Hugo Chávez volvió a sorprender a sus partidarios y detractores.“Se ha detectado una nueva lesión en el mismo sitio donde fue detectado el tumor cancerígeno”, anunció a los medios venezolanos el 21 de febrero pasado.

Junto con reconocer que deberá ser sometido a una nueva intervención, se declaró “en buenas condiciones físicas para enfrentar la batalla”. Si se refería a su propia salud o al desafío electoral, no quedó claro. Hace meses que reiteraba su deseo de pelear por una nueva reeleción en los comicios del 7 de octubre. Especialmente después que la oposición convocó a más de 3 millones de personas a unas primarias para escoger al candidato que los represente en octubre.

El elegido: un abogado de 39 años que se define de centroizquierda, aficionado a correr maratones, descendiente de judíos que huyeron del nazismo, declarado católico y admirador del brasileño Lula da Silva. Henrique Capriles Radonski enarbola la bandera de la unidad, la educación, el empleo, la iniciativa privada y la lucha contra la violencia.

Pero, sobre todo, se ha preocupado de proyectar la imagen de un político que no entra en el juego confrontacional que Chávez lanzó apenas tres días después de su elección.“Una de mis tareas va a ser quitarte la máscara. Mientras más te empeñes en disfrazarte más te vas a conseguir conmigo”, exclamó el comandante-presidente.

Rostro de “la burguesía” y la derecha, como lo ha llamado Chávez, Capriles no ha hecho caso de las diatribas y se defiende asegurando que no fue escogido para pelear, sino para resolver problemas. Y su estrategia fue premiada por el electorado opositor: obtuvo casi 2 millones de votos, muy por delante de los candidatos que interpelaron más duramente al mandatario.

“La parte más peligrosa para Chávez del discurso de Capriles es la de unidad nacional, integración y respeto. Tiene que desmontarla. Y el reto de Capriles será aguantar las provocaciones sin salir de su estrategia, no puede morder el anzuelo de la confrontación”, grafica el director de la encuestadora Datanálisis, Luis Vicente León.

Chávez está echando mano al discurso duro y frontal que tanto éxito le ha dado. En las presidenciales de 2006 ganó con casi 63% de los votos y hoy, a 13 años de su llegada al poder, tiene niveles de aprobación por encima del 50%. Antes que la oposición escogiera un candidato único, todas las encuestas lo señalaban como ganador de las presidenciales.

Pero esta vez hay espacio para un optimismo moderado en la oposición: las primarias sacudieron al gobierno, que no esperaba que la participación fuera tan alta y llegara finalmente al 17% del padrón electoral de 18 millones de votantes. Todo un mérito, considerando el temor de muchos a ser objeto de represalias por participar.

La oposición tampoco lo esperaba. Ninguno de sus dirigentes se había atrevido a fijar una cifra y sólo declaraban que un 10% del padrón sería un éxito. Pero después de meses de campaña llamando a votar “sin miedo”, los electores acudieron al llamado de la Mesa de la Unidad Democrática, una especie de Concertación chilena que agrupa a la mayoría de las fuerzas no chavistas, una veintena de partidos políticos desde la centro-derecha a la extrema izquierda, todos unidos por el deseo de derrotar a Chávez por la vía electoral.

En 2002 la oposición participó con más o menos protagonismo en un fallido golpe de Estado contra Chávez, apoyó un extenso paro petrolero y en los años siguientes cometió otros graves errores políticos. Hoy está convencida de una cosa: que tiene ante sí una mejor oportunidad para derrotar con votos al comandante, apoyándose en el desgaste de su gestión y en transmitir la idea de un país cansado de la división política y los problemas económicos.

“El enfrentamiento será entre un proyecto estatista y autoritario y el liderazgo de una oposición que en los últimos años ha pasado a tener una cara más democrática y plural”, plantea la historiadora Margarita López Maya, autora del libro Ideas para debatir el socialismo del siglo XXI y antigua partidaria de Chávez.
La elección de Capriles despertó también el optimismo de los mercados. Al día siguiente de las primarias se dispararon los bonos y cayó el riesgo país.

“El mercado está reaccionando de manera muy positiva, porque se ha empezado a incrementar la probabilidad de un cambio en la conducción política y económica”, señala Alejandro Grisanti, director para América Latina de Barclays Capital.

