Ciudad de México. Mientras Disney-Pixar se encargó de reivindicar lo mexicano con una película sobre el Día de Muertos, Coco, los estires y aflojes del Tratado de Libre Comercio entorpecen más aún la relación bilateral gracias a la necedad de Donald Trump. Los prospectos para la renegociación del tratado no son muy positivos para México.

Pero por el momento y ¿para nuestra suerte?, Trump tiene más en qué entretenerse… aunque sería muy conveniente que el gobierno mexicano empezara a idear una estrategia para frenar la posible andanada contra México, en vista de que necesita urgentemente distraer la atención del nuevo escándalo que le persigue.

El lunes 30 de noviembre, el fiscal especial Robert Mueller, encargado de investigar los nexos de la campaña de Trump con Rusia, dio a conocer que dos funcionarios de la campaña, Paul Manafort, jefe de campaña, y su socio Rick Gates ocultaron que, mediante lavado de dinero, conspiración, falso testimonio y fraude bancario, recibieron pagos del gobierno de Ucrania para las autoridades de los Estados Unidos, desde el 2006 hasta el 2016.

Estos cargos no necesariamente involucran personalmente a Donald Trump, pero dejan al descubierto que las personas en las que confió para que cubrieran una de sus principales deficiencias, la ignorancia sobre política exterior, cabildearon en favor de gobiernos extranjeros.

Pero lo grave es que hay un tercer funcionario acusado, George Papadopoulos —el que la vocera Sarah Huckabee aseguró que era sólo un voluntario de tercer nivel en la campaña— que sí aportó pruebas sólidas del apoyo de Vladimir Putin, presidente de la Federación Rusa, para que el hoy ocupante de la Casa Blanca ganara las elecciones. Claro, dicho apoyo no fue abierto: se realizó a través de redes sociales desde cibercafés moscovitas donde infinidad de trolls se dedicaron a minar la campaña de la candidata demócrata Hillary Clinton.

Pese a las afirmaciones en contra, Papadopoulos era efectivamente el asesor en política exterior de Trump cuando anunció su primer equipo de campaña. Por lo visto, al ser interrogado en primera instancia, Papadopoulos negó conocer de los contactos rusos que él mismo había ofrecido públicamente a Trump. Pero el FBI siguió investigando y lo acorraló para que no sólo confesara lo que sabía, sino que colaborara con el FBI en la investigación.

Por ello, hoy se sabe que, antes de la primavera del 2016, Papadopoulos conoció en Italia a un profesor inglés que ofreció contactarlo con funcionarios rusos y por ello, el 31 de marzo, en la presencia del mismísimo Trump, Papadopoulos ofreció, a través de sus contactos, negociar una reunión con Putin, quien estaba en la mejor disposición de recibir a Trump, pero el encuentro jamás se llevó a cabo.

Esta información es un golpe a la credibilidad de Trump, pero ello no quiere decir que sea su Watergate, por una razón muy sencilla: el Partido Republicano controla el Congreso y es éste el que decide si el presidente es o no sujeto de juicio político. Y como se ve el escenario, no parece que los republicanos vayan a perder el Senado en las elecciones legislativas del 2018. Vamos por partes.

Para efectuar un juicio político, se requiere contravenir la sección 4 del artículo 2 de la Constitución norteamericana, es decir, la comisión de traición, cohecho u otros delitos graves por parte del presidente, el vicepresidente y otros funcionarios designados por el primero. Pero como se trata de un sistema de derecho consuetudinario, la definición de los delitos y faltas graves compete al Congreso, en específico, a los miembros del Comité Judicial de la Cámara de Representantes.

Lo interesante es que el dicho Comité Judicial debe recibir la investigación del Departamento de Justicia o de un fiscal independiente del caso para estudiarla y rehacer la acusación. Ésta se debe presentar ante el pleno de la Cámara, donde es debatida y, en caso de aprobarse, se convierte en una acusación formal que pasa al Senado, ya como una iniciativa concreta de juicio político.

El Comité Judicial de los congresistas se convierte en una Fiscalía, el Senado se convierte una especie de jurado popular y el juez es el presidente de la Suprema Corte. Si dos terceras partes de los senadores declaran culpable al funcionario, se le separa del cargo. Visto así y bajo las circunstancias actuales, mientras los republicanos dominen el Senado, es poco probable que Trump sea sometido a un juicio político. Pero eso no significa que las investigaciones no incidan sobre la imagen del grupo compacto alrededor de Trump.

El involucramiento de Rusia en la política doméstica norteamericana es un elemento que convierte al Russiagate en un caso mucho más grave que el Watergate, pues revela las fracturas del sistema político norteamericano y que su posición hegemónica se ha ido debilitando. Hace escasos 10 años era inimaginable cualquier intromisión extranjera en una elección presidencial estadounidense. Ahora parece que se aceptó “la ayuda” rusa con gran entusiasmo.

Los costos se están viendo ahora, aunque Trump tiene la suerte de estar blindado.

A pesar de que el mismo lunes 30, tanto Gates como Manafort se declararon no culpables ante una corte federal de Washington y de que Papadopoulos sí se declaró culpable del cargo haber obstruido la justicia al ocultar las conversaciones con sus contactos rusos, lo que significa que el proceso judicial sigue, la tarea de Robert Mueller no se vuelve más fácil. Al contrario. En la Casa Blanca están al borde del ataque porque la investigación va a continuar y el siguiente objetivo es indagar qué tanto el yerno Jared Kushner y el hijo Donald Trump Jr. están involucrados en la trama rusa.

Ello implica que existe una enorme tensión interna y no sería extraño que Mueller fuese relevado de la investigación. Es blanco de la insidia del Ejecutivo, del Congreso y también de los poderosos cabilderos, que buscarán, al menos, obstaculizar la investigación. Entre más nerviosos estén, aumenta la posibilidad de una conducta errática.

Resulta previsible que Papadopoulos haya dado más información al FBI y al fiscal Mueller de lo que se supo en medios y es por ello que Kushner y Trump Jr. están en la cuerda floja. Y justo en este escenario se encuentra la variable México ¿Qué mejor para Trump volver a culpar a nuestro país de las desgracias de Estados Unidos? Siempre le ha funcionado bien para distraer a su público cautivo.

Por lo demás, la caída de Kushner sería nociva para México, pues se trata del principal canal de comunicación directa que tiene la Cancillería con el gobierno de Trump, pues Luis Videgaray se ha esmerado en cultivar la amistad de Kushner. Si éste es forzado a dejar el círculo más íntimo de operadores políticos institucionales ¿con quién se va a entablar un diálogo en medio de la tormenta política y del proceso electoral mexicano? Mal negocio al sur del río Bravo, pues quien gane la presidencia de la República en el 2018 tendrá que vérselas con un Trump sin la contención de Kushner —como es el caso del PRI— y fuera de sus cabales por la ausencia de sus principales apoyos dentro de la Casa Blanca.