La rebeldía de un mechón que se resiste a quedarse quieto y que él repetidas veces intentará fijar con su mano durante esta entrevista, es lo único que en apariencia combina de Eduardo Bitrán con la oficina del Club de Innovación, el hub de innovación corporativa del que es presidente desde que salió de la Corporación de Fomento de la Producción (Corfo). Su traje planchado y la chaqueta que dobla cuidadosamente antes de ponerla con extrema delicadeza sobre un sofá, contrastan también con la onda del lugar y sobre todo con esos tacones hippie-chic de sus colegas, todas más jóvenes que él.

"Aquí estamos en presencia de una innovación social de mucha relevancia para América Latina, una región que tiene a una gran cantidad de pueblos originarios marginados en procesos de desarrollo, creando una visión tergiversada de ellos, en el sentido de que no quieren ser parte de la modernidad"

Pero Bitrán se adapta. “Ya sabes, como todo emprendimiento, todo es auto service”, sentencia y se ríe mientras prepara un té. No tiene secretaria, tampoco oficina y maneja su agenda personalmente. Una autosuficiencia eficiente, que no le impide coordinar acertadamente sus reuniones, escribir artículos de opinión y viajar a veces por el mundo. Tal como lo evidencia el rubor de sus mejillas, tal vez, una quemadura que ganó en Montana, en Estados Unidos, donde acaba de ser invitado por las comunidades autóctonas crow y cheyene.

En medio de la nieve, narró su experiencia en la creación de un fondo de inversión para emprendimientos de pueblos originarios, una iniciativa que realizó durante su jefatura en Corfo. Y profundizó en cómo basó este proyecto en el Protocolo de Apertura Cultural, metodología que se basa en un trabajo cercano con la comunidad, a través de un gestor multicultural que sus integrantes eligen. La unión de todos dará como resultado, finalmente, un ordenamiento territorial que separa el territorio con valor espiritual y las áreas con oportunidades de desarrollo económico, basado en la sustentabilidad medioambiental.

En el viaje lo acompañó Rubén Hernández, un indígena hondureño y capitalista de riesgo y fundador de la empresa californiana DevLabs, que invierte en outliers, es decir, en sectores minoritarios que normalmente son discriminados para recibir fondos de inversión. Bitrán le había ayudado en 2017 a abrir su primer fondo regional de US$ 8 millones, instalado en Temuco.

Una de las startups en las que invirtió Corfo y DevLabs fue la del lonko Aniceto Norín, un mapuche que estuvo preso cinco años, demandó al gobierno chileno ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) y ganó. “Él tenía acumulada una tremenda rabia con el Estado, pero conseguimos desarrollar su empresa con nuestro protocolo”, dice Bitrán. El emprendimiento se llama Mawüelfe, financiada y apoyada por el Programa de Desarrollo y Fomento Indígena de Corfo, y produce leña certificada con muy bajos indicadores de humedad, lo que permite enfrentar los problemas de contaminación de las ciudades del sur de Chile.

-Pensamos que usted había ido a Montana a aprender de ellos.

-No. Nuestra experiencia fue recogida a nivel internacional y el chief de la comunidad crow me invitó a contarles nuestra metodología, como también a algunas ONG que estaban dedicadas al desarrollo empresarial indígena en Montana. De hecho, Rubén Hernández, de DevLabs, está yendo la próxima semana a contar esta experiencia al encuentro anual del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) con los países gobernadores.

Aquí estamos en presencia de una innovación social de mucha relevancia para América Latina, una región que tiene a una gran cantidad de pueblos originarios marginados en procesos de desarrollo, creando una visión tergiversada de ellos, en el sentido de que no quieren ser parte de la modernidad. Pero mi experiencia de más de 20 procesos de apertura multicultural en Corfo afirma que no hay ningún impedimento para hacer desarrollo de negocios indígenas inclusivos, mientras se haga de forma sustentable y respetando la tradición.

-¿Cuáles serían las diferencias, en materia de política pública sobre pueblos originarios, entre Estados Unidos y Chile?

