Ciudad de México.- Una de las áreas estratégicas que parece ser una incógnita es la diplomacia del próximo gobierno. ¿Cuál va a ser la orientación internacional del gobierno de López Obrador si en campaña dijo que “la mejor política exterior era la interior”? Las relaciones internacionales no son el fuerte del presidente electo; incluso, hasta hace poco, había viajado poquísimo. Se sabe que en el 2017 hizo 16 giras internacionales, más de la mitad de ellas a Estados Unidos, a las ciudades con mayor presencia de mexicanos: Los Ángeles (dos veces), Chicago, El Paso, Laredo, Phoenix, Washington, DC (al Woodrow Wilson Center, al que invariablemente han sido invitados los candidatos presidenciales mexicanos), Nueva York y San Francisco. Salvo excepciones, sus principales interlocutores fueron mexicanos expatriados y migrantes. En el 2017 viajó también a Chile, Ecuador y El Salvador. En el 2016 se trasladó a Panamá a presentar su libro Catarino Erasmo Garza Rodríguez, ¿revolucionario o bandido?, publicado por Editorial Planeta.

La relación con líderes europeos ha sido limitada. Se sabe que mantiene una relación amistosa con el líder laborista inglés, Jeremy Corbyn, al que visitó en el 2017 y que buscó un acercamiento con el papa Francisco en el 2015, año en que dio una conferencia en la Casa de América Latina de París, con la asistencia del entonces candidato presidencial por el movimiento Francia Insumisa, Jean-Luc Mélenchon. También, en el 2017, estuvo en España, concretamente en Santander donde además de visitar Ampuero, lugar de nacimiento de su abuelo materno, se reunió con empresarios cántabros.

El que Marcelo Ebrard sea el próximo canciller indica que hay ya una apertura hacia lo internacional por parte de AMLO, lo que realmente hace dar un suspiro de alivio.

Por lo que toca a la relación con Estados Unidos, Andrés Manuel se ha esmerado en no tener diferendos con Donald Trump y éste, como sea, ha respondido “relativamente bien” en función de sus intereses y locuras. La parte mexicana logró negociar el nuevo acuerdo que sustituye al TLC, cuyo nombre es un tanto irrelevante, pero sus consecuencias no, especialmente para la industria automotriz. Algo se logró y puede decirse que la participación de Jesús Seade en representación del nuevo gobierno fue adecuada.

Andrés Manuel ha tratado de contemporizar y prometió frenar la inmigración centroamericana a Estados Unidos. De ahí que haya ofrecido dar visas de trabajo a los migrantes del sur, básicamente hondureños. Suena bastante en sintonía con la construcción del Tren Maya, cuya realización no será susceptible de ser consultada. Más que capricho, parece que es parte del acuerdo con Donald Trump: gracias a la construcción del tren, se podrá dar trabajo a miles de migrantes que así tendrán menos incentivos para llegar a la frontera con Estados Unidos y bajaría la presión para la construcción del muro. Total, la migración a Estados Unidos no es tanto mexicana sino centroamericana. Suponemos que los gastos correrán a cuenta de la administración Trump. Pero no todo se plantea tan fácil. Una enorme caravana de hondureños está por llegar a la frontera norte de México y ello ha puesto en guardia a los halcones de la Casa Blanca, quienes demandan la construcción inmediata del muro fronterizo a la brevedad, mientras Trump ya amenazó con cerrar la frontera y movilizar tropas.

En cuanto a definiciones, el problema no parece ser América del Norte, sino América Latina. El viraje a la derecha de países como Argentina, Colombia, Chile y próximamente Brasil, seguramente generarán enfrentamientos, al menos discursivos, con AMLO. Especialmente con Brasil, que siempre ha competido con México por ser el ­hegemónico diplomático del subcontinente, la previsible llegada al poder de Jair Bolsonaro será un motivo de roces diplomáticos. Eso ya se sabe. Sin embargo, con Colombia tendrá que haber algún tipo de entendimiento y cooperación para el combate al narcotráfico.

Lo más problemático con relación a América Latina es el apoyo que AMLO ha brindado por omisión al no condenar las dictaduras de Venezuela y Nicaragua, invocando el principio de no intervención. El presidente electo no se ha pronunciado en torno a la crisis humanitaria que vive Venezuela. Tampoco ha dicho una palabra acerca de la represión perpetrada por el sandinismo en el gobierno de Daniel Ortega y su inefable esposa, Rosario Murillo. Recuerdan a cierta parejita rumana de apellido Ceauşescu...

Por lo que toca a China, al parecer la idea es jugar con Estados Unidos y, por tanto, limitar la relación sino-mexicana. El equilibrio con China será de tipo económico, intercambio de bienes y servicios, inversión, pero México procurará escurrirse de las posiciones de China que afecten a Estados Unidos. Pero esto no será extensivo al resto de Asia, las relaciones con países como Japón, Corea e India serán fluidas y en el mismo nivel de siempre.

Con los países productores de petróleo, seguramente habrá una mayor interacción en vista de intereses comunes, mientras que con Francia y Rusia, me imagino que se incrementará el intercambio, especialmente con la primera.

Va a ser interesante medir el nivel de convocatoria internacional de López Obrador; los indicadores serán a cuántos mandatarios invitó, de éstos, cuántos acudirán y lo más importante, quiénes de relevancia estarán en San Lázaro el 1 de diciembre. Al momento, sabemos que fueron 111 los convocados, incluido el papa Francisco, falta saber cuántos vienen. Para infortunio del presidente electo, la próxima reunión de líderes del G20 —Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Francia, Alemania, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Corea de Sur, Rusia, Arabia Saudita, Sudáfrica, Turquía, Reino Unido, Estados Unidos y la Unión Europea— será en Buenos Aires, los días 30 de noviembre y 1 de diciembre. Es poco probable que Andrés Manuel viaje a la cumbre de mandatarios y también poco plausible que algunos de los ahí reunidos viajen a México. Trump que ya dijo que no va a venir, pero en su lugar vendrá el vicepresidente Mike Pence. Queda la duda de si vendrá Vladimir Putin, el cual demostró, según se dice, se cuenta y se menciona, un especial interés por México durante la coyuntura electoral del 2018. Me inclino a creer que vendrán representantes de primer nivel de la Unión Europea, Alemania —que tiene bastantes intereses en México—, Francia, China, Reino Unido, India, Japón y Australia, pero difícilmente sus mandatarios.

Confirmado ya está Nicolás Maduro —mal negocio—, lo mismo que Evo Morales, presidente de Bolivia; el presidente de Perú, Martín Vizcarra; Salvador Sánchez Cerén, presidente salvadoreño y amigo personal de AMLO; así como los presidentes de Honduras, Guatemala y Cuba. Desde 1988, que yo recuerde, a la toma de posesión de los mandatarios mexicanos siempre ha acudido una representación española, en esa ocasión vino Juan Carlos I y después su hijo. Tengo la impresión de que Felipe VI es a la fecha el mandatario que más veces ha venido a un evento de esta naturaleza; representó a su padre en 1994, en el 2000, el 2006, el 2012 y ahora vendrá, por primera vez, como jefe de Estado.

Es de suponer que la estrategia diplomática de López Obrador será latinoamericanista y estrechará nexos con países como Reino Unido, Francia y Rusia; será consecuente con los intereses norteamericanos, aunque discursivamente apoyará a “la izquierda...”. Como el PRI de antaño.