Es una presunción habitual entre la élite de Lima, Perú, presumir que al tomar un diario entre sus manos, la mayoría de los peruanos enfila sin pausa hacia la sección deportiva, pasando en el camino con premura y desdén por las páginas de la sección internacional.

Presunción tan habitual como errada, a juzgar por la encuesta “Los Peruanos y el Mundo” que la Universidad Católica de ese país llevó a cabo a fines de 2008, y que llevará nuevamente a cabo a fines de este año, a la par con otros 13 países de la región.

Según esa encuesta, son más los peruanos que pueden descifrar acrónimos como ONU y OEA (62% en cada caso) que aquellos que conocen el significado del acrónimo FIFA (54%). Además, 63% de los encuestados tiene algún grado de interés en las noticias sobre las relaciones internacionales del Perú, y el 81% cree que el Perú “debe tener una participación activa en los asuntos mundiales”.

La encuesta demuestra además que, a nivel urbano, el ciudadano medio tiene una comprensión relativamente sofisticada de ciertos temas. Ese es el caso, por ejemplo, cuando se les pregunta sobre el libre comercio: 81% de los encuestados cree que éste beneficia a los países desarrollados. Eso sería preocupante si concibieran el libre comercio como un juego de suma cero, donde los beneficios que obtiene una de las partes se da a expensas de las demás. Pero cuando se pregunta si el libre comercio es bueno para la economía peruana, 67% responde que sí. En otras palabras, los encuestados entienden que el libre comercio tiende a ser un juego de suma positiva, en el cual pueden ganar todos los involucrados.

Pero, a su vez, una cierta proporción de los encuestados cree que, si bien el libre comercio beneficia a la economía peruana en su conjunto, esos beneficios no llegan a todas las áreas de la economía por igual. Así, por ejemplo, 58% de los encuestados cree que el libre comercio es bueno para los agricultores y campesinos del Perú, y sólo 45% cree que beneficia además al medioambiente.

De otro lado, 70% de los encuestados considera que la inversión extranjera produce beneficios discernibles para el país. Sin embargo, habría que hacer algunas precisiones: si se formulase una pregunta similar en el ámbito rural, tal vez obtendríamos resultados menos alentadores. Pero es probable que ello se deba a la profusión de conflictos socio-ambientales alrededor de algunas inversiones mineras, antes que a la posibilidad de que la mayoría profese una animadversión ideológica hacia toda inversión extranjera.

Y es preciso mencionar que, incluso a nivel urbano, el respaldo a la liberalización de la economía varía significativamente según la región: este es mayor en Lima y Callao que en el resto de ciudades de la costa peruana, y es a su vez mayor en estas últimas que en las ciudades de la cordillera andina y de la selva amazónica. Es decir, mientras más pobre la región y, en general, mientras menores sean los beneficios que recibe del comercio exterior, menor tiende a ser su respaldo a una política económica liberal.

Una encuesta de este tipo será un insumo importante para la toma de decisiones: en una democracia las políticas de Estado deben tener en consideración las preferencias de la mayoría, pero en los temas de política exterior tenemos aún muy poca información sobre lo que la mayoría piensa en el Perú. Esa falta de información se refleja, por ejemplo, en el hecho de que los dos candidatos que pasaron a la segunda vuelta en las elecciones presidenciales de 2006 (Alan García y Ollanta Humala), hicieron de su oposición al Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos un tema de campaña. Tal vez porque suponían que la mayoría de la población coincidía con esa posición. Suposición que, como revelan esta y otras encuestas, era esencialmente equivocada.