"Un país en serio”: ese era el eslogan de la campaña electoral que, hace diez años, postulaba a Néstor Kirchner como presidente.

Y aunque los publicistas lo fustigaban como uno de los peores eslóganes de toda la historia del marketing político argentino, hay que reconocer que la frase estaba en sintonía con lo que la gente sentía.

Por estas horas, los canales de TV transmiten calientes debates que giran en torno a qué tanto se cumplió esta consigna.

Es, como ya es costumbre en la Argentina, una polémica con pocos matices, donde están los defensores acérrimos del “modelo K” -que hablan de una “década ganada”- y enfrente los opositores, que atribuyen los éxitos a la buena suerte y lo malo a la impericia gubernamental.

Como siempre, hay datos estadísticos disponibles para apoyar cualquier postura que se quiera adoptar.

El crecimiento acumulado del 91% del PBI; la renegociación de US$100.000 millones que constituyeron el default más grande del mundo y, sobre todo, la caída del desempleo, desde el pavoroso nivel de 25% hasta el 7% actual están en el haber.

Por el contrario, una persistente inflación que hoy está en 23% (la segunda más alta del mundo), el deterioro de la infraestructura (que se expresa en la pérdida del autoabastecimiento energético) y una larga lista de distorsiones de la economía ponen en duda que se pueda hablar de “un país en serio”.

Peor aún, en estos momentos en los que el crecimiento a “tasas chinas” del primer período del kirchnerismo parece un recuerdo de algo ya irrepetible, se está viviendo un retorno de viejos fantasmas.

Como el del retraso cambiario que recuerda al final de la convertibilidad –de lo cual da cuenta el regreso de los problemas de empleo-, así como del insostenible abaratamiento en las tarifas de los servicios públicos. Y todo en el contexto de una presión impositiva que, según una estimación del Instituto Argentino de Análisis Fiscal, pasó en una década del 19,3 al 29,4% del PBI.

El dólar paralelo, clásico termómetro del humor social, nuevamente disparado por encima de cualquier análisis técnico muestra los síntomas evidentes de agotamiento del “modelo”.

La urgencia por salir del pozo. Pero las cosas eran muy diferentes hace diez años. En aquellos días, como suele recordar Cristina Kirchner, los bancos todavía lucían en sus fachadas las chapas contra las cuales se desfogaban los irritados ahorristas que tenían su dinero atrapado en el “corralito”. Y, como también machaca la presidenta en sus discursos, había un nivel de desempleo por encima del 20%.

En ese contexto, el debate sobre “modelos de país” no tenía mucho rating. Se sabía lo que no se quería –la tragedia de los cuatro años de recesión y su consecuencia de caos social- pero no estaba claro cuál sería el programa que reemplazaría al denostado menemismo.

Una de las pocas cosas que generaban consenso en la población en ese momento era que, por nada del mundo, se debía frenar la incipiente recuperación que se había iniciado a fines de 2002. Por primera vez había una sensación de que ya se había tocado fondo y empezaba el “efecto rebote”.

Atento a esa situación fue que Kirchner aceptó dos condiciones que evidentemente le disgustaban: llevar como vicepresidente a un ex menemista como Daniel Scioli y, sobre todo, garantizar la continuidad de Roberto Lavagna en el ministerio de Economía.

Era, desde su punto de vista, un mal necesario: para la gran mayoría del país, este gobernador de la lejana provincia de Santa Cruz era casi un desconocido.

Su esposa, la senadora Cristina Fernández, en cambio, era una figura con mayor presencia en los medios desde los tiempos menemistas, cuando emergió como la más rebelde legisladora de la bancada peronista.

Una vez en el poder, Kirchner ratificó la política de dólar alto, estímulo de la demanda, fuerte intervención estatal y mantenimiento de las medidas que se habían adoptado para superar la emergencia de 2002.

Más allá de matices, no había en ese momento espacio para grandes discrepancias. Hasta el FMI aplaudía la gestión de Lavagna y ponía la firma en una revisión donde apoyaba un aumento de la oferta monetaria en $ 4.000 millones (entonces unos US$ 1.200 millones) para absorber el “excedente” de billetes verdes y evitar un desplome en el tipo de cambio -algo que pondría en riesgo el incipiente proceso de sustitución de importaciones-.

“Para sorpresa de todo el mundo, incluso para mí, la Argentina crece sin caer en la hiperinflación”, manifestaba por entonces Anne Krueger, la subdirectora del FMI, caracterizada por la prensa nacional como la funcionaria más malvada en la historia del organismo multilateral.

En ese entonces el “modelo” era un mix de medidas “keynesianas” con otras de corte más ortodoxo.

Porque a las promesas que la dupla Kirchner-Lavagna hacía sobre la necesidad de empujar un crecimiento acelerado, se unía un celo por el superávit fiscal como hacía años no se veía.

Hasta críticos acérrimos como Ricardo López Murphy solían reconocer el afán del nuevo presidente por cuidar la caja.

