Aunque la primera Cumbre de las Américas fue convocada por Estados Unidos en 1994 para persuadir a sus vecinos de convertir al continente en un área de libre comercio, el encuentro se siguió celebrando incluso después de 2005, cuando esa iniciativa fue dada por muerta y enterrada. Literalmente. “El ALCA es un cadáver”, dijo entonces el mandatario venezolano, Hugo Chávez, uno de los principales adversarios de la propuesta de Bill Clinton. Este viernes (13.4.2018) se inaugurará en Perú la octava edición de ese encuentro.

La agenda del evento, que durará dos días, revela lo mucho que han cambiado las cosas en los últimos trece años. Por un lado, Estados Unidos, el nuevo adalid del proteccionismo económico, buscará convencer a los presentes de que él es el socio que les conviene, y de que la apertura de Latinoamérica al capital y a las exportaciones chinas es nociva para el hemisferio. Pero su presidente, Donald Trump, anunció a última hora que no asistiría, así que el trabajo de persuasión quedará en manos de su vicepresidente, Mike Pence.

La labor de Pence no será fácil, considerando cómo Trump ha obligado a México y a Canadá a renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), la retirada unilateral de Estados Unidos del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP), los aranceles punitivos que Washington ha ordenado imponerles a ciertas importaciones chinas y europeas, la inflexibilidad de la política migratoria de Trump de cara a México y Centroamérica, y la incertidumbre que genera su volatilidad como jefe de Estado.

Una cumbre para recordar. Otra diferencia entre la cumbre de 2018 y la memorable cita de 2005 en Argentina es que Venezuela dejó de ser un país económica, política e ideológicamente influyente para convertirse en la “nación problema”, en más de un sentido. La crisis humanitaria que allí se vive, los flujos emigratorios que ésta desata, las mociones ilegales del hombre fuerte de Caracas, Nicolás Maduro, para aferrarse al poder y el desfalco de las arcas del Estado amenazan con acaparar la discusión en Lima, cuyo tópico central es la lucha contra la corrupción.

“Más allá de un show mediático, no creo que se pueda coordinar posición común alguna en América Latina”.

Por otra parte, el hecho de que Maduro haya sido marginado de la reunión de Lima ha llevado a al menos uno de sus aliados a boicotear el evento. En su tercera edición –realizada en Canadá en 2001–, la Cumbre de las Américas adoptó una cláusula democrática que insta a excluir a gobernantes que arremetan contra el orden constitucional en sus países, pero Antigua y Barbuda describió el veto contra Maduro como un gesto “inaceptable” y optó por no enviar emisarios a Perú. También Bolivia sopesa la posibilidad de ausentarse.

En marzo, un grupo anticastrista de Miami llamado Asamblea de la Resistencia Cubana se dirigió al secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, y a la canciller de Perú, Cayetana Aljovín, para hacerles notar la “incongruencia” de retirarle la invitación a Maduro y darle la bienvenida a Lima al actual mandamás de La Habana, Raúl Castro. A juicio del profesor Ivo Hernández, de la Universidad de Münster, esa incoherencia es otra prueba de los cambios de marea registrados en las cumbres.

Cuba sí, Venezuela no. “En 2015, Cuba fue invitada a la cumbre de Panamá debido a la presión ejercida por la Alianza Bolivariana para los Pueblo de Nuestra América (ALBA), que todavía tenía fuerza tras la muerte de Hugo Chávez (5.3.2013) y era impulsada por el Estado venezolano. Aparte de la agenda castrista, promovida por la ALBA, también el presidente estadounidense Barack Obama impuso la suya: él quería encontrarse con Raúl Castro y conversar cordialmente con él en el marco de su política de acercamiento Washington-La Habana”, dice Hernández.

“Pero el actual ocupante de la Casa Blanca, Donald Trump, detuvo en seco el proceso de aproximación cubano-estadounidense puesto en marcha por su predecesor. Eso significa que Castro asistirá a la cumbre de 2018 habiendo perdido el apoyo de Argentina, Brasil y Chile, y la tolerancia de Washington. Y si sumamos a eso que la autocracia de Maduro ha llevado a Venezuela a una tragedia que ni siquiera Cuba ha conocido, el hecho de que a Maduro se le haya negado la invitación a Lima no luce tan contradictorio”, sostiene el catedrático.

Los Ejecutivos de Uruguay y Nicaragua le pidieron al nuevo presidente de Perú, Martín Vizcarra, que levantara el veto impuesto a Maduro. Algunos medios especularon que el mandatario venezolano podría intentar llegar a Lima a bordo del avión oficial de un aliado. Al respecto, el anfitrión se limitó a aclarar que, aunque Maduro entrara al país a pie, “por la frontera”, él no tendría acceso a la cumbre. Como la ausencia del líder venezolano, también la de su homólogo estadounidense ha atizado diversas elucubraciones.

¿Todos contra Trump? Tomando en cuenta que las posiciones de Trump en materia de migración y comercio lo han malquistado con sus pares latinoamericanos, ¿puede su inasistencia propiciar la creación de un frente hostil a sus políticas desde el Río Bravo hasta la Tierra del Fuego? “No lo creo. El vicepresidente Pence, que parece compartir no sólo los principios de Trump, sino su talante radical a la hora de defenderlos, estará presente. Yo descartaría a priori un súbito entendimiento entre latinoamericanos para desafiar a Estados Unidos”, señala Hernández.

“Pienso, eso sí, que, al cancelar su asistencia a la cumbre de Lima para ocuparse del conflicto armado en Siria, Trump pierde una oportunidad de oro para acercarse a los países de la región”, acota el docente de Münster. El economista Alejandro Márquez Velázquez, de la Universidad Libre de Berlín, coincide con Hernández. “Tendencias proteccionistas, como la de elevar los aranceles de las importaciones de acero, están dirigidas contra China, pero han afectado a Europa y pueden perjudicar a economías latinoamericanas”, indica.

“Sin embargo, este año no es auspicioso para el surgimiento de alianzas internacionales en América Latina. Hay elecciones en varios países del subcontinente, es imposible predecir a ciencia cierta qué partidos asumirán el poder y, en consecuencia, es difícil saber si lo acordado en la cumbre de Lima será ratificado. Además, históricamente ha habido muy pocos acuerdos entre México y el resto de los Estados latinoamericanos. Fue sólo recientemente cuando se unió a Chile, Perú y Colombia para fundar la Alianza del Pacífico”, explica Márquez Velázquez.

“Más allá de un show mediático, no creo que se pueda coordinar posición común alguna en América Latina”, enfatiza el experto de Berlín.