Economía con muletas. El mayor productor de petróleo de Sudamérica y depósito de las mayores reservas de crudo del mundo no pasa por su mejor momento. En 2011 la inflación fue de 27,2% y el crecimiento un modesto 4,2%. El panorama económico es complejo para este año electoral que estará marcado por un fuerte gasto público.

Las estatizaciones, el control del mercado del dólar, la fijación de precios y la fuerte dependencia de la industria petrolera, que los últimos años ha bajado su producción a 2,3 millones de barriles diarios según la OPEP, están entre las principales causas del deterioro de la economía, señalan los analistas. Claramente es una economía muy por debajo de su potencial, aunque no en ruinas, como señalan sus detractores.

Y aunque la pobreza ha retrocedido en estos 13 años de Chávez, que ha concentrado su discurso y los esfuerzos de su gobierno en favorecer a las clases más pobres, ésta sigue afectando a un tercio de los 28 millones de habitantes de este país que además de petróleo tiene enormes reservas de agua y recursos minerales.

El carismático presidente ha construido un sólido vínculo con las clases populares y es ahí donde radica la fortaleza de su liderazgo. Interpelando directamente al “pueblo” y destinando enormes recursos para programas sociales que han dado salud y educación a sectores deprimidos, Chávez se ha enfocado en dejar muy claro que sólo él asegura el bienestar de la mano de su revolución bolivariana.

“Chávez sigue siendo el dueño del discurso social y, cuando la oposición habla de eso, él se encarga de aclarar que son unos impostores”, comenta el sociólogo Ignacio Ávalos. “Puede haber inseguridad, problemas económicos o mal gobierno, pero hasta ahora la oposición no ha logrado romper la vinculación emocional del presidente con las clases populares”, añade.

Con un petróleo a más de US$ 100 el barril, el gobierno dispone de enormes recursos para mover la maquinaria electoral. En el último tiempo ha lanzado una serie de programas o ‘misiones’ para construir viviendas, disminuir el desempleo, favorecer a los adultos mayores o entregar dinero a las familias pobres. Algunos analistas creen que será la campaña más cara de la historia venezolana.

La oposición sabe que no puede competir en recursos con el candidato oficialista y, en todo caso, se ha cuidado de criticar los programas sociales del gobierno, dado que han favorecido a amplios sectores de la sociedad donde puede haber potenciales electores. La apuesta de Capriles es captar a esos desencantados de la política asistencialista del chavismo, proponiendo mejorar la oferta social, fortalecer el empleo y la educación.

“A Chávez no se le puede despachar solamente diciendo que tiene una chequera. En Chávez hay símbolos, afectos, representaciones”, insiste Ignacio Ávalos. “Chávez visibilizó al pueblo, lo tomó en cuenta y le dijo que era el gran protagonista. Por eso aún después de 13 años despierta esperanzas”.

En el centro de la propuesta económica de Capriles están la inversión privada, el combate a la inflación y el aumento de la producción petrolera. No ha otorgado mayores detalles sobre cómo llevará esto adelante. El economista José Guerra, miembro de su equipo, dice que entre las primeras medidas de un eventual nuevo gobierno estará disminuir el desempleo y la inflación, que es una de las más altas del mundo.

“Lo primero que debería ejecutar es un plan de empleo para dar trabajo a los sectores más deprimidos de la población, fortaleciendo, por ejemplo, la industria de la construcción. Luego debería también anunciar una reestructuración de PDVSA y, en tercer lugar, medidas para disminuir gradualmente la inflación”, plantea.

Con olfato político, Capriles se ha preocupado de señalar que nadie será despedido de PDVSA, ni que tampoco llevará a cabo inmediatamente un reajuste del precio de la gasolina en un país donde llenar el estanque de un carro cuesta apenas un dólar, gracias a los fuertes subsidios oficiales.

“Capriles ha sido claro: aquí no puede haber ajustes dramáticos ni shocks en el corto plazo”, insiste Guerra, un ex directivo del Banco Central.

“El foco de este gobierno debería ser el desmantelamiento gradual del control de cambio”, complementa Alejandro Grisanti, quien además propone atacar el desempleo (que él estima muy superior a la tasa oficial de 6,2%).

Pero el comandante se ha encargado de dejar las cosas claras. “La batalla está planteada en esos términos: la burguesía contra la clase obrera”, resumió echando mano del materialismo histórico 1.0. En sus frecuentes apariciones públicas no se cansa de afirmar que la oposición trata inútilmente de imitarlo y de diluir las diferencias políticas. Que si llega al poder, afirma con su acostumbrada elocuencia, la “extrema derecha” eliminará todos los avances sociales de su gobierno.

