El Cairo. El gobierno egipcio resistía este jueves la presión cada vez mayor de su aliado clave Estados Unidos y de un movimiento de protesta popular aún firme, que demandan cambios políticos radicales e inmediatos.

La preocupación en la comunidad empresarial y la población sobre el impacto económico de más de dos semanas de agitación se suma a la tensión que enfrenta el gabinete nombrado hace diez días por el presidente Hosni Mubarak para tratar de contener un desafío sin precedentes a su régimen.

El ejército -que ha provisto los líderes egipcios durante seis décadas- continúa al margen en un papel de supervisor de los hechos y alabado por los manifestantes pro democráticos en El Cairo, mientras promete ayudar a restaurar la vida normal y mantener la estabilidad política.

La Casa Blanca dijo nuevamente este miércoles que los ministros egipcios deben hacer más por cumplir las demandas de los manifestantes, que quieren un final inmediato al régimen de Mubarak y cambios legislativos radicales.

El gobierno de Mubarak criticó lo que calificó como intentos de "imponer" la voluntad estadounidense a un leal aliado en Oriente Medio, diciendo que las reformas rápidas serían demasiado arriesgadas.

El ministro de Relaciones Exteriores, Ahmed Aboul Gheit, dijo a la cadena estadounidense PBS que estaba "sorprendido" por el llamado del vicepresidente estadounidense, Joe Biden, a poner fin inmediatamente a la ley de emergencia que Mubarak ha usado para reprimir a la oposición.

"Cuando hablas sobre algo rápido, inmediato, ahora (...) como si lo estuvieras imponiendo sobre un gran país como Egipto, un gran amigo que siempre ha mantenido la mejor relación con Estados Unidos (...) estás imponiéndole tu voluntad", dijo Aboul Gheit.

La nueva fricción en una alianza cultivada durante largo tiempo con miles de millones de dólares en ayuda estadounidense es un recordatorio de cuantas cosas han cambiado en El Cairo en dos semanas.

También subraya la incertidumbre tanto para el futuro de Egipto como para el de la influencia de Washington en Oriente Medio, donde líderes autocráticos luchan por contener el descontento social.

Desde que las protestas comenzaron el 25 de enero, inspiradas parcialmente por el derrocamiento de otro hombre fuerte árabe en Túnez, el gobierno del presidente Barack Obama ha recorrido una línea a ratos difusa entre el apoyo para un aliado clave en la lucha de Washington contra el islamismo militante y el respaldo a quienes exigen democracia.

Estados Unidos no ha llegado a apoyar los pedidos para que Mubarak, de 82 años, renuncie inmediatamente. El líder egipcio dijo la semana pasada que abandonará el cargo en septiembre, luego de que se lleven a cabo elecciones.

Pero funcionarios estadounidenses también expresaron su irritación por la lentitud de las reformas prometidas, apoyando a los manifestantes en su esperanza para un cambio inmediato y concreto.

Los manifestantes pro democracia establecieron un nuevo campamento en torno al edificio del Parlamento en El Cairo y el principal foco de la oposición, la plaza Tahrir (o "Liberación"), sigue lleno de personas.

Los líderes de las protestas esperan otra concentración importante en las calles el viernes, y los manifestantes dijeron que planean dirigirse al edificio de la radio y la televisión estatal.

Cuatro personas murieron y varias resultaron heridas por escopetazos en choques entre las fuerzas de seguridad y unos 3.000 manifestantes en una provincia desértica lejos de El Cairo el martes y el miércoles.

Este pareció ser el choque más serio con fuerzas oficiales desde el 28 de enero, cuando la policía casi desapareció de las calles egipcias luego de que golpearon, lanzaron gases lacrimógenos y dispararon contra los manifestantes.

La semana pasada hubo derramamiento de sangre en El Cairo cuando partidarios de Mubarak en ropas de civil atacaron a los manifestantes.