De lo transitorio a lo permanente. En ese entonces, la política económica contenía varias aristas que disgustaban al empresariado y al ala más “liberal” de los economistas, pero también había una aceptación de que el país atravesaba una coyuntura de emergencia y que, en ese contexto, había que tolerar medidas que se veían reñidas con un buen clima de negocios.

Así, lo que caracterizó a los comienzos del modelo fue un total congelamiento de las tarifas de servicios públicos y una dura reprimenda por parte de Kirchner a los gerentes de las empresas privatizadas, a quienes acusó de haber fomentado el descalabro económico del fin de la convertibilidad.

Con el paso de los años y la consolidación de un crecimiento a “tasas chinas”, empezó a quedar en claro que mucho de lo que había sido anunciado como transitorio se convirtió en permanente.

Y no sólo eso, sino que muchos de los rasgos más ríspidos del “modelo” empezaron a acentuarse, de forma tal que los discursos agresivos dieron lugar a un plan de reestatizaciones. Y las intervenciones distorsivas en las actividades empresariales dejaron de ser la excepción para transformarse en la norma.

Fue, sobre todo, el inicio de la preferencia por el “recalentamiento” y los primeros diagnósticos sobre la aparición de “cuellos de botella”. O, dicho de otra forma, sobre la imposibilidad de crecer a tasas chinas pero con una tasa de inversión equivalente a la mitad de la de China.

El inicio del proceso inflacionario puede situarse hacia fines de 2004, cuando Kirchner se peleó con el entonces titular del Banco Central, Alfonso Prat Gay.

Eran días en que ingresaban capitales a la región, como consecuencia del boom agrícola y de las bajas tasas de interés. Todos los países dejaban fortalecer sus monedas nacionales, porque temían que el costo a sostener un “dólar alto” fuera un rebrote inflacionario.

Pero Kirchner no quiso saber nada con los programas de metas de inflación y optó por sostener un dólar nominalmente alto, para lo cual debía emitir pesos que compraran los ciento de millones de dólares “sobrantes”.

Ese fue el inicio de un encadenamiento de controles de precios con resultados insuficientes y, finalmente, el gran hito de la intervención del Instituto de Estadísticas a comienzos de 2007.

Las dos caras de un mismo modelo. Hoy, cuando el superávit fiscal, el tipo de cambio competitivo y el crecimiento acelerado son apenas recuerdos, se ha vuelto un lugar común interrogarse respecto de si hubo dos “modelos” –uno bueno con Néstor y uno malo con Cristina- o si, en realidad no hubo cambio sino continuidad.

“El problema del modelo es que siempre fue inconsistente, pero pudo sobrevivir durante bastante tiempo gracias a que tuvo financiamiento para cubrir esas inconsistencias”, sostiene el economista Roberto Cachanosky, para quien el pecado original fue “partir de la base de que primero se puede consumir y luego producir”.

En tanto Eduardo Levy Yeyati, titular de la consultora Elypsis, considera que lo que cambió realmente fue la ilusión de que el “modelo K” podía llegar a quebrar el clásico ciclo de expansión, distorsiones, estancamiento y nueva crisis.

“Cabe pensar la década pasada no como dos etapas sino como momentos de un mismo proceso, radicalizado sobre el final por el asedio de un contexto económico que comenzó con amplios márgenes ganados en 2002 (superávits fiscal y externo fruto de la devaluación, deuda licuada o reestructurada, retenciones en alza) y se fue volviendo menos generoso a medida que esos márgenes se consumían”, argumenta Levy.

Y señala como “marca de fábrica” del modelo K dos antiguos vicios argentinos: “el cortoplacismo (una versión extrema de la tendencia natural del político a no ver más allá de la próxima elección) y el rentismo (la concepción de la economía como un capital no perecedero que nos da sus frutos sin necesidad de invertir muchos recursos, como un pozo petrolero)”.

Podría señalarse más señales de continuidad a lo largo del modelo K, como la posición fuertemente ideologizada del mercado de capitales.

Mientras Bolivia debutó con una tasa inferior al 5%, la Argentina no tiene acceso al crédito y, contrariando el discurso “desendeudador” de los funcionarios K, termina ofreciendo una amnistía tributaria más un premio de 4% al dinero de los evasores.

“La economía argentina se parece a un almacén de barrio: vive de su cuenta corriente, no convoca a la inversión externa, mientras la realidad indica que se acabó el excedente de dólares”, es el crudo diagnóstico que hace el economista Miguel Bein.

Esperando el impacto. Para la enorme mayoría de los ciudadanos argentinos, que no se toma la molestia de entrar en discusiones sobre modelos, lo que resulta evidente es que hay un cambio de clima.

Y, siguiendo el instinto entrenado en décadas de crisis abruptas, se protegen de la forma en que siempre lo hicieron: huyendo de la moneda nacional.

Así, algunos se vuelcan a consumir, en una situación que el gobierno celebra como síntoma positivo pero que tiene la contracara de un bajo nivel de ahorro. Y otros, como siempre, buscan billetes verdes para engrosar el “colchón” de 200.000 millones que está fuera del sistema.

Lejos, muy lejos, de un país con visos de normalidad. Aunque, hay que decirlo, fiel a las más instaladas costumbres argentinas.