“Cuando el río suena es por que piedras trae”. Un alto interés están provocando los trascendidos que dicen que el presidente de Brasil, Lula Da Silva, podría llegar a ser el próximo Secretario General de las Naciones Unidas (ONU) cuando dejé su cargo el próximo 31 de diciembre.

Una de las primeras confirmaciones de su interés se habría dado en abril de este año, cuando en un juego de mensaje “velado”, como suele suceder en estos casos, el propio presidente habría sostenido que no sería prudente su postulación: “vamos a hacer una aclaración: la ONU no puede tener como secretario general a un político, tiene que tener un burócrata del sistema diplomático”.

A este respecto, la posibilidad de que un representante de la región llegue a ocupar este cargo no es nueva. Ya entre 1982 y 1991 estuvo en la misma posición el peruano Javier Pérez de Cuellar, quien durante esos años fue reconocido como un actor importante en la firma del acuerdo de Paz para El Salvador y la Acta de Nueva York; así como por sus gestiones para lograr la paz entre Irak e Irán, en Camboya y en la independencia que tuvo Namibia de Sudáfrica.

De los siete secretarios (sin considerar a Ban Ki-moon, quien aún no termina su período), todos con excepción del egipcio Boutros Boutros-Ghali, han sido reelectos en la ONU. El punto es que parecieran ser bajas las posibilidades de que el actual secretario general, el surcoreano Ban Ki-moon, sea reelecto. La razón sería la tensión histórica. Hoy las dos coreas enfrentan una de sus coyunturas más difíciles, lo cual ha generado un claro impasse entre la ONU (a cargo de Ban Ki-moon) y la creación de una formula interna para abordar este problema.

Así, después de la destacada participación en el acercamiento entre las posiciones de Irán y la AIEA, en cuanto a la lediación nuclear hecha por Brasil, las posibilidades de que Lula Da Silva sea el nuevo secretario general parecieran ser altas. Sin embargo, más allá de las políticamente correctas palabras sostenidas por Da Silva, en cuanto a rechazar la invitación, transformarse en el noveno secretario general desde 1945 representará y demandará un verdadero desafío para quien ha sido reconocido como uno de los artífices de la nueva posición de Brasil en el mundo.

Existe consenso en que ha sido Lula quien ha ayudado a transformar al gigante sudamericano desde un actor regional a uno con proyección global. Hasta el momento la posible candidatura habría recibido el apoyo de los gobiernos de España, Francia Portugal, Argentina y Venezuela. Sin embargo, el desafío abre un nuevo escenario para Brasil: ¿cómo, con cinco miembros permanentes (Estados Unidos, Francia, China, Rusia e Inglaterra) y diez que son elegidos por un período de dos años, se puede modernizar realmente a las Naciones Unidas?

A este respecto, la propia ONU destaca que los primeros intentos por avanzar en esta materia fueron propuestos en el período de Boutros Boutros-Ghali. Luego, en 1997, Kofi Annan y su propuesta “Renovación de las Naciones Unidas: un Programa de Reforma”, darían un nuevo paso hacia una verdadera reorganización. No obstante, las dificultades y tensiones que los actores del sistema internacional enfrentan hoy, se han intensificado sostenidamente desde esa fecha. Especial atención deberá ser entregada al terrorismo internacional, al narcotráfico, a los procesos migratorios, a los Estados débiles o fallidos y al problema del hambre. No es por casualidad que uno de los requisitos que Lula ha planteado para llegar al máximo puesto de la ONU, es el de repotenciar el rol global de la FAO (Organización para la Agricultura y la Alimentación).

Además, nuevamente se deberá promover una agenda clara para lograr cambios sustantivos en la ONU. Así, las ideas de la creación de un puesto permanente para cada una de las regiones que no están representadas en el consejo (África, Asía y América Latina y el Caribe); la moderación del uso y/o posible supresión del derecho a veto; el aumento de miembros en el Consejo de Seguridad, y la idea de la creación de una nueva categoría de miembro permanente sin derecho a veto o semipermanente, ocupando dicho puesto durante 15 años, deberían volver al centro del debate.

Desde esta perspectiva, Lula, si pretende que la ONU vuelva a tener el reconocimiento que se le otorgó en la pasada década de los 90, deberá reforzar su habilidad para dar un sello más activo y determinante en el sistema internacional a la única instancia que hasta ahora hemos sido capaces de desarrollar para, bien o mal, dar algún grado de gobernanza global.