Lima. Ernesto Quispe Rupalla es un adolescente de 13 años de etnia quechua que ha llegado a Lima para trabajar como lustrabotas proveniente de la región andina de Huancavelica, situada a 495 kilómetros al sureste de la capital peruana.

"Tengo tres hermanos menores, a quienes tengo que ayudar porque mis padres son muy pobres; las pocas tierras que tenemos solamente dan granos de maíz, papa y quinua, pero en (tan) poca cantidad que no alcanzan para mantener a la familia", relató.

Rodeado de otros dos menores de su pueblo, también limpiabotas, este niño-hombre trabaja en las calles de la capital peruana desde las 7:00 de la mañana hasta las 6:00 de la tarde en busca del sustento diario para él y su familia.

"Tuve que dejar la escuela en cuarto grado de primaria, porque el dinero ya no alcanzaba para comprar mis útiles escolares y el uniforme escolar. Prefiero trabajar porque sino de qué vamos a vivir", explicó a Xinhua haciendo un alto en el duro trabajo de limpiar zapatos.

El pueblo de Ernesto, de nombre Pilpichaca, se encuentra ubicado a una altura de 2.726 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Huaytará, en la región surandina de Huancavelica, considerado uno de los departamentos más pobres de Perú.

"Los huancavelicanos estamos acostumbrados al trabajo desde muy chicos y no nos asusta", comentó el joven, reafirmando su disposición a asumir esta responsabilidad sobre sus hombros, pese a que su figura delgada y pequeña apenas refleja la imagen de un niño.

En esa región peruana, la mayoría de niños y mayores de 10 u 11 años ya conocen la responsabilidad de trabajar en el campo en las pequeñas parcelas familiares y, muchas veces, como en el caso de Ernesto, tienen que dejar la escuela para ayudar a sus padres.

La presencia de este pequeño alrededor de los centros comerciales de la capital peruana ya no llama la atención de los transeúntes adultos. Hay cientos como él, de modo que la gente ya se ha acostumbrado a su presencia.

Cada uno de estos chicos lleva sobre sus hombros la pesada responsabilidad de ser hombres antes de haber concluido su niñez. Es la historia interminable de millones de niños en un país donde los índices de pobreza y desempleo son altos, sobre todo en las zonas andinas.

Con los esfuerzos tanto de instituciones civiles como de las entidades públicas, entre 2007 y 2013 la pobreza infantil en este país disminuyó del 50,9 por ciento al 32,5 por ciento.

Muchas veces, la pobreza crónica no se soluciona con la entrega de alimentos ni vestidos, como ocurre en algunas regiones donde esta problemática social es crónica y su origen se pierde en los inicios de la República (1821).

En este país andino, de 30 millones de habitantes, donde los contrastes entre las zonas urbanas y las zonas rurales son conocidos, el Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) indicó que más de medio millón de niños menores de cinco años sufren desnutrición crónica y más de un millón tienen anemia.

Pese a los datos de crecimiento del Producto Interno Bruto, que este año se espera que llegue al 4,2 por ciento, las contradicciones y la disparidad social son notorias, especialmente en las zonas altoandinas, donde la población mayoritaria es quechua.

El INEI precisó que la mitad de la población rural andina y poco más de los niños de las zonas rurales del resto del territorio peruano viven en la pobreza, situación que los obliga a dejar las escuelas y salir a buscar trabajo en las ciudades, como es el caso de Ernesto.

Con la finalidad de combatir la pobreza y los problemas sociales que generan esta problemática, el Gobierno peruano logró una ejecución presupuestaria cercana al 90 por ciento en el ámbito del gobierno central y de los gobiernos regionales.

En este afán de combate a la desnutrición y la pobreza infantil, también los gobiernos municipales, provinciales y de distrito han intensificado las inversiones de carácter social con un resultado de ejecución del presupuesto del 69 por ciento.

Pese a estos esfuerzos, en los últimos dos años la anemia infantil se ha elevado y las tasas de desnutrición crónica infantil se ha desacelerado, sin mejoras hasta estancarse en los niveles antes citados.

Mientras los economistas y las estadistas, asesorados por organismos internacionales, realizan estudios concienzudos sobre la pobreza y el trabajo infantil, pero sin dar solución real a las víctimas de este flagelo, miles de niños y niñas de las zonas rurales dejan la escuela para trabajar en las ciudades, realizando diversas labores.

La solución tampoco es realizar operativos y sacar de las calles a los niños trabajadores, porque este medida solo los esconde de la opinión pública y no se ataca el verdadero problema: la pobreza de sus familias, el desempleo y la falta de oportunidades en un país que avanza a niveles macroeconómicos, pero cuyo crecimiento estadístico no llega a los sectores en pobreza.