A fines de enero pasado, el ministro británico de Energía, Chris Huhne, respondió a una pregunta de un diputado del partido del primer ministro, David Cameron: “La exploración inicial que se ha hecho de las aguas territoriales de las Islas Falklands”, dijo aquella vez, “es decepcionante”. Dicha respuesta era muy similar a la que Desire Petroleum, una de las empresas que extraen el oro negro desde Malvinas, señaló a comienzos de 2010.

Más allá del calificativo decepcionante, lo que molestó a la presidenta Cristina Fernández fue que Londres admitiera la explotación petrolera con desenfado. Por esa misma época la presidenta retomaba sus funciones luego de la extirpación de su tiroides, por un cáncer que al final no fue. Quería mostrarse fuerte, sana y empoderada ante la opinión pública y ante los ingleses, quienes se habían dado el lujo además de tratar a los argentinos de “colonialistas”, al insistir en sus reclamos por Malvinas.

Aquella tarde, en la Casa Rosada, Fernández exhibió la cicatriz de su intervención quirúrgica. Aseguró que Argentina había vivido durante muchos años una etapa de “desmalvinización” y que era el momento de corregir el rumbo. “No por reivindicar hechos ocurridos durante la dictadura”, aclaró en referencia a la guerra de 1982, “que se hizo para tapar los 30.000 desaparecidos”, sino porque Inglaterra estaba depredando “nuestros recursos naturales, nuestro petróleo, nuestra pesca”.

En un momento hizo un anuncio que se convertiría en política de Estado: “Exigimos el cumplimiento de la resolución de las Naciones Unidas de sentarse a negociar y a dialogar”. Pero la pregunta inevitable es: ¿qué hay que negociar y qué hay que dialogar?

La tesis Montamat. Dos semanas más tarde el diputado kirchnerista Guillermo Carmona era ungido como presidente de la comisión de Relaciones Internacionales de la cámara. Al asumir su cargo definió lo que él entendía por relaciones internacionales: “Éstas deben incorporar la defensa de los recursos naturales”. Una defensa cuyo límite es la “posición de paz y de diálogo de la Argentina”. El diputado opositor y líder de Proyecto Sur, Fernando “Pino” Solanas, concordaba con la tesis del gobierno: “La disputa por las islas no es por el paisaje, ya que éstas forman parte de nuestra plataforma marítima continental, que además es una de las cuencas petrolíferas más grandes del mundo. Para la guerra de Malvinas, el barril de petróleo estaba a 20 dólares, hoy vale cinco veces más”.

Por primera vez aparecía lo que se podía negociar y lo que había que dialogar. Para Daniel Montamat, ex presidente de YPF y ex secretario de Energía durante el gobierno de De la Rúa, el negocio debe ir de la mano del diálogo. Según él, las exploraciones de petróleo en las aguas de las Islas Malvinas no serán ni significativas ni importantes, ya que para que esto ocurra se necesitarían muchos recursos, y una de las empresas involucradas sólo había recolectado US$ 2.000 millones de dólares como inversión inicial. Para la periodista francesa Bárbara Vignaux, especialista en industria energética, la inversión no es obstáculo, ya que Inglaterra está enfrentada a una baja de su producción en el mar del Norte. “La época del petróleo bueno y barato”, agrega, “ya quedó atrás”.

Montamat cree que Argentina no se puede arriesgar a que Inglaterra encuentre un yacimiento medianamente bueno, porque “de encontrarlo ellos le podrían dar autonomía a Malvinas, bajo el estatuto de estado libre asociado, y ahí el asunto dejaría de ser bilateral”. Por eso hay que crear una “veta negociadora”, y ésta podría ser la del petróleo en una prospección en conjunto con los ingleses, del orden de los 13.000 barriles al día. Para dar una idea, la compañía británica BP Petroleum produjo tres veces más barriles en 2008.

Montamat ya expuso, aunque parcialmente, esta teoría junto a Daniel Kelner en The Guardian hace dos años. Y el consejo para Gran Bretaña era “abstenerse de tomar decisiones unilaterales sobre el petróleo y otras actividades comerciales en la región hasta que se alcance un acuerdo y convencer a los isleños que las negociaciones están en su mejor interés”. Pero el consejo no ha sido tomado en cuenta, y empresas como Rockhopper, Falklands Oil & Gas y BHP continúan perforando pozos en el sector en disputa. Por eso la cancillería argentina, en esa misma época, ya les rayaba la cancha a los británicos: “Rechazamos de la manera más enérgica el intento de apoderarse ilegalmente de recursos naturales no renovables, propiedad del pueblo argentino”.

A favor y en contra. El analista político Carlos Pereyra Mele comparte la tesis de Daniel Montamat, pero advierte que, como las negociaciones hasta ahora han sido impedidas por Inglaterra, es momento de aprovechar la crisis que vive Europa para insistir con una negociación económica: “No es que vamos a compartir los recursos de por vida (que hoy no los explotamos en nuestro propio mar económico exclusivo), sino que debemos darle al ocupante alguna perspectiva de hacer negocios sin problemas, porque de lo contrario igualmente van a tener la capacidad y el poder de hacerlo sin nuestro consentimiento”.

Inglaterra, según él, es capaz de sostener este tipo de negociaciones: el acuerdo sino-británico, por el cual se devolvió el enclave de Hong Kong, es un ejemplo. “Allí”, afirma, “los ingleses siguen operando la plaza financiera. Para Argentina sería muy importante negociar de este modo, porque permitiría hacer acuerdos con empresas como Petrobras, o la nueva exploradora mar adentro de Brasil para obtener los beneficios que hoy no tenemos”.

Hace poco un informe elaborado por la consultora Edison Investment echaba por tierra el planteo del ex secretario de Energía, ya que daba a conocer cifras auspiciosas sobre lo que podría obtenerse de las prospecciones de petróleo en Malvinas: US$ 176.000 millones. En 2010 se estimaba que con un tercio de esa suma se estaba en condiciones de dar autonomía a las islas para su autodeterminación.

Bruno Tondini, profesor de la Universidad de La Plata y autor del libro electrónico Malvinas, historia, aspectos jurídicos y económicos, piensa que cualquier cálculo que haga una consultora está sujeto a la alta fluctuación del precio del petróleo en el ámbito de los commodities. Según el experto, la tesis de Montamat de negociar con el oro negro es una estrategia que ya se siguió, a través de un tratado internacional sobre áreas petrolíferas y que Gran Bretaña incumplió.

Tondini explica, además, que la estrategia de Inglaterra sobre sus dominios de ultramar es lograr que éstos logren autosuficiencia económica y, en un futuro lejano, autodeterminación política: “Después de la guerra de Malvinas sucedió eso en la isla: se aumentó la industria pesquera y, más tarde, cuando se disparó el precio del petróleo a US$ 100 el barril, esta promoción de autosuficiencia se reforzó con la explotación petrolera”.

Este analista concuerda en que hay que encontrar una “veta negociadora”. Sin embargo, advierte, esto no será fácil, ya que al recurrir a la ONU “Argentina ha demostrado que su intención es discutir soberanía, y Gran Bretaña no se va a sentar a discutir eso”, agrega.

Por ello en la estrategia de la presidencia estaría también la mediación. Treinta años después de la guerra, y con los británicos aún con la sartén por el mango, Argentina deberá jugar con más inteligencia que sólo pasión.