Buenos Aires. "Argentino y peronista”. El contundente mensaje, escrito sobre la foto del flamante Papa Francisco, aparecía hace un año en los carteles habitualmente destinados a las “pegatinas” políticas en las calles de Buenos Aires.

Apenas habían transcurrido algunas horas desde el nombramiento de Jorge Mario Bergoglio como sumo pontífice de la Iglesia y ya empezaba a quedar en evidencia que nada sería igual en la Argentina. A partir de ese momento, Francisco no sólo se convertía en el argentino de mayor trascendencia universal, sino que también pasaba a ser el personaje más influyente en la turbulenta escena política local.

Esto implicó, desde el primer momento, una puja por “apropiarse” de la imagen del papa y por interpretar sus palabras en clave política. El ala tradicional del peronismo lo entendió de inmediato y actuó en consecuencia. No iba a permitir que, para un movimiento de fuerte raigambre nacionalista y católica, el acontecimiento de un papa compatriota fuera desaprovechado.

O, peor aún, que su imagen fuera cooptada por opositores como Elisa Carrió o Mauricio Macri.

Desde el primer momento hubo una puja por “apropiarse” de la imagen del papa y por interpretar sus palabras en clave política. El ala tradicional del peronismo lo entendió de inmediato y actuó en consecuencia. No iba a permitir que el acontecimiento de un papa compatriota fuera desaprovechado.

Por eso, los más rápidos de reflejos sacaron a relucir el dato biográfico de que Bergoglio, en su juventud, había manifestado simpatía por el peronismo y que había mantenido una relación cercana con la Guardia de Hierro, como se denominaba en los años 70 al grupo peronista tradicional y nacionalista, el que se enfrentaba -en la feroz interna- al peronismo de la izquierda universitaria.

La presidenta Cristina Kirchner también entendió la trascendencia del momento, pero le llevó un poco más de tiempo poder asimilar la noticia. De hecho, su reacción inicial había sido de indisimulada incomodidad y frialdad, tras años de antipatía mutua entre el gobierno kirchnerista y el entonces arzobispo Bergoglio.

Pero esa actitud duró pocos días. Dirigentes políticos y amigos le hicieron notar el error de seguir tratando al papa como si siguiera siendo el díscolo sacerdote que polemizaba con Néstor Kirchner, por lo que tenía que convertirse en su aliada.

Fue así que el ala izquierda del kirchnerismo quedó aislada en su denuncia sobre presunto colaboracionismo de Bergoglio con la dictadura. Y Cristina confirmó su presencia en la ceremonia de entronización.

Un año después, el giro pragmático de Cristina está consolidado. Y tendrá su momento cumbre con la reunión que mantendrá este lunes, en la sede vaticana, con el santo padre.