-Te voy a ser muy franco: me quedé muy desilusionado con lo que vi, con lo que llamaría el modelo rentista de casinos. Lo que hace Estados Unidos, después de haber prácticamente exterminado la población originaria, fue tomar a los remanentes y aislarlos de la civilización, dándoles elementos de rentas. Por ejemplo, que tuvieran el monopolio de casinos en ciudades cercanas y que los ingresos se destinen a la comunidad y a sus familias. Para mí, eso no representa ningún modelo que me gustaría seguir. Eso genera la degradación del individuo y la destrucción del capital social, que es fundamental para emprender e innovar. Tuve conversaciones riquísimas con líderes que me hablaban con mucha honestidad de su drama. Me parece mucho más interesante la experiencia de Canadá y la de Nueva Zelanda.

-¿Cuál sería el modelo de Nueva Zelanda?

-Su política pública entiende que hay una fase de generación de igualdad de oportunidad efectiva. Para ello, crearon capacidades y mecanismos de apoyo de formación y de financiamiento, pero, además, con mucho énfasis no solo en el respeto de la cultura, sino que en la inversión en el fortalecimiento de la cultura. Esos son los elementos que en la sociedad chilena no han estado presentes. El Acuerdo de Nueva Imperial, que se hace en el año 1989, entre don Patricio Aylwin, cuando todavía era candidato al retorno de la democracia, y el mundo indígena, tiene elementos probablemente inspirados en la experiencia neozelandesa. Pero en la práctica se avanza con el llamado Fondo de Tierras y Aguas Indígenas, con un enfoque extraordinariamente transaccional, donde los líderes son dejados de lado.

Nuestro nuevo protocolo cambia profundamente el método tradicional de Chile. Partimos el proceso desde la generación de un plan de vida y ordenamiento territorial, relevando el rol de los líderes ancestrales, los lonkos y los representantes de los distintos linajes. Y eso es muy distinto de un modelo que solo involucra líderes funcionales creados en un marco jurídico chileno. Entonces, el desafío fue conciliar el marco jurídico chileno con este enfoque de valoración de la cultura y del liderazgo ancestral.

En ese sentido, desde el punto de vista de los negocios, cuando usted involucra a empresarios no mapuches, que son importantes por sus capacidades tecnológicas y su capital, en este proceso, se genera una disminución de los riesgos.

-¿Disminución de los riesgos?

-Sí. Disminución de los riesgos de negocios. ¿Qué es lo que ocurre hoy en día? Hay cientos de miles de hectáreas restituidas desde que se crea la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi) en el año 1993. La inmensa mayoría de esas tierras están improductivas o tienen niveles de producción bajísimos. Son actividades de minifundios, sin economía de escala, existiendo la posibilidad de generar iniciativas colectivas de gran valor para la comunidad.

Desde mi experiencia, a los lonkos les interesa participar en cadenas de valor global que permitan a sus hijos vivir mejor que ellos. Y cuando se incorporan empresas externas, no es para que estas empresas involucren a la comunidad obligatoriamente, sino que los proyectos tienen su origen en la comunidad y estos buscan su socio. En ese sentido, tiene el más alto estándar de consentimiento libre, previo e informado, que es fundamental desde el punto de vista de la legitimidad del proyecto.

Entonces, hay que entender que existe una nueva forma de hacer negocios con las comunidades donde la apertura multicultural en que uno involucra a un socio externo pasa a ser, en la medida que se generan las confianzas y el capital social, un factor clave de mitigación de riesgos de negocios, donde el líder ancestral cumple un rol de árbitro y se genera un compromiso entre las partes.

 

ROL INDÍGENA TERCIARIO

-Esta metodología se creó cuando era vicepresidente ejecutivo de Corfo, y la comisión sigue en funcionamiento. ¿Cómo ve el estado del proyecto hoy?