Voto swing.
A pesar de una partida auspiciosa, Capriles deberá acertar en cada uno de sus objetivos estratégicos para derrotar el poderoso aparato electoral chavista. Por ejemplo, explicar claramente qué hará con las decenas de empresas estatizadas. Asegura que no va a “quitar nada a nadie” y que las expropiaciones se convirtieron en un instrumento político. Dice que invitará a todos los sectores a una eventual administración y que gobernará para aquellos que usen camisas rojas o de cualquier otro color.

Tal como Chávez llegó al poder marcando la derrota de un agotado sistema bipartidista, que duró 40 años desde la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez, Capriles quiere erigirse ahora como el símbolo del cambio y la reunificación de un país dividido por la política. Con esa estrategia, que ha ayudado a diseñar el asesor brasileño Renato Pereira, Capriles apuesta por penetrar entre los “chavistas light” y los indecisos que inclinarán la balanza el 7 de octubre.

La reacción llegó pronto: un medio oficial aseguró que era representante del sionismo y en un programa de televisión – de un canal estatal - se planteó que Capriles es homosexual. Los medios además recuerdan constantemente que en 2004, cuando era alcalde del municipio caraqueño de Baruta, estuvo preso por no impedir un ataque a la embajada de Cuba durante el golpe de Estado de 2002, un caso del que ya fue absuelto.

“Yo esperaría que durante la campaña sigan descalificando a Capriles”, dice el analista político Ricardo Sucre, de la Universidad Central de Venezuela.

La historiadora Margarita López Maya concuerda en que será una competencia muy desigual. “El presidente utiliza recursos públicos, tiene una plataforma mediática cada vez más compleja y es un hombre muy sagaz que además ha hecho un hábil uso de su enfermedad”, comenta sobre el cáncer que a Chávez le detectaron en junio.

Sobre la enfermedad del presidente, de 57 años de edad, hay detalles que hasta ahora no se conocen, como la ubicación del tumor que le extrajeron, el tipo de cáncer que contrajo o la gravedad de la nueva lesión. Chávez fue el único en informar sobre ello. Tal como en el primer anuncio. La oposición ha evitado hacer mayores comentarios, al menos en público, respecto al nuevo escenario.

Capriles, mientras, explota su imagen de hombre joven y renovador. Apoyado por el centro-derechista Primero Justicia (aunque él dice “trascender a los partidos”), lanza sus dardos contra la mala gestión del Estado, los deficientes servicios públicos, la inflación, la periódica escasez de alimentos y la inseguridad.

Con una tasa reconocida por las autoridades de 48 homicidios por cada 100.000 habitantes, una de las más altas de América, la violencia afecta sobre todo a las clases populares, el bastión electoral de Hugo Chávez.

Expertos señalan, sin embargo, que en Venezuela comúnmente se asocia violencia con pobreza y no necesariamente con el retardo judicial, la corrupción de las policías, la altísima impunidad en que caen los delitos, la escasa presencia del Estado en algunas zonas del país o las deplorables condiciones de las cárceles, todos asuntos de política pública.

Aunque la inseguridad es el principal problema de los venezolanos, según la última encuesta de Datanálisis, sólo un 23% de los encuestados responsabiliza a Chávez de este problema, por lo que el impacto de este asunto en su altísima popularidad “es nulo”, dice Luis Vicente León.

“Cuando se consulta sobre inflación o desempleo, se responsabiliza inmediatamente a Chávez. El costo político de los problemas microeconómicos es mucho más alto que el de la inseguridad”, asegura.

Sin embargo, si a la creciente violencia se suman otros factores de deterioro de la sociedad venezolana, la historiadora López Maya considera que la oposición tiene ante sí una poderosa arma para enfrentar al presidente.

“Esta sociedad sigue un proceso de deterioro. Hay una crisis y ésa es la gran debilidad del presidente”, señala.

La carrera será larga hasta octubre. Dos proyectos y dos líderes pelearán cada voto a lo largo de estos meses en los que Capriles planea recorrer el país de punta a rabo, tal como Chávez lo hizo antes de ganar por primera vez la presidencia.

“Aquel caballo está cansado”, dijo, usando una metáfora ruda. “Éste está lleno de energía y vamos a ver quién aguanta estos meses”.