Beirut. Pocos conocedores del conflicto sirio creen que el levantamiento que comenzó hace casi un año haya terminado, y tampoco creen que el presidente Bashar el Asad pueda aprovechar el asedio de Homs como trampolín para recuperar el control total sobre el país.

Las tropas sirias han entrado en las ruinas de Baba Amro, el enclave rebelde de Homs que ha acabado cayendo tras un mes de bombardeo de artillería y blindados, y los partidarios de Asad afirman que ha conseguido romper la resistencia de una campaña de terror apoyada por Occidente.

A pesar de ello, algunos expertos creen que la brutalidad de las autoridades llevará a una guerra al estilo de la de Bosnia, así como a una mayor militarización de un conflicto que comenzó como un levantamiento civil inspirado en las revoluciones de Túnez y Egipto.

"El régimen sirio ha ganado una batalla en una guerra que no tiene garantizado ganar", dijo Nabil Bumonsef, un columnista del diario de Beirut An Nahar. "A las tropas sirias les ha costado un mes de asedio entrar en el distrito de Baba Amro - esto no es una victoria militar arrolladora".

"La oposición va a seguir. No va a descansar, ni perdonar ni darse la vuelta", manifestó Bumonsef.

Rebeldes intentan conseguir armamento pesado. Siempre ha estado claro que las tropas gubernamentales, más numerosas y mejor armadas, superarían al Ejército Libre de Siria, dotado solo con armas ligeras y compuesto por desertores de las Fuerzas Armadas y por rebeldes. Grupos de defensa de los derechos humanos y activistas dicen que entre 700 y 1.000 civiles podrían haber muerto en Baba Amro, la cifra más elevada en una operación individual durante el conflicto.

"Uno esperaría que el Ejército después de varias semanas de fuertes bombardeos retomara un pequeño barrio como el de Baba Amro", dijo Peter Harling, especialista en Siria del Grupo Internacional de Crisis. "Este no es un momento de cambio en la revolución; es otro acontecimiento más. Los rebeldes intentarán conseguir armas pesadas y lograr ayuda del exterior".

Mientras que Asad argumenta que sus tropas combaten para proteger a las comunidades locales de bandas armadas y terroristas islamistas, en realidad están inflingiendo un castigo colectivo sobre las zonas que han apoyado el levantamiento.

"Toma por ejemplo Baba Amro", dice Harling, del GIC: "¿Qué ha hecho ahí el régimen por los civiles? No hicieron ningún esfuerzo serio por proteger a la gente. Los castigaron de manera colectiva y esto radicalizará más a la gente"

No se espera que ninguno de los dos bandos cambie de táctica, aunque el Ejército Libre de Siria, que hasta ahora ha dependido de las armas y los combatientes introducidos de contrabando, podría recurrir a atentados suicidas contra símbolos gubernamentales como los que lleva a cabo Al Qaeda en Irak. Hay noticias de que combatientes islamistas se han unido a los rebeldes en Baba Amro y otros bastiones y que podrían llegar más.

No se esperan divisiones. Pero a pesar de la militarización del conflicto y la erosión de la autoridad estatal, Asad mantiene la lealtad de la élite militar, política y de seguridad, y no es probable que sea derrocado a corto plazo.

El apoyo ruso - bloqueando resoluciones de condena en el Consejo de Seguridad de la ONU y manteniendo el flujo de armas a Damasco - muestra a las élites que Asad sigue siendo viable, lo que disminuye la posibilidad de divisiones, según Ayham Kamel, analista de la consultoría Eurasia Group.

Además, el Consejo Nacional Sirio, la principal organización opositora, no ha podido proporcionar un liderazgo fuerte, establecer una estrategia para derrocar a Asad o establecer una autoridad de transición.

"Creo que estamos yendo por un camino en el que este conflicto va a durar un montón de tiempo. Esto absorberá a la comunidad internacional mucho más. Esto me suena un poco como Bosnia, que tardó unos cuantos años en resolverse", dijo Shaikh.

El conflicto ya ha reavivado la histórica rivalidad entre los suníes y los chiíes, de los que se derivan los alauíes, y ha aumentado el temor a que los islamistas suníes se hagan con el poder, como ya lo han logrado en Túnez, Egipto y Libia, lo que inclinaría la balanza contra el alauí Asad y sus aliados regionales en el Irán chií y el movimiento chií libanés Hezbolá.