al aceptar las recomendaciones de sus secretarios, no tiende a combinarlas dejándose confundir por opciones en conflicto. Cuando se van los técnicos y llegan los políticos, tal como lo enunció el nuevo ministro de Economía, no necesariamente gana el presidente, ya que estos últimos generan un escenario donde surge la retórica y consecuentemente las soluciones dejan de ser estructurales, expresando su especial gusto por la publicidad personal y cierta incapacidad para controlar la vanidad. Al final, ellos son los “secretarios del príncipe”.

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