Ocurrió en cosa de minutos. El llanto de la presidenta electa de Brasil mientras se dirigía al Directorio Nacional del Partido de los Trabajadores (PT), una semana después de los comicios, se transformó en imagen recurrente de los noticiarios nacionales. ¿De dónde sacó lágrimas esta mujer, reconocida como dura por sus cercanos y poco carismática por las masas, para transmitir la emoción de suceder al presidente más popular de la historia brasileña reciente?

“Estoy llorona”, reconoció, sacando una nueva sorpresa: un sentido del humor todavía desconocido para referirse a sus tres principales colaboradores de campaña: Antonio Palocci, diputado y ex ministro de Hacienda de Lula; José Eduardo Dutra, presidente del PT, y el diputado José Eduardo Cardozo. “Los tres cerditos”, los llamó Dilma, arrancando sonoras carcajadas. 

Las repercusiones de estas salidas de libreto reflejan la curiosidad de la mayoría de la población, incluyendo a su propio electorado, por la primera mujer que gobernará el país. Durante la campaña su figura despertó no pocas dudas, que iban desde sus preferencias gastronómicas hasta las chapas que utilizó durante la dictadura militar. Nacida en Minas Gerais, hija de padre búlgaro y madre carioca, Dilma adhirió a la lucha armada y se transformó en Luiza, Wanda, Estela, Marina, Maria y Lúcia. Desde esta época clandestina arrastra el infaltable “compañeros y compañeras” para iniciar cualquier discurso público. En 1970 fue detenida y torturada; siete años después se graduó en Economía en Rio Grande do Sul, estado donde comenzó su carrera política y donde se destacó como secretaria del tesoro y secretaria de minas, energía y comunicaciones. De allí saltó para hacerse cargo de la misma cartera, pero a nivel federal, y luego asumir la secretaría general de la presidencia. Lula la mantuvo en el cargo durante su segundo gobierno y terminó eligiéndola como sucesora, a pesar de su impopularidad y del anuncio, en abril de 2009, de que padecía un cáncer del sistema linfático.

“Es difícil saber cómo será cuando asuma el puesto de Lula”, dice un funcionario del palacio presidencial del Planalto, que solicitó reserva para su nombre. “Se sabe que si uno quiere hablar con ella, es bueno ser objetivo, hablar rápido y saber de antemano lo que se quiere decir”, afirma, recalcando la rigurosa preparación técnica de la futura mandataria y su falta de paciencia con las conversaciones sin sustancia.

El hecho es que Dilma realmente quiere saber el terreno que pisa. Después de su primer viaje al extranjero como presidenta electa (para asistir a la reunión del G-20 en Corea del Sur), inmediatamente se estableció en Brasilia con su equipo de transición en una ronda frenética de reuniones, dejando el mercado en ascuas respecto de los nombres de su futuro gabinete. Es la primera señal del sello que desea darle a su gestión. Su reto más inmediato es demostrar capacidad política y administrativa para heredar las bendiciones del gobierno de Lula sin esconderse bajo su sombra. A pesar de recibir un país con alto crecimiento, hay tareas pendientes que pueden nublar el horizonte a mediano plazo.

¿Podrá Dilma librarse de la receta lulista y crearse una propia, más propicia a la inversión?

La nueva clase media. No se puede negar que el legado que le deja Lula vale oro: prudencia macroeconómica con control de la inflación y una clase media de 94 millones de personas, consolidada gracias a una política de fuerte gasto fiscal, que duplicó el salario mínimo en 10 años e impulsó uno de los programas de transferencia de renta más celebrados en los últimos años: la bolsa Familia. Según datos del Centro de Políticas Sociales de la Fundación Getúlio Vargas (FGV), 20 millones de personas dejaron la pobreza durante los dos gobiernos de Lula, mientras que 29 millones se sumaron a la clase media y 6,5 millones, a los estratos alto y medio-alto. Y este flamante mercado interno mantuvo a las empresas trabajando en medio de la crisis financiera global. De hecho, entre enero y octubre de 2010 se crearon 2,4 millones de empleos formales. “Esa clase C corresponde al 50% de la población, que puede decidir por sí misma cualquier pleito electoral, y concentra el 46,2% del poder adquisitivo de los brasileños”, dice el economista Marcelo Neri, de la FGV, en el estudio “La nueva clase media: el lado brillante de los pobres”.

