¿Qué sentiría si hoy, al comprar su primer celular, recibiera un teléfono-ladrillo de 1990 todo envuelto en cintas de colores, advirtiéndole que si el aparato llega a caérsele, puede explotar y volar parte de su casa y la del vecino?

Aunque el paralelo no es exacto, resulta iluminador para entender por qué la industria nuclear actual puede producir accidentes tan graves como el de las seis centrales de Fukushima: está obsoleta.
“Todo el mundo sabía que las centrales japonesas funcionaban mal; que estaban mal ubicadas”, dice el físico Manlio Coviello, director de la Unidad de energía y recursos naturales de la Cepal, en Santiago de Chile, quien se define como un nuclearista convencido. “Podemos darnos cuenta de que ése era un auto viejo que se venía al barranco, pero el 99,9% de la gente no sabe eso –se lamenta–. Entonces, el tema nuclear es intomable por ahora”.

Para Alfredo Sandoval Villalbazo, director del Departamento de Física y Matemáticas de la Universidad Iberoamericana, en México, lo ocurrido en Japón obliga a “recalibrar todo lo que estamos haciendo”. Pero, en vez de abandonarla como opción, a su juicio se debe aceptar la necesidad de acelerar la inversión en energía nuclear para volverla totalmente segura. Esto implicaría “no usar reactores de hace 40 años, fabricados con materiales de propiedades mediocres comparadas a las que hoy en día tienen los nanomateriales, de mayor resistencia mecánica, aislamiento térmico y con mejor absorción del calor”.
México posee una única central nuclear –Laguna Verde, en Veracruz, sobre el Golfo– con dos reactores que generan 682,5 Mw eléctricos cada uno. Una encuesta de la empresa Democtecnia, posterior a la crisis en Japón, mostró que un 69% de los consultados no cree que la seguridad se maneje correctamente allí, y un 44% estima que es más insegura que otras centrales del mundo. La sorpresa es que –aún así– sólo un 32% dijo que, si dependiera sólo de su voluntad, la cerraría.

Cómo alimentar  al hambriento.

Sucede que, pese a los discursos de la abundancia, en América Latina hay hambre de energía, sobre todo en Brasil. Por eso, aun con los enormes descubrimientos de petróleo y gas, tiene en carpeta un plan para construir ocho centrales de potencia de ahora a 2030. Es la intención del ministro de Minas y Energía, Edison Lobão. Unos pocos días antes de los sucesos de Fukushima, aseguró que buscaría lograr este año la aprobación para el inicio del proceso de tres a cuatro de ellas.

Brasil posee dos centrales operativas, Angra I y II, a orillas del Atlántico, que le proveen del 2,5% de su electricidad. En cuatro años más tendrá una tercera, Angra III, que ya se está construyendo. Y todo parece indicar que, para Dilma, los planes seguirán en marcha. Aloizio Mercadante, ministro de Ciencia y Tecnología, lo afirmó de manera tácita: “Tengo la convicción de que, después de esta tragedia, habrá nuevos debates sobre el futuro de la energía nuclear. Nuevos protocolos de seguridad van a aparecer, y Brasil seguirá esa tendencia”.

Argentina es el tercer país de la región con capacidad nuclear. Posee en operaciones las centrales Atucha 1, en las afueras de Buenos Aires, y Embalse, en la provincia de Córdoba. Ellas producen el 8 % de la electricidad consumida. En septiembre próximo inaugurará la tercera, Atucha II. Y en junio de 2011 se licitará una cuarta, Atucha III, que podría tener dos usinas de 1.000 Mw cada una.

“El diseño de nuestros reactores es diferente al de los japoneses”, informó la Autoridad Regulatoria Nuclear argentina mediante una nota de prensa, tras ocurrido lo de Fukushima. Poseen “un circuito de moderación que permite acceder a una cantidad abundante de agua durante las operaciones de refrigeración”. A lo que se suma la inexistencia de la posibilidad de tsunamis, aunque no de sismos, en el caso de Embalse.

Fuentes del sector indican que lo ocurrido en Fukushima incidirá en el tipo de tecnología que se exija en la licitación de Atucha III. En cualquier caso, alguien que se opone a estos planes es Roberto Lavagna, ex ministro de Economía del gobierno de Néstor Kirchner. Sobre Atucha II, asegura que “hay expertos que pertenecieron a la Comisión de la Energía Atómica que, consultados, han dicho textualmente: ‘Ponerla en funcionamiento sería como utilizar hoy un Ford T’. Dicen que todo cambió en materia de centrales”. Se refiere a que la construcción de la central “estuvo detenida por más de 20 años, con diversas partes embaladas y mantenidas hasta que se decidiera qué hacer. Se reanudó sin mucha discusión (incluido el Congreso) en 2007 y ya hay atrasos de puesta en marcha”.

En Argentina hay voces incluso apocalípticas, como la de la opositora de centroizquierda católica a la presidencia, Elisa Carrió: “Dios nos está diciendo que debemos cuidar el planeta, que no sigamos destruyendo la Tierra”.

El arte de no prevenir.