-A ver, yo quiero hacer un reconocimiento al ministro Moreno (Alfredo Moreno, ministro de Desarrollo Social), en términos de ir a un diálogo sin exclusiones y eso ha sido algo nuevo, incluso desde el retorno a la democracia. Pero me da la impresión de que la apertura multicultural faltó desde el inicio del diseño de la política. Y, por eso, se invita a los empresarios en el esquema de arriendo de los terrenos, que no es muy distinto al modelo de casinos, porque mantienen a los indígenas en un rol terciario.

Por ejemplo, la historia de la cooperativa Rapiman representa todo lo mal que ha estado haciendo el Estado chileno. A la cooperativa le habían transferido un predio con 150 hectáreas de manzana y 100 hectáreas de menta con las que no sabían qué hacer, al no tener capital de trabajo, ni una herramienta o tractor, y estaban pensando en cortar los manzanos para hacer leña.

Cuando yo estuve en Corfo, trabajamos con el Instituto de Desarrollo Agropecuario (Indap) y San Clemente, una empresa de agroindustria, e hicimos la primera exportación de manzanas a la Unión Europea de una comunidad indígena mapuche. Ya va en el tercer o cuarto año y hoy están haciendo jugos. Fueron a California invitados por Rubén (Hernández, de DevLabs), a mirar la agricultura orgánica. Quedaron entusiasmados y quieren desarrollarse. Entonces, se puede.

-¿Tal vez el mismo problema de la cooperativa Rapiman está detrás del caso que concluyó en la venta de un terreno indígena al subsecretario del interior Rodrigo Ubilla?

-No conozco los detalles, pero la ley es muy clara. La tierra indígena no se puede transar. Si eso ocurrió, ahí hay un problema de incumplimiento de la ley.

 

EL PARLAMENTO MAPUCHE DIALOGA CON CHILE

-¿Cómo cree que deberían realizarse las iniciativas de desarrollo indígena en un momento tenso como el actual en Chile?

-Es un tema complejo. Hay una situación de conflicto y eso no hay ninguna duda. Hubo violencia de lado a lado, que tampoco hay duda. En ese ambiente, no es fácil desarrollar negocios o incorporar inversionistas.

En mi opinión, hay que abordar esto en tres dimensiones. Uno, el plano multicultural de desarrollo económico, donde el plan de vida y el plan de negocio sea un elemento central que da perspectiva a la comunidad: sus hijos van a tener un mejor futuro. Ahí nosotros mostramos un método que otros países lo toman como ejemplo, pero en Chile no se reconoce ni se le ha dado continuidad.

Pero también hay un tema político institucional y de discriminación. Un estudio del BID, de 2016, analizó que el gasto del Estado chileno en bienes públicos en la población mapuche, en relación con el resto de la población, es de 3 a 1 en su contra. Además, hay un tema de la restitución de tierras que no está resuelto y que genera un círculo de miseria. Entonces, el esfuerzo debe estar acompañado con la reversión de esta discriminación histórica.

Y, por último, está la autonomía, que a la sociedad chilena le cuesta mucho abordar. Hay modelos que no implican una secesión, sino autonomía local, con recursos e incluso una jurisdicción de las comunidades, que, para mí, es uno de los puntos positivos del modelo de Estados Unidos hacia los pueblos originarios, y que fue fundamental en la conciliación con la sociedad norteamericana.

-¿Y cuál sería la solución efectiva?

-La política social debe articularse para que efectivamente el plan de vida, que tiene aspectos sociales, económicos y espirituales, sea íntegramente coherente. Y queda el tema de justicia de la restitución territorial y la autonomía local que requiere un gran acuerdo.

En Espacio Público, fundación que lidera Eduardo Engel y de la que soy socio fundador, hemos decidido involucrarnos en este tema porque es necesario que la intelectualidad, la academia y los líderes políticos entiendan que aquí tenemos un tema pendiente como sociedad y no podemos mirar más para el techo. Tiene un elemento ético de su propio mérito, pero también tiene un elemento pragmático de destrucción de valor económico dramático, en una zona muy amplia del territorio.