Y mientras Dilma calienta motores para la toma de mando, los brasileños seguirán programando aún más el mercado, gracias a la inyección de US$ 61 mil millones por el décimo tercer sueldo (aguinaldo) que dispondrán los empleados para navidad. Eso sin contar con el sector informal. “Es una expectativa de crecimiento sin precedentes en la historia del país, pues logró impulsar el mercado sin aumentar la desigualdad”, dice Marcel Solimeo, director de comercio de la Asociación de Comercio de São Paulo. Sin embargo, hay voces en el mercado que advierten sobre los riesgos de mantener este modelo, personificado en la figura de Lula y basado en un alto nivel de asistencialismo. Lula escogió a Dilma como su brazo derecho en un momento que el periodista Merval Pereira, del diario O Globo, define como el más populista y con más inclinaciones autoritarias del presidente. ¿Qué rol le cabrá a Lula durante el gobierno de su heredera política? En el lanzamiento de su libro El lulismo en el poder, en septiembre, Merval declaró que el grado de protagonismo del presidente durante el mandato de Dilma dependería de la solidaridad que ésta le demuestre. 

Si Dilma quiere continuar el sello lulista, tendrá que mantener una fórmula basada en un elevado gasto social, mayores impuestos y bajo nivel de ahorro doméstico, aspectos preocupantes para un país cuya industria tiene que demostrar su competitividad interna y externa, en un contexto de fortalecimiento de la moneda. ¿Cómo se financiarán las inversiones para corregir el déficit en infraestructura y poner a Brasil a la altura de de sus pretensiones?

Crece el disco, se achica la industria. “La primera señal que dio Dilma fue que mantendrá el modelo”, dice el economista jefe de un banco brasileño, que no quiso identificarse, refiriéndose a la confirmación de Guido Mantega como ministro de Economía, tal como quería el mandatario. ¿Lo esperaba el mercado? Para Jankiel Santos, economista jefe de Banco Espírito Santo Investimento, el escenario post-Lula no implicará modificaciones importantes del rumbo. “Hay poco espacio en el plan macro para grandes cambios.

 Los partidos políticos se han dado cuenta de que controlar la inflación es la base de apoyo del gobierno”, dice. “Lo que puede haber son matices de postura, más o menos agresiva, en relación al control del gasto público”, añade.

Sin embargo, a pesar de que las proyecciones para 2011 son favorables, la receta comienza a mostrar sus contraindicaciones: la apreciación de la moneda y el cambio de signo en la balanza comercial brasileña significó que incluso el ministerio de Fomento encendiese la alarma sobre el riesgo de una desindustrialización del país, algo que golpea duro en el nacionalismo económico brasileño. Si en un primer momento el aumento de las importaciones de bienes durables ayudó a atender la demanda de los consumidores y contener las presiones inflacionarias, en estos momentos ya hay preocupación.

Para Maurico Canedo-Pinheiro, economista de la FGV, el temor a la desindustrialización es exagerado. “Lo que hemos visto en los últimos años es una ligera reducción de la participación de la industria en la economía brasileña, una tendencia que comenzó a manifestarse mucho antes de la apreciación del real”, dice. Para el especialista, es absolutamente normal que el sector de los servicios gane espacio a costa de la industria en las economías que alcanzan un cierto nivel de desarrollo.

Para David Kupfer, economista de la Universidad Federal de Rio de Janeiro (UFRJ), el fenómeno de la desindustrialización es innegable y requiere un enfoque a largo plazo, puesto que se trata de un tema estructural. “La industria brasileña se ha enfrentado a un período de dificultades relacionadas con problemas de tipo de cambio y todo un conjunto de fenómenos que conducen a la pérdida de competitividad. Si todo continúa como está, dentro de tres a cinco años el proceso de desindustrialización es incuestionable”, dice. “Pero hay procesos en marcha que pueden evitar la desindustrialización del sector productivo brasileño”.

¿Podrá Dilma librarse de la receta lulista e inventarse una propia, más propicia a la inversión? “El gran desafío es la supervivencia de la industria. La desventaja competitiva del tipo de cambio se mantendrá. Entonces habrá que trabajar con aranceles, exención de impuestos, incentivos y ampliación del crédito”, dice Kupfer.

La percepción de que el futuro está más para un real apreciado refuerza la importancia de privilegiar iniciativas que mejoren la competitividad sistémica, como un reequilibrio de las cuentas públicas que permita liberar recursos para invertir en infraestructura. “A menos que Brasil fracase, escenario menos probable, nuestras exportaciones aumentarán principalmente con el Pre-Sal, y los dólares seguirán llegando”, dice el ex ministro de Hacienda y socio da Tendências Consultoria Integrada, Maílson da Nóbrega.

Según el economista, Brasil también necesita mejorar la competitividad aumentando la productividad a través de reformas relacionadas con distintos campos de la actividad gubernamental, como la reducción de los costos y la calificación de mano de obra. “Así es como el país incrementará su potencial de crecimiento. Difícilmente se podrán repetir las tasas registradas durante el gobierno de Lula “, dice da Nóbrega.

