El presidente Ollanta Humala reemplazó a su director de orquesta, así como a casi la mitad de su sinfónica. La pregunta es qué partitura seguirán tocando. Para algunos analistas, la designación de Óscar Valdés -ex instructor de Humala en el ejército, militar en retiro y prominente hombre de negocios-, como primer ministro, en reemplazo de Salomón Lerner, refleja que Humala podría haberse inclinado por la militarización y la derechización del gobierno. Dos adjetivos que ponen en entredicho las consignas de la centroizquierda que utilizó durante la campaña electoral.

Valdés se ha esforzado por afirmar que la ‘Hoja de Ruta’ se mantiene. Sin embargo, es evidente que el nuevo ministro le imprimirá otro tono. La mayoría de miembros del consejo son técnicos de centro, con actitud más gerencial que ideológica. “La política”, ha dicho Valdés, “será potestad del presidente”. Para Henry Pease-García, director de la Escuela de Gobierno de la Universidad Católica, esto sólo confirma que el único que ha salido más fortalecido con estos reemplazos es el mismo Humala, que ha concentrado más poder, al haber reemplazado ministros por secretarios. El analista recuerda que Valdés es un oficial en retiro. Pero su estilo castrense (les restringió a los ministros libertad para expresarse ante los medios sobre asuntos con los que podrían discrepar) es preocupante en un país en el que el ejército se ha caracterizado por aspirar permanentemente a recuperar un protagonismo político. Para Pease, la línea que divide al pragmatismo técnico del autoritarismo liberal resulta tan delgada que, en los últimos 30 años de regímenes democráticos, los presidentes han terminado convocando al ejército como última línea para imponer sus proyectos de inversión más cuestionados. El llamado a ‘los guardianes socráticos de la república’, como tildó el presidente Humala a los militares, así como la reposición del servicio militar obligatorio, generan más dudas que certezas en ese sentido.

En menos de cinco meses, Humala ha jugado dos cartas criticadas: creer que el Estado de Emergencia contribuiría a restablecer el clima de paz que exige la inversión privada, y que un relevo entre los principales rostros del gabinete resolverá las contradicciones. Para Cynthia Sanborn, directora del Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico, en esta coyuntura la ruptura de Humala con sus más importantes aliados de izquierda y derecha deja al ejecutivo sin muchos amigos en el Congreso, clave para aprobar las reformas que exige la llamada “Gran Transformación”. Los representantes del partido Perú Posible, del ex presidente Alejandro Toledo, fueron expulsados del gabinete junto con Lerner. Por ese motivo, apunta Sanborn, el Ejecutivo ha ganado adeptos entre la oposición liberal, así como los aplausos del empresariado.

En 2012, ante un repunte del precio del oro, el cobre y la plata, el interés en seguir apostando por la minería no cesará. Si el gabinete Valdés no inyecta a la vena un conjunto de políticas públicas en beneficio de los más pobres, el año entrante será la antesala de cuatro años más de políticas públicas enfocadas más en el crecimiento económico que en la reducción de la desigualdad. Y si este gabinete no logra dar ese giro, difícilmente lo hará el que lo reemplace. Humala ya demostró que no es el Hugo Chávez que todos temían, pero ya reveló que tampoco es el Lula da Silva con el que se quiso identificar. Dependerá del presidente, y de su gabinete, articular una verdadera plataforma de medidas en favor de la infraestructura social, que expresen que la renta minera sí deja beneficios. La llamada “Gran Transformación” es más técnica que ideológica, y exige reformas de Estado que transformen el aparato público. Ése será el verdadero desafío de Valdés. Sin embargo, sin aliados en el Parlamento, es temprano para saber si tendrá éxito.