Todos los presidentes comienzan su sexenio seguros de que transformarán al país y construirán la plataforma de desarrollo que imaginaban. Pero tarde o temprano acaban enfrentando la triste realidad: se dan cuenta de que las soluciones son más complejas de lo que anticipaban y, sobre todo, que no hay soluciones prefabricadas.

Todos los presidentes acaban entendiendo que los poderes reales de la presidencia son mucho menores (y hoy en día infinitamente menores) de lo que suponían. Los que acaban siendo exitosos, en México y en China, son aquellos que reconocen que, mucho más allá de lo que diga el papel o la tradición, el verdadero poder presidencial reside en la autoridad moral con que actúan.

En su libro sobre sus experiencias como asesor de presidentes, Stan Greenberg afirma que el líder exitoso es aquel que explica con cuidado y detalle el reto que enfrenta su nación y convence a la población de la importancia de emprender acciones trascendentes: su función es más la de crear un ánimo que el hacer muchas cosas porque las actitudes pueden sumar y transformar o restar y derrotar.

Sobre todo, dice Greenberg, la clave reside en la narrativa que construye el presidente para no sólo convencer, sino lograr que la ciudadanía entienda el dilema y haga suya la respuesta presidencial. La lección para los presidentes es que no se puede gobernar con discursos que no trascienden, porque lo que importa es que exista una narrativa que todo mundo pueda comprender: así es como se construyen bases de apoyo que hacen posible hacer una diferencia.

Es fácil exagerar la importancia de un líder en los grandes procesos sociales. Ningún país avanza mucho por el hecho de que cuente con personas dotadas de excepcional carisma. Lo que hace la diferencia, al menos en el tiempo, es la existencia de oportunidades iguales para todos y condiciones propicias para que cada persona desarrolle sus capacidades al máximo. Sin embargo, hay momentos en que un liderazgo excepcional puede adquirir dimensiones transformadoras si logra construir una base de apoyo que desarrolle una nueva realidad.

Cuando las cosas están tan atoradas y tan deterioradas que requieren un replanteamiento fundamental, un líder que comprenda el momento puede ser el factor que destrabe los entuertos, afecte intereses y siente las bases para una nueva era.

México no cuenta con condiciones que hagan propicio su desarrollo. Llevamos décadas construyendo obstáculos, erigiendo barreras y protegiendo intereses al grado en que todo ha acabado paralizado. Cada persona, grupo, sindicato, empresa y entidad en el país ha ido estructurando mecanismos de protección que le permitan sortear (cuando no abusar de) las circunstancias. Unos gozan de exenciones fiscales, otros reciben subsidios; algunos viven en la informalidad, otros compran a la autoridad; algunos reciben prebendas, otros simplemente prefieren el statu quo frente a cualquier alternativa, porque su experiencia les ha enseñado que cualquier cambio implica algo peor. El hecho tangible es que el México de hoy es uno en el que todo mundo está descontento, pero nadie está dispuesto a cambiar nada.

Dice un estudio sobre los presidentes (Ten Ways to Judge a President, July 22, 2009, in Knowledge@Wharton) que “la historia recompensa a los presidentes que toman riesgos”. No me queda duda que vivimos en una era de crisis de liderazgo que, como alguna vez afirmara Einstein, es una crisis de incompetencia. Llevamos décadas de malos gobiernos y presidentes anodinos que se conformaron con administrar la decadencia. En el camino, toleraron, cuando no aceleraron, el afianzamiento de todos esos vicios e intereses que han acabado paralizando al país.

Por supuesto que ninguno lo hizo a propósito -eso habría sido todavía más maquiavélico de lo que se consideran nuestros próceres-, pero el hecho es que, entre los que querían salvar al tercer mundo y los que querían administrar la abundancia, pasando por los que pretendieron cambiar el modelo para dejar al país en la peor crisis de su historia, lo que quedó es un país atorado en el que nadie quiere cambiar ni una coma. Y es ahí donde un liderazgo efectivo e inteligente, un liderazgo que trascienda el discurso cotidiano y se embarque en una narrativa honesta, creíble, transformadora y no amenazante puede contribuir de manera decisiva a romper el impasse.

A partir de su derrota en las elecciones intermedias, Felipe Calderón comprendió que ya pasó el tiempo para pretender salvar una vez más al país. Quitando la retórica partidista, sus discursos recientes muestran una nueva tónica, un deseo de explorar oportunidades que antes no había contemplado como posibles o, incluso, deseables. Su retórica más reciente asume algo trascendental: que un país no se construye en seis años, algo que muy pocos de nuestros presidentes han sido capaces de comprender. La función de un presidente no es cambiarlo todo sino avanzar hacia soluciones, muchas de las cuales pueden tomar décadas en fructificar. El cambio de tono ha sido notable, pero no así el método. El presidente sigue creyendo que un discurso es todo lo que se requiere para gobernar. En lugar de una narrativa que evoluciona y construye, seguimos observando un conjunto de discursos individuales sin trama que no trascienden el objetivo inmediato.

No se comprende que la población tiene que ser convencida, que no se trata de una masa inerte, incapaz de comprender los dilemas y los problemas. Cuando una sucesión de presidentes -y, de hecho, toda una clase política- le habla con desprecio y trata con desdén a la población, la ciudadanía no sólo se burla, sino que toma provisiones en la forma del atrincheramiento que hoy es característico de nuestra realidad.

Todo mundo sabe que se requieren cambios fundamentales para poder avanzar. En términos técnicos, no es difícil diagnosticar los males y desplegar las opciones que enfrentamos. Pero nuestro problema no es técnico: matices más, matices menos, las alternativas de solución se conocen. Nuestro problema es cómo romper inercias para salir del atolladero. Un liderazgo efectivo puede hacer una enorme diferencia.

El mexicano quiere un líder que le confiera sensación de fortaleza, confianza y seguridad en sí mismo, un líder que trascienda el discurso y sus filias y fobias partidistas para hacer posible comenzar a caminar. El presidente Calderón ya sabe que no podrá hacer lo que ningún presidente puede hacer; quizá por eso podría hacer lo que todos deberían hacer. Galbraith decía que la característica común de los grandes líderes es su disposición a enfrentar de manera inequívoca las fuentes de ansiedad de su gente. Este sería un reto digno de afrontar para nuestro presidente.