Juiz de Fora. Dilma Rousseff fue elegida este domingo por los electores brasileños como la nueva presidenta de Brasil, la primera mujer designada en este cargo en la historia de ese país.

La “Stella”, como era conocida en la época de la dictadura militar, tiene 62 años y su apuesta es que será capaz de crear millones de empleos, mejorar la infraestructura y escuelas y aprovechar la recién descubierta riqueza petrolera sin desviarse sustancialmente del conjunto de planes de bienestar y políticas de mercado que hicieron a su ex jefe, el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, popularísimo tanto en casa como en Wall Street.

Como nueva presidenta, lideraría una expansión aún mayor de la presencia estatal en el estratégico sector del petróleo, según sus asesores.

Un examen del período en que fue ministra de Minas y Energía y después jefa de Gabinete muestra a una tecnócrata exigente, que desdeña abiertamente las ineficiencias vistas con frecuencia en el sector público y que se rodea de los miembros más pro mercado del Partido de los Trabajadores (PT).

Carcel, tortura y militancia. Rousseff ha minimizado la importancia de su juventud activista, cuando fue encarcelada durante casi tres años y torturada por sus captores militares. Pero la verdad es que, si bien la época no la define, es fundamental para entender su surgimiento en la política brasileña.

Hija de un adinerado inmigrante búlgaro que escapó de la opresión política en su propio país, Rousseff se unió a grupos de resistencia radicales de izquierda conocidos como Colina poco después de entrar a estudiar economía en la Universidad Federal de Minas Gerais.

Los grupos de izquierda que proliferaron en todo Brasil nunca se involucraron en el combate a gran escala o representaron una seria amenaza contra el Gobierno militar. En cambio, consistieron principalmente en células lejanamente afiliadas en áreas urbanas que robaban bancos, hacían detonar bombas y secuestraban y mataban a figuras políticas.

El segundo esposo de Rousseff, Carlos Araújo, también era activista de izquierda y su compañero de lucha.

Según Araújo, las responsabilidades de Rousseff consistían principalmente en "coordinar" las acciones de varias células. Cuando los militares tomaron acción contra los grupos de izquierda, ambos se echaron a la fuga durante meses y utilizaron apodos, incluyendo, en su caso, el de "Stella".

Rousseff "nunca tomó un arma", dijo Araújo. "Ella nunca disparó un tiro", agregó. Uno de los asesores de campaña de Rousseff, Fernando Pimentel, contó que la pareja fue prontamente capturada. Ella padeció torturas "extremadamente crueles" mientras estaba en prisión incluyendo reiteradas descargas eléctricas, precisó.

"La llevaron al límite", expresó Pimentel. Incluso antes de su encarcelamiento, Rousseff comenzó a desplegar una línea pragmática que definiría su carrera.

Pimentel dijo que ella "fue una de las primeras de nosotros en darse cuenta" de que las guerrillas eran superadas en armamentos y estaban mal organizadas y no tendrían éxito en el derrocamiento de los militares.

De hecho, tras su liberación de prisión en 1973, Rousseff nunca miró para atrás. Reanudó sus estudios en economía y abandonó totalmente la línea dura de la resistencia.

"Del mismo modo en que entramos rápidamente en ese mundo, también lo abandonamos rápidamente", contó Araújo. Ahora están divorciados, pero siguen siendo amigos y el auto estacionado en la entrada de la casa de él en Porto Alegre tiene una enorme calcomanía de Dilma en la ventana trasera.

Rousseff cultivó un amor por la poesía y la literatura -uno de sus escritores favoritos es el novelista francés Marcel Proust- y dio a luz a su único retoño, su hija Paula.

Pero nunca hubo indicios de que ella emergería por encima de su condición de funcionaria pública de nivel medio.

"Yo le di a Dilma su primer trabajo (de alta jerarquía gubernamental) debido a su coraje en la lucha armada", dijo Alceu Collares, un ex gobernador del estado meridional de Rio Grande do Sul, quien convirtió a Rousseff en la primera secretaria de Energía de ese estado a comienzos de la década de 1990. "Siempre admiré a esa gente", agregó.

Rousseff, quien en los años transcurridos desde entonces trabajó en un comité de expertos regionales y fue asesora de sindicatos de comercio, eventualmente adquirió la reputación de una administradora eficaz, si bien modesta.

Como secretaria de Energía trabajó bien con compañías del sector privado para ayudar a conectar algunas de las lagunas en la grilla energética del estado para evitar los apagones que plagaban al resto de Brasil, dijo Olivio Dutra, otro antiguo gobernador.

"Nadie dijo, nadie pensó -ni siquiera ella- que alguna vez sería una importante candidata de algo", dijo Dura. "Nunca hizo nada que indicara que ese era su objetivo", añadió.

Estatizante, no. Críticos de Rousseff generalmente citan a la petrolera estatal Petrobras y el masivo aumento de los préstamos del estatal Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (Bndes) en los últimos años como una evidencia de que gobernará a la izquierda de Lula una vez que sea elegida.

Rousseff "tratará de centralizar la economía tanto como pueda, dándole poder a los grupos corporativos y a los sindicatos, sobre todo", dijo Fernando Henrique Cardoso, quien fue presidente de Brasil entre 1995 y el 2003, y cuyo partido ahora es la principal oposición.

Luciano Coutinho, presidente de Bndes y un fuerte candidato a ser ministro de Hacienda de Rousseff, ha defendido la expansión crediticia del banco como una respuesta necesaria a la crisis financiera mundial.

Coutinho dijo que no creía que otras empresas estatales fueran a "crecer masivamente" bajo un Gobierno de Rousseff.

"Ella no tiene una tendencia ideológica (...) favorable al sector público o discriminativa del sector privado. Es pragmática y principalmente busca resultados", afirmó.

Casi todos los demás del círculo más íntimo de Rousseff coincidieron con esa apreciación en conversaciones tanto privadas como públicas.
Rousseff comenzó la campaña como un enigma, incluso dentro de algunos círculos políticos en Brasilia.

La cantidad de votantes que reconocía su nombre sumaba menos del 10% y su nominación no cayó bien a algunos dentro del Partido de los Trabajadores que querían a un candidato más conocido y con mayor experiencia.

Eso ayuda a explicar por qué, desde el primer día, Rousseff ha construido su candidatura sobre un mensaje de continuidad de las políticas de Lula, apareciendo a su lado en mítines y en la televisión tan frecuentemente como le es posible.

Franklin Martins, ministro de Comunicación Social y muy ligado a Rousseff, está seguro de que la candidata construirá su propia identidad si resulta elegida como presidenta. "Cualquier persona que diga que será un piloto automático no conoce a Dilma", declaró entre risas.

Su otra predicción -que asumirá rápidamente el rol de presidenta, del mismo modo en que lo ha hecho con otros cargos durante su carrera- también muestra señales de ser cierta.