Es el Museo del Enervante, ubicado en el séptimo piso de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), de acceso restringido sólo a elementos del Ejército Mexicano y cadetes en preparación para fines didácticos, se da cuenta, en 10 salas, de la historia de las drogas en la humanidad, de los inicios de su combate en México, como la Operación de Tarea Marte, lanzada en 1987 para combatir el narcotráfico en el triángulo dorado, ubicado en la colindancia entre Chihuahua, Durango y Sinaloa.

La frase, a la entrada del museo, “Ofrendaron su vida en el cumplimiento de su deber” y una lámpara votiva encendida de forma permanente rinden homenaje a los 956 elementos del Ejército mexicano caídos en contra del narcotráfico de 1976 a la fecha. Tan sólo en lo que va de la administración de Enrique Peña Nieto se registran 102 elementos muertos al 31 de octubre, el 2010 fue el que más bajas sufrieron las Fuerzas Armadas, 86 soldados, bajo el mando de Felipe Calderón.

Sin embargo, lo que más resalta son los múltiples decomisos a distintos capos de la droga en nuestro país. Aunque aclaran que de ninguna forma se trata de una apología al narcotráfico, decenas de armas chapadas en oro, con incrustaciones de piedras preciosas, cachas personalizadas y el poderío del armamento del crimen organizado muestran la excentricidad de estos grupos.

En una sala especial están las armas personalizadas de diferentes calibres y capos, como la Colt .38 Super de Luis Lauro Mercado Fernández, el Peque, ayudante de Heriberto Lazcano, el Lazca, líder de Los Zetas, con grabados alusivos al Centenario de la Revolución y un diablo en las cachas.

Inicialmente el Museo del Enervante arrancó en 1985 con una sola sala y con el paso del tiempo fue creciendo hasta ser un espacio con 10 salas, dedicado a ser una fuente didáctica para los elementos castrenses, que dé cuenta del combate al narcotráfico en la historia de México .

La Colt calibre .38, con cachas doradas, un águila grabada que acompaña las iniciales “ACF”; Amado Carrillo Fuentes, asegurada a Joaquín el Chapo Guzmán, cuando fue detenido en Guatemala en 1993; o la Colt .38 Super que perteneció a Alfredo Beltrán Leyva, el Mochomo, líder de la organización criminal de los Beltrán Leyva, con efigies de Emiliano Zapata y la frase “Prefiero morir de pie que vivir de rodillas”.

O las medallas que Los Zetas, conformada inicialmente por desertores del Ejército para proteger a Osiel Cárdenas Guillén, líder del Cartel del Golfo, y del que después se escindieron, entregan a sus miembros “para reconocer alguna acción ilícita relevante”.

Fusiles AK-47 con acabados en metal dorado, rifles de asalto con miras telescópicas, armas de alto poder como la Barret .50, capaces de atravesar blindajes, lanzacohetes antitanque RPG, de origen ruso, y hasta minas antipersonales M18A1 Claymore, con un radio de acción efectivo de 250 metros.

Para los narcotraficantes su límite es la imaginación. Cubrir con malla de sombra los plantíos de mariguana para hacerlos pasar como cultivo de tomate y evitar que los detecten desde el aire, como uno en Baja California con una extensión de 120 hectáreas, mezclarlos con siembras legales como maíz y frijol, o ubicarlos en zonas de difícil localización por su posición geográfica.

Cubren los paquetes con grasa o los aíslan al vacío para evitar que sean detectados por binomios caninos o bien, los ocultan en lugares tan inverosímiles como cuadros de la Virgen de Guadalupe, el Calendario Azteca; colorean de negro la cocaína para hacerla pasar por tóner, dobles fondos en botellas de refrescos, osos de peluche, bastones, joyeros, revistas, verduras, chanclas, zapatos, quesadillas...

O como el caso de una mujer de origen colombiano, que el 16 de noviembre de 1981 fue auxiliada al llegar al Aeropuerto de la ciudad de México, con cuatro kilogramos de heroína en los glúteos, falleciendo por sobredosis al romperse uno de los empaques.

Por mar, el trasiego de enervantes lo realizan por debajo de las embarcaciones de diferentes envergaduras, lo lanzan desde lanchas rápidas o con ideas tan increíbles como la construcción de sumergibles, como el decomisado frente a la costa oaxaqueña el 16 de julio del 2008, procedente de Colombia, con unas cuatro personas y 5,823 kilogramos de cocaína.

Inicialmente el Museo del Enervante arrancó en 1985 con una sola sala y con el paso del tiempo fue creciendo hasta ser un espacio con 10 salas, dedicado a ser una fuente didáctica para los elementos castrenses, que dé cuenta del combate al narcotráfico en la historia de México y mostrar elementos que reflejen la forma de pensar de los criminales.