Hemos estado estudiando cómo se legitima un acuerdo. Algo que no es trivial, ya que el pueblo mapuche solo tiene un líder general, el toki, cuando hay guerra. Pero, de esta zona del mundo, el pueblo mapuche fue el único capaz de resistir a los españoles y se mantuvo en su territorio hasta 1883, en la, entre comillas, Pacificación de la Araucanía. Hay que reconocer que es un pueblo que sobrevivió y se impuso a los españoles y a la república durante 60 años. 

Entonces, ellos sí negociaban. Negociaron con los españoles y con la república a través de parlamentos, donde se juntaban los lonkos y los líderes ancestrales y dialogaban con la contraparte. Esa es la forma legítima que tiene el pueblo mapuche de llegar a un acuerdo, y el último Parlamento importante fue de Coz-Coz, en 1907. Por lo tanto, conversando con muchos peñis, yo he llegado al convencimiento de que, junto al esfuerzo de inversión, con fortalecimiento a la identidad y apoyo social, hay que preparar al Estado y a la sociedad chilena para dialogar con un Parlamento mapuche. Y, por lo tanto, los mapuches también tienen que prepararse para este tipo de negociación.

-¿Ese es el proyecto de Espacio Público?

-Ese es el proyecto de Espacio Público.

-¿Crear un Parlamento mapuche?

-No. Nosotros no podemos crear un Parlamento. Tienen que ser los propios mapuches quienes tienen que parlamentar con el Estado chileno.

Ahora, esto va a ser políticamente resistido por muchos sectores, porque implica que hay un Estado chileno y hay un pueblo que no se reconoce propiamente chileno. Entonces, el tema es cómo generamos un proceso de diálogo con un Parlamento legítimo, para que efectivamente ellos sean reconocidos como pueblo, con derechos constitucionales y autonomía local. Cómo sentarnos y concordar que Chile es una nación con muchos pueblos y que, en la diversidad y en el fortalecimiento de todas las culturas, el país gana.

-¿El proyecto ya está andando?

-Estamos en una fase muy inicial. No tenemos financiamiento, pero tenemos amigos mapuches y académicos.

-Me parece que va a irritar muchos sectores la existencia de un Parlamento paralelo…

-No es un Parlamento como el Congreso Nacional, y tampoco es un Parlamento permanente. Se crea para un propósito, y una vez terminado ese propósito, se disuelve y el pueblo mapuche vuelve a tener su estructura original, pero con autonomía en su territorio restituido. Autonomía que repare, en parte, lo que ocurrió históricamente. Una vez que se llega a un acuerdo, hay mecanismos institucionales para supervisar el cumplimiento de ese acuerdo, como la participación a nivel de los consejos comunales, a nivel de parlamento nacional, etc.

Ellos tenían diez millones de hectáreas el año 1861, entre el Biobío y al sur del Toltén, sin contar las hectáreas del Atlántico, y fueron reducidos a 500 mil hectáreas. Cuando les entregaron títulos de dominio, que fue uno de los temas de los Parlamentos, como ellos vivían en la miseria absoluta, transaron esas tierras y quedaron reducidos a una mínima expresión. Y luego viene el proceso de reforma agraria que les restituyó tierras, pero la dictadura se las volvió a quitar. Aquí hay una historia extremadamente compleja, de la cual no hemos hecho cargo.

Yo quisiera ver un desarrollo armónico entre todas las comunidades, las mapuches y las no mapuches que viven en la Araucanía, en la zona de Arauco y de los Ríos, y creo que es inevitable el que avancemos en este camino.

-¿Cuáles son los siguientes pasos?

-Primero, organizarnos en espacios públicos para que esto ocurra y también seguir promoviendo que inversionistas de impacto crean en este modelo multicultural. Tuve vínculo con inversionistas americanos, ingleses, suizos y les parece apasionante, ya que el concepto de convivir en paz y armonía con la naturaleza es un regalo hacia la Humanidad frente al desafío del cambio climático.