No es necesario ser apocalíptico. Argentina planea concentrar tres centrales nucleares a 120 kilómetros de su capital, que sufrió dos atentados terroristas en los años 90. Un experto del área, que prefiere el anonimato, cita el caso de una central de investigación que Argentina vendió a Australia: “Posee la resistencia para protegerla del impacto de un avión mediano”. ¿Las de Buenos Aires? No se sabe.
Un fenómeno de negación parecido ocurre con las plantas brasileñas de Angra. Eletronuclear, la agencia que las opera, afirma que es virtualmente inexistente la posibilidad de que ella sea golpeada por un tsunami. Se equivoca. En 2001, los investigadores Simon Day, del University College London, y Steven Ward, de la Universidad de California, publicaron un artículo en Geophysical Research Letters, mostrando los resultados de un modelo predictivo acerca de qué ocurriría si el volcán Cumbre Vieja, de las Islas Canarias, entrase en erupción y su cono colapsara: un mega tsunami se expandiría por todo el Atlántico. Olas de 50 metros golpearían Florida, en EE.UU. y de 40 metros asolarían la costa norte de Brasil. En el sur serían menores, pero cabe recordar que el desastre de Fukushima se originó debido a olas de “sólo” 14 metros.

Pero aun cuando las centrales argentinas nunca sean atacadas por terroristas, y a las brasileñas jamás las moje ni un cubo de agua salada, la tecnología actual enfrenta un drama que se pasa por alto: el depósito de sus desechos.

En los dos países señalados, los combustibles nucleares quemados se almacenan en las mismas centrales. Se trata de materiales que durante 10.000 años continuarán siendo radiactivos y deben ser depositados en lugares más estables y seguros.
Dawid Bartelt, director de la ONG Heinrich Böll Stiftung, vinculada al Partido Verde alemán, dijo a la revista Conjuntura Económica, de la Fundación Getúlio Vargas, que el depósito definitivo para los desechos nucleares producidos en Angra 1 y 2 todavía no existe: “Hoy quedan en depósitos intermedios, galpones de concreto hechos dentro de rocas. El inicio del proyecto de repositorio está previsto para 2014, el inicio de las obras será en 2019, y el de la operación, en 2026”.

¿Cuánto costará? Seguramente menos que los US$ 11.000 millones que se gastó EE.UU., bajo la forma de un subsidio indirecto, para crear un depósito en la mítica Yucca Flat, Nevada. Depósito que hoy no se usa.

La promesa del torio.

Sin embargo, no se trata de un caso cerrado. Existen al menos siete tipos de reactores nucleares nuevos que superan en diseño a los existentes. Algunos son multicombustibles y otros operan solamente con torio, un material menos radiactivo que el uranio y plutonio tradicionales.

Justamente en el torio es donde se concentra la investigación más prometedora. Si bien usa igualmente algo de uranio, lo hace en cantidades pequeñas. Como resultado, en la mayor parte de estos tipos de reactores los desechos nucleares son mucho menores en volumen, en peligro radiactivo y en vida media (esto es, el tiempo que tardan en volverse inocuos). A ello se une que no pueden ser utilizados para hacer armas nucleares.

La India posee ya tres de ellos, pero en un sistema integrado no aconsejable para nuestra región, ya que supone la creación y uso del peligrosísimo plutonio. Coviello, de la Cepal, justamente recuerda que “el profesor Rubbia está impulsando el torio y centrales safety by design, donde los residuos por año serán tan grandes como una taza de café”. Se refiere al proyecto del “amplificador de energía” de Carlo Rubbia, premio Nobel de Física en 1989.

“El torio es un recurso abundante, más que el uranio, y tiene aspectos atractivos por el manejo de desechos y la no proliferación”, reconoce desde Boston Andrew Kadak, experto nuclear del MIT.

Pero, en el corto plazo, el daño está hecho. “La gente tiene una mala percepción. Y si le hablas ahora de las bondades del torio le da lo mismo, va a seguir mirándote raro”, dice Coviello. “El punto es que ahora todo el mundo se acuerda del torio, pero el asunto de los costos no es menor”, acota un científico, cercano a la industria nuclear argentina, que prefiere reservar su identidad. Y continúa: “Si escuchás a un nuclearista te dirá que es más barato y si escuchás a un antinuclearista te dirá que es caro”.

Para Kadak, las tecnologías más eficientes hoy en día son los reactores de alta temperatura a gas, como los del tipo pebble bed, uno de los cuales se construye en China. ¿Y la amenaza sísmica? “Lo que causó más destrucción fue el tsunami”, recuerda Kadak. “Lo bueno es que la radiación liberada aún no ha causado ninguna muerte, pese a la histeria mediática”. Aunque falta conocer los efectos a mediano plazo sobre los aumentos de cáncer en Japón.La viabilidad de la energía nuclear en América Latina, entonces, yace en saber si las empresas que las construirán y operarán pueden vender la energía producida a un precio lo suficientemente alto para hacerlas realmente seguras y pagar los créditos bancarios. Y, terminado su ciclo de vida, no dejar que los desechos radiactivos deban ser financiados por los ciudadanos.Algunos piensan que esto lo podrían hacer compañías que operen reactores más pequeños, que se enfrían por convección.

Reactores para los cuales la empresa argentina semi estatal Invap ha generado una tecnología propia, (Carem) y que también existen en EE.UU. Es una decisión que tiene que tomar cada sociedad. No obstante, la realidad es que países sísmicos y muy soleados como Chile y México pueden obtener energía mucho menos riesgosa los US$ 3 a 10.000 millones de costos de las nuevas centrales, invirtiendo en energías alternativas y pagando tarifas más altas por ella.

Algunos economistas se quejarán, pero es que en sus cuentas no incluyen los US$ 15 a 17.000 millones, por ejemplo, que costarán las reparaciones sólo de las plantas de Fukushima, sin contar las pérdidas agrícolas, sanitarias y de manejo de los desechos nucleares.

Es la razón por la que, por ahora, la energía nuclear es una opción cara, destinada a naciones industriales muy ricas, de gran tamaño, y que se ubican en latitudes extremas.