La sorpresa de las elecciones legislativas no fue la derrota del Partido Demócrata sino la dimensión del triunfo republicano. Aunque todas las encuestas pronosticaron que los conservadores terminarían controlando el Congreso, ninguna proyectó los resultados finales.

Los republicanos se hicieron con el control absoluto del Congreso al pasar de 45 escaños a 52 de los 100 que constituyen el Senado y en la Cámara de Representantes ganaron 18 bancas más, según la cadena ABC, lo que les daría 247 de los 435 miembros, la más amplia mayoría republicana desde la década de 1930. Y para completar arrasaron en las elecciones a gobernador en feudos demócratas como Massachusetts, Maryland e Illinois. Algo que los medios estadounidenses coincidieron en calificar como “la peor derrota del presidente, Barack Obama, desde que llegó a la Casa Blanca en 2009”.

La mayoría de analistas atribuyen la ola conservadora al descontento con el presidente Obama: sólo el 44% de los estadounidenses tiene una opinión positiva del mandatario y el 79% dice que siente que el país va por mal camino, según un sondeo publicado por el diario The Washington Post y la cadena ABC. Pero si bien la baja popularidad de Obama (la peor en años) jugó en contra de los demócratas, la que terminó asestando el verdadero golpe fue una estrategia republicana diseñada cuidadosamente hace más de un año.

El 7 de noviembre de 2013, luego de la derrota que sufrió el Partido Republicano en las elecciones para la Alcaldía de Nueva York y a la Gobernación de Virginia, donde los demócratas les dieron una verdadera paliza, los conservadores decidieron repensar su estrategia para las elecciones legislativas de 2014 y las presidenciales de 2016. Luego de estudiar los resultados, los líderes del partido concluyeron que la pelea no era contra los demócratas sino contra los “rebeldes” dentro de su mismo partido, entre los cuales el ala conservadora del Tea Party ganaba terreno.

El triunfo del moderado republicano Chris Christie en la Gobernación de Nueva Jersey les confirmó que ese era el camino. Fue con ese objetivo que entonces comenzaron a trabajar con un solo objetivo: recuperar el control total del Congreso, que no tenían desde 2006. Ya habían dado un paso significativo en 2010, cuando les arrebataron a los demócratas la Cámara Baja, pero el objetivo era el control total.

Según relata The New York Times, el Comité Senatorial Republicano Nacional identificó candidatos que podrían llevar a todo el partido a la derrota, como Chris McDaniel, quien corría a senador por Mississippi y tenía un largo historial de comentarios sexistas y raciales. Los estrategas conservadores comenzaron a convencer a donantes y copartidarios de la necesidad de neutralizar ese tipo de candidatos e iniciaron una purga de extremistas del partido.

Cuentan los periodistas Jeremy W. Peters y Carle Hulse que la metódica estrategia incluía investigación de antecedentes de cada candidato y un seguimiento juicioso para evitar los errores que los llevaron a contundentes derrotas electorales. Legisladores y estrategas se unieron en los meticulosos esfuerzos. No dejaron nada al azar, pues incluso les dieron a sus candidatos entrenamiento para enfrentar a los medios de comunicación y evitar momentos autodestructivos como los de Todd Akin, quien dijo que si una violación era real no terminaba en embarazo.

A eso le sumaron una dura campaña de ataques contra el presidente Obama y sus temas más controvertidos, como la reforma del sistema de salud, la llegada del ébola a Nueva York y el avance del Estado Islámico en Irak. Temas que terminaron convenciendo a los votantes de la idoneidad de los republicanos para manejar el Congreso, uno de los más improductivos de la historia, pues en los últimos años no ha adoptado ninguna ley de impacto. ¿Mantenener la exitosa estrategia? Analistas no lo aconsejan, pues para las presidenciales, cuando muy probablemente se medirán con Hillary Clinton, necesitarán el respaldo del Tea Party y tendrán que mostrar resultados en el Congreso. “Ya no podrán culpar al Senado de las malas decisiones y la parálisis legislativa, pues el control está en sus manos”, señala The New York Times.