Otra medida relacionada es el ajuste fiscal, más fácil de realizar al inicio del gobierno, mientras el apoyo de los votantes tiende a ablandar la resistencia en el Congreso. Durante el gobierno de Lula los gastos corrientes aumentaron, a veces, hasta cinco veces más que el PIB. Contener su expansión es condición esencial para poder bajar la tasa de interés, aunque el horizonte contenga nubarrones inflacionarios que podrían obligar a ciertas alzas puntuales.

“Podemos reducir el ritmo de crecimiento, pero no perderemos el rumbo, que es una gran conquista”, dice el ex ministro, para quien la estabilidad es condición esencial para conservar la legitimidad del gobierno. Los brasileños se tornaron intolerantes con la inflación. “Cualquier actitud que amenace dicha estabilidad sería detectada por el mercado y se trasladaría a precios, pudiendo generar fuga de capitales, caídas bursátiles y descontrol en la tasa de cambo”.

Diplomacia pragmática. En el ámbito externo, el desafío de ser la sucesora de Lula parece todavía más difícil. “Habrá una línea de continuidad, pero con una diferencia: Dilma no contará con el principal atributo de Lula, que es el carisma”, dice Thiago de Aragão, director de análisis para América Latina de la consultora Arko Advice, en Brasilia, e investigador del Foreign Policy Centre de Londres. Para el analista, fue precisamente la capacidad de transitar y encantar lo que libró a Lula de juicios más severos frente a sus posiciones más polémicas: “Hay un consenso dentro del gobierno y del Itamaraty (ministerio de Relaciones Exteriores) de que hubo posiciones equivocadas, como la de Irán y Honduras”. “En el caso de Dilma, si eso ocurre, ella no podrá contar con su personalidad para tapar errores”.

Cristián Lohbauer, del Grupo de Análisis de la Coyuntura Internacional, de la Universidad de São Paulo (USP), estima que la desvinculación de la política exterior brasileña de la imagen de Lula generará una mayor dependencia de la línea defendida por los diplomáticos de Itamaraty, de una escuela más nacionalista, enfocada en la defensa de Brasil como un actor influyente en el tablero internacional. “Esa influencia llevó a que el ministerio de Relaciones Exteriores tomase a su cargo negociaciones como la del Alca, entre 2003 y 2004, minando la participación de otras carteras importantes en el debate, como Agricultura y Desarrollo”, dice. “Se sobrepuso a los intereses económicos del país una visión de influir en la geopolítica mundial que hasta hoy nadie sabe mucho para dónde va”. De todos modos, la apuesta es que la nueva presidenta tendrá que reemplazar la dirección de una posición más pragmática personalista en el ámbito internacional. “En el caso de Lula, una frase efectista era más eficiente que hojas de cálculo llenas de números; Dilma, en cambio, deberá mostrar resultados concretos”, dice Aragão. 

“Esta relación podría denotar a veces cierta esquizofrenia, pues implica confrontar pragmatismo con contenido ideológico en política exterior, abrazar a Hugo Chávez un día y a Barack Obama el otro”, dice.

Otro desafío señalado por Aragão es la dificultad de encontrar consensos en la agenda internacional frente a un panorama todavía matizado por los reflejos de la crisis en los países desarrollados. “En el caso de la Unión Europea, el nuevo gobierno optó por centrarse en la sustentabilidad, que es un tema que puede unir a las dos regiones en un período de muchas inconsistencias”, dice.

Entrevistada por el equipo de AméricaEconomía Brasil a fines de julio, antes de la primera vuelta, Dilma mostró interés en mantener a América Latina como un área prioritaria de la política exterior brasileña. “Nuestras exportaciones hacia el Mercosur crecieron en 377% durante los últimos siete años, más del doble del total. De éstas, el 95% son productos industriales. El Mercosur es una realidad histórica y todas las iniciativas deben centrarse en el fortalecimiento de la familia, no en la muerte”, dijo.

En aquella ocasión, también indicó que, pese a las buenas relaciones con EE.UU., el foco de su gobierno sería impulsar las relaciones Sur-Sur, tal como venía haciéndolo Lula. “Las palabras clave para las relaciones entre Brasil y EE.UU. son el respeto mutuo y la cooperación. El objetivo de la convergencia es una asociación estratégica, como siempre, pero sin perder la soberanía y la libertad de acción”, dijo.

Más allá de ello, muchos coinciden en que el frente externo tendrá una menor prioridad para Dilma de lo que tuvo para Lula, debido a los compromisos domésticos que enfrentará durante su mandato. “En el gobierno de Lula la prioridad era el acceso al crédito y el combate a la desigualdad, lo que fue logrado con programas exitosos”, dice Aragao. “Dilma será la presidenta de la infraestructura y eso la mantendrá atada al país. Y no será poco”.