Gabriel García Márquez dijo alguna vez que su desafío más importante como escritor fue “destruir la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico”. No cabe duda de que lo logró, pero para ello tuvo que superar una dificultad de fondo: el tono de la narración. “La verdad no parece verdad simplemente porque lo sea, sino por la forma en que se diga”, expresó en una ocasión.

Los dichos del gran novelista podrían aplicarse hoy a su paisano, el presidente Juan Manuel Santos. A pocos días de colocar a decisión de los colombianos la posibilidad de quedarse cuatro años más en el poder, Santos es percibido como “un gobernante distante”, con poco carisma y problemas de comunicación. César Caballero, gerente de la encuestadora Cifras & Conceptos S.A., afirma que Santos “no ha sabido transmitir las obras que ha ejecutado ni sus logros económicos”, que son concretos.

Con un crecimiento promedio de 4,6% en los últimos cuatro años y un buen panorama macroeconómico, Colombia se ha convertido, como dijo el mismo Santos, “en la niña con la que todos quieren bailar”. Respaldada por Standard and Poor’s, Moody’s y Fitch, las tres calificadoras de riesgo más importantes,  la inversión extranjera ha crecido hasta llegar a US$ 16.700 millones en 2013.

A nivel interno, la inflación cerró  el año pasado en 1,94%, la cifra más baja en medio siglo. El déficit fiscal cerró en 2,4% del PIB y el consolidado, en 0,9%. El desempleo, uno de los temas más sensibles para la población, ha bajado en forma continua en el periodo de Santos, y aunque hoy está en 10,7%, varias veces ha logrado estar en un solo dígito. Más aún, durante el actual gobierno 3 millones de colombianos han salido de la pobreza (1 millón ya no vive en  la pobreza extrema). Como si fuera poco, la decisión de regalar 100.000 casas no sólo alivió parcialmente el déficit habitacional, sino que reactivó la construcción, intensivo en mano de obra.

Sin embargo, el eslogan de  campaña de Santos, “Hemos hecho mucho, pero nos falta mucho”, ha pasado sin pena ni gloria en el imaginario colectivo.

No se oye. Curiosa paradoja para alguien que, como García Márquez, ejerció el oficio de periodista (en el diario El Tiempo, cuando era propiedad de su familia). Esta “falta de mambo” para conectar emocionalmente con los electores “es fundamental”, dice Caballero, y explica al menos en parte el hecho de que Santos no haya logrado pasar del 30% de la intención de voto para las elecciones presidenciales del próximo 25 de mayo.

Para Marcela Prieto, del Instituto de Ciencia Política, una cosa son los resultados macroeconómicos y lo que dicen las calificadoras de riesgo, y otra lo que viven los electores en su cotidiano, especialmente los de sectores de ingreso medio y bajo que componen la mayor parte del padrón electoral colombiano.

“Los resultados de las políticas públicas no han sido satisfactorios en general”, afirma Prieto. “La reforma a la justicia no se logró, la reforma a la salud no se logró y los resultados en educación, no sólo en cobertura sino en calidad, han sido negativos”.

Si hay una imagen todavía fresca en la población votante es la de los campesinos, principalmente productores de papa, de los cafeteros y de los lecheros, todos ellos indignados, bloqueando carreteras y protestando contra los Tratados de Libre Comercio que firmó Santos.

No es el primer gobernante latino que se jugó por abrir nuevos mercados (lo que implica dar acceso también a competidores extranjeros). Sin embargo, el gobierno no consideró  la compleja realidad rural colombiana, marcada por la inseguridad, violencia, pobreza y una prolongada crisis del café. En semejante contexto los tratados no fueron vistos como oportunidades, sino como amenazas. Santos está pagando este error.

A las movilizaciones del agro se suma el proceso de paz que el gobierno desarrolla con las FARC en La Habana desde hace 17 meses. Convertido en bandera electoral de Santos, no ha sido lo que se esperaba en lo que toca a las percepciones y la imagen presidencial. Todo lo contrario: un sondeo realizado por Ipsos-Napoleón Franco entre el 14 y el 16 de marzo pasado revela que el 58% de los colombianos no cree que estos diálogos lleguen a buen término. En cuanto a concesiones a la guerrilla, el 81% de los encuestados manifestó que los jefes guerrilleros tienen que pagar sus delitos con penas de cárcel; sólo el 10% apoya una amnistía. Más aún, el 75%  no quiere que los guerrilleros compitan en elecciones y puedan ejercer cargos públicos.

“Para la gente es difícil comprender que tengamos ataques guerrilleros constantes, cifras alarmantes contra estructuras”, afirma Prieto, trayendo a colación los dichos del escritor Gabriel García Márquez: “Es muy difícil emparejar el discurso con la realidad”.

Quién narra mejor. La reelección presidencial es una figura nueva en la Constitución colombiana. Durante más de medio siglo liberales y conservadores se alternaron en el poder  a través de elecciones directas con escasa capacidad de movilizar las emociones de los colombianos. La irrupción de Álvaro Uribe y su plataforma Colombia Primero cambió esto con un fuerte llamado al patriotismo. Que Santos haya sido parte de esta plataforma en calidad de vicepresidente, para romper después con el uribismo una vez en el gobierno, es otro de los motivos que explican su estancamiento electoral.

Las encuestas siguen dando a Santos por ganador de la primera vuelta, pero con una intención de voto de 25% (Datexo) a 32% (Gallup), según sondeos realizados después de la inscripción de las candidaturas. En casi todos ellos el segundo lugar corresponde a Enrique Peñalosa, exalcalde de Bogotá y candidato de la coalición verde, que hace campaña en bicicleta y ha levantado un discurso “antipartidos”. Sólo Gallup e Ipsos (pero con un margen mínimo) ponen en segunda vuelta al candidato del uribismo, Óscar Zuluaga.

De esta manera el resultado definitivo ha quedado enganchado a quién llega en el segundo lugar. Si se da el escenario de Gallup e Ipsos, Santos sería reelegido; pero si le secunda Peñalosa, Colombia podría tener a su primer presidente que no proviene de los tradicionales partidos liberal o conservador. Y al primer presidente verde del mundo occidental. Algo así como el triunfo de Miterrand en las presidenciales francesas de 1981.

¿Qué hace verosímil algo así? Muchos analistas recuerdan que Peñalosa es poco conocido fuera de Bogotá y que a su antecesor como candidato verde, Antanas Mockus, Uribe lo barrió en la segunda vuelta de 2010. Sin embargo, como diría García Márquez, Peñalosa ha desarrollado un relato adecuado para pasar del realismo mágico a la realidad. “Dado el momento de incredulidad y rechazo que vive la mayoría de colombianos, el “juego” hay que darlo en los océanos azules donde están los abstencionistas y el voto en blanco”, escribe Fabio Arévalo, columnista del diario electrónico Las 2 Orillas.

Las encuestas confirman una drástica caída del voto blanco desde 40% a 16%.

Mientras tanto Santos ha dado señales de querer revertir su  extensa sequía. Reconoció falta de información y anunció que uno de sus objetivos sería que todos los ciudadanos conozcan sobre los logros obtenidos durante su mandato. “En Colombia nunca habíamos tenido una economía  tan sólida, la  inflación nunca había estado tan baja. El crecimiento económico es el segundo más alto de América Latina”, aseguró.

Y es verdad, sólo que muchos colombianos no se convencen de esto. Como diría el premio Nobel de Literatura, es cuestión de tono.