Hace un mes el fiscal especial que investigaba el atentado terrorista a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA, 1994, 85 muertos), Alberto Nisman, fue encontrado muerto en su departamento del híperultraseguro barrio de Puerto Madero. Unos días antes había presentado una denuncia en la que acusaba a la presidenta Cristina Fernández y al canciller Héctor Timerman por encubrimiento. Al día siguiente, Nisman debía asistir al Congreso a la Comisión de Legislación Penal de la Cámara de Diputados para dar detalles de su denuncia. Pero no pudo ir.

En los días que siguieron el gobierno dijo que le habían tirado un muerto, los medios consignaron la feroz interna que había en los servicios de inteligencia argentinos; un periodista que investigó los wikileaks relacionados con el caso AMIA recordó que Nisman no hacía nada sin la aprobación de la embajada de Estados Unidos, la ex esposa del fiscal (la jueza Arroyo Salgado) señaló que no creía que su esposo se pudiera suicidar, la presidenta cambió su tesis de “¿suicidio?” [sic] a homicidio. En medio de esta vorágine un grupo reducido de fiscales se atrevió a plantear una marcha, la llamaron "la marcha del silencio". Creían que el fiscal muerto merecía un homenaje de sus pares. Y pusieron fecha: 18 de febrero. Curiosamente el día coincidía con el Día Mundial por la Defensa de las Libertades y el Derecho de Huelga. Marco esto porque la tarde de este miércoles, en una nota del diairo local La Nación, un siquiatra explicaba que iba a asistir a la marcha porque creía en la libertad de trabajo.

Lo cierto es que hoy es el día y el cielo de Buenos Aires está nublado. El servicio meteorológico pronosticó temporal, pero en algunos sectores este servicio tiene la misma credibilidad que el gobierno, por lo que estoy en la Plaza del Congreso sin paraguas, sin campera, vestido con jeans, camisa, zapatillas y un bloc de notas. Como aún falta una hora para que comience la marcha, me meto en un bar para tomar un café. El bar está lleno. Cruzo la calle y la situación es muy similar, sólo que aquí un mozo se compromete a conseguirme una mesa. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que hay mucha gente mayor. De hecho hay un señor en la barra con la bandera argentina. ¿Serán todos estos señores mayores asistentes a la marcha? ¿Podré sin faltarles el respeto decir que de la “marcha del silencio” y “de los fiscales” se pasó a la “marcha de los señores”? Tomo el cortado rápido y salgo.

Falta media hora para que comience la marcha y hacia el oeste, hacia Chile, se divisa una gigantesca nube gris muy oscura. Al verla una señora exclama: “Dios nos pone a prueba, vamos a aguantar”. Un señor aplaude y muchos lo acompañan desafiando a la naturaleza y al servicio meteorológico. De pronto la nube, como si fuese un ovni, se instala sobre nuestras cabezas, corre un fuerte viento y con éste baja la temperatura al menos en cinco grados. Ahora el grupo que aplaude es más grande.

Es muy curioso cómo la avenida de Mayo, a cuatro cuadras de avenida 9 de Julio, se ha ido colmando con gente, no solamente mayor, sino de padres e hijos, amigos, que sostiene banderas argentinas y letreros con diversas consignas “verdad”, “Todos somos Nisman”, “Nisman nos duele, nos rebela”, “Justicia para todos”. Y en medio de esta contemplación una columna se abre camino a empujones. Una señora les grita: “Bestias”. La columna pertenece a la Unión Argentina de Trabajadores Rurales y Estibadores (UATRE) que lidera Gerardo “Momo” Venegas, un aliado del secretario de la Confederación General del Trabajo (CGT) de Hugo Moyano, ex aliado del gobierno, hoy abierto opositor. Los de la UATRE fueron los que le arrancaron la cinta a la corona que la procuradora general de la Nación, Alejandra Gils Carbó, mandó al cementerio de La Tablada para los funerales de Nisman.

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Según las estimaciones de la Policía Metropolitana vendrían a la marcha cerca de 300.000 personas. Y quizá ese número se hubiera duplicado o quien sabe triplicado si no se hubiera puesto a llover cerca de las seis de la tarde. No es una lluvia fina sino fuerte, de ésa que no sólo moja, sino que intimida. Por las dudas me resguardo bajo un quiosco de diarios. A un metro un vendedor de banderas, pero principalmente de pilotos de plástico transparente intenta salvar el verano. Como no quiero gastar dinero en eso, me recrimino por no haber traído mi paraguas y mi campera. “Si llueve, si llueve, el pueblo no se mueve”, escucho decir del corazón de la marcha con todos los paraguas abiertos. Es, debo admitir, una imagen hermosa. La gente aquí no está por cualquier cosa.

Como la lluvia lleva media hora y se ve que no cede, la marcha comienza a avanzar hacia Plaza de Mayo y todos, cual más, cual menos, comenzamos a mojarnos en serio. A una cuadra escucho a una mujer no creer lo fuerte que llueve: “Esta es una maldición que nos echó esa hijadep…”, dice refiriéndose a la presidenta. Pese a ello, en sus palabras no hay odio, sino humor. Decido “cortar camino” y agarro Rivadavia. Aquí la marcha anda más rápido que en Avenida de Mayo. En cinco minutos estoy en la 9 de Julio. Ahí diviso a la primera dirigente política, la diputada del PRO Laura Alonso, una de las últimas personas que se comunicó con Alberto Nisman. Ella luce una polera negra con el 18F tatuado en la espalda y, aunque suene poco profesional, se ve guapa. A la ex esposa del fiscal, la jueza Arroyo Salgado, y a sus hijas no las veré nunca; están protegidas por un anillo de seguridad al que es muy difícil acceder.

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La lluvia amainó. Pese a ello hay gente refugiada en pizzerías y bares. Y también turistas brasileños y gringos que escapan espantados no entendiendo lo que pasa. Continúo a buen paso hasta que llego a Plaza de Mayo. Ahí hay gente que duda si devolverse a casa o quedarse. Los fiscales, pese a liderar la marcha, se han quedado rezagados y sin ellos no queda otra alternativa que esperar. Lo paradójico es que el homenaje al fiscal Nisman será en el mismo lugar donde se suele poner La Cámpora, la agrupación de jóvenes kirchneristas que lidera el hijo de la presidenta, cuando hay manifestaciones de apoyo al gobierno. La explicación está en que la fiscalía especial AMIA está al comienzo de Avenida de Mayo, justo donde empalma con calle Hipólito Yrigoyen y la Plaza de Mayo.

Una hora y media entre marcha y lluvia le da hambre a cualquiera, por eso cuando diviso el clásico puesto de choris y hamburguesas me acerco a contemplar la mercancía. Ahí hay un matrimonio: él parece devorar todo con la mirada, pero ella lo tranquiliza diciendo: “Mejor esperemos a comer en casa”. Decido hacerle caso a la mujer y recorro la Plaza de Mayo, que fue bombardeada en 1955, cuando Perón aún estaba en el poder. La Masacre de la Plaza de Mayo, como es conocida, dejó más de 300 muertos. Imagino entonces a unos aviones cayéndonos ahora mismo. Algunas novelas argentinas han tratado el tema, pero Choripán Social, de Sebastián Pandolfelli, me viene a la cabeza, quizá porque está escrita en tono de parodia.

Ha oscurecido y ha vuelto la lluvia, pero como compré un paraguas ya no me preocupa tanto una eventual gripe. Además, ya estoy todo mojado. Cuando contemplo mi ropa empapada, escucho un murmullo. Los fiscales van a hablar desde un balcón o eso parece. Oigo voces: un “nunca más” arrebatado a las agrupaciones de derechos humanos, pero también un “asesina” que se mezcla con otro más patriota: “Argentina”. Da la sensación de que fuera “Argentina asesina”, entonces recuerdo ese cuentito fundacional de la literatura argentina, El Matadero, de Esteban Echeverría. Una revolución es un matadero.

No hay tiempo para divagaciones. Julio Piumato, presidente de los funcionarios judiciales, toma la palabra, agradece la presencia de la gente, corrige cuando un grupo comienza a gritar el nombre de los fiscales convocantes a la marcha y, finalmente, pide un minuto de silencio que sólo se extiende unos segundos. ¿Esto es todo?, me pregunto. Y sí, es todo.