¿Es verosímil la denuncia del presidente Chávez, según la cual la presencia militar estadounidense en bases colombianas sería el preámbulo de una invasión a su país para apoderarse del petróleo venezolano?

No, no lo es. En primer lugar, porque el acuerdo entre Colombia y los Estados Unidos establece que no puede haber más de 800 soldados estadounidenses a la vez en ese país, ni más de 600 contratistas privados, lo cual no representa precisamente una fuerza de invasión. En segundo lugar, porque el acuerdo no permite operar desde territorio colombiano aviones caza o bombarderos, es decir, naves de combate. Por último, dos tercios de las exportaciones venezolanas de petróleo se destinan al mercado de los Estados Unidos: no queda claro por qué ese país habría de invadir Venezuela para apropiarse de un recurso que obtiene sin problemas por vía comercial.

Pero el que no haya una invasión en ciernes, no implica que la presencia militar estadounidense en Colombia no pretenda producir efectos regionales en materia de seguridad: lo admitió el ministro de Defensa colombiano cuando sostuvo que, además de sus fines declarados, la presencia militar estadounidense cumplía un propósito disuasivo frente a Venezuela.

Pero si uno de sus propósitos es la disuasión, podría al menos argumentarse que mientras Venezuela no albergue intenciones hostiles hacia Colombia, no tendría por qué temer la presencia militar estadounidense en ese país.

El problema, sin embargo, es que el acuerdo de seguridad entre Colombia y los Estados Unidos tiene además otros propósitos: derrotar a las FARC y combatir el narcotráfico. Y mientras el gobierno de Colombia acusa al de Venezuela de complicidad con las FARC, el de los Estados Unidos lo acusa de falta de cooperación en el combate al narcotráfico. Y dado que el acuerdo sí permite que naves que recopilan información de inteligencia (Vg., los Awacs) operen en el espacio aéreo colombiano para cumplir con esos objetivos, ello podría tener implicancias de seguridad para Venezuela.

Recordemos por ejemplo que el gobierno ecuatoriano sostiene que la información que permitió a las fuerzas colombianas atacar un blanco de las FARC en su territorio, provino de naves estadounidenses que operaban desde la base de Manta en el Ecuador.

Por lo demás, la presencia militar estadounidense en el entorno de Venezuela no se limita a las naves que operarían en Colombia. Además de esa presencia, al oeste de Venezuela, los Estados Unidos tienen también bases militares a muy pocas millas al norte de Venezuela (en Aruba y Curazao), para no mencionar otras bases en el Caribe. Y la reactivación, tras 58 años, de la Cuarta Flota de la marina de los Estados Unidos, si bien no implica en lo inmediato un incremento sustancial en el número de naves, tiene como propósito esencial patrullar y recopilar información en la zona del océano Atlántico adyacente a los países ribereños del Caribe y América Latina (lo cual incluye la costa este de Venezuela). La única zona cercana a Venezuela sin presencia militar estadounidense sería entonces su frontera sur, y ello sencillamente porque el Estado brasileño no la toleraría.

Nada de ello implica por cierto que los Estados Unidos se estén preparando para invadir Venezuela. Pero sí implica un mensaje claro para el gobierno de Hugo Chávez: en primer lugar, que está siendo vigilado de manera exhaustiva. En segundo lugar, se trata de una advertencia: cualquier aventura militar que pudiera concebir (probablemente una maniobra diversionista de intensidad y escala menores, antes que una guerra), podría involucrar no solo a Colombia.

Alguien podría alegar que éste último es un escenario probable, dado que el gobierno venezolano pretende proyectar poderío sobre la región, y que simultáneamente atraviesa por graves problemas internos. El punto es que, salvo por el desliz del ministro de Defensa colombiano, los gobiernos de Colombia y los Estados Unidos no sostienen ese tipo de argumentos en público. E intentan en cambio persuadirnos sobre la nobleza de sus intenciones, con historias dignas de la literatura de fantasía.