La historia de una familia puede a veces describir la historia de un país. En el caso de los Summers, habitantes de las islas Falklands/Malvinas, sus generaciones han atravesado más de 170 años sobre ese disputado territorio del Atlántico Sur.

Mike Summers es un kelper de pura cepa. Actualmente es MLA, miembro de la asamblea legislativa que gobierna las islas. Además es empresario agrícola y se dedica al comercio. A 30 años del inicio de la guerra, Summers reflexionó para El Observador su relación con el pasado, el presente y el futuro.

Su familia, como la de gran parte de los sudamericanos, se compuso de hombres y mujeres que llegaron desde distintas regiones a través de las décadas. Todos sus abuelos y bisabuelos, salvo uno, nacieron en las islas. El primer dato comprobado de llegada a las Falklands data de 1840, cuando arribó su tátara tátara abuelo por parte de la madre de su padre. “Creo que fue en un naufragio”, contó Summers a El Observador.

Su bisabuelo Summers peleó en la Guerra de Crimea (1853-1856) antes de llegar a las islas, donde trabajó como granjero. Por esos años ya existía polémica y rivalidad entre el gobierno británico y el argentino por la soberanía del archipiélago, lo que no impedía los movimientos humanos que están más allá de las fronteras, las banderas y conflictos nacionales. Uno de los bisabuelos de Mike Summers por parte materna, un argentino de origen inglés, llegó desde la Patagonia argentina a finales del siglo XIX y se casó con una isleña.

“Durante la mayor parte de sus vidas, mis ancestros han sido empleados rurales en diferentes establecimientos de las islas, sobre todo en West Falkland”, explicó Summers.

Las bombas de la guerra no solo mataron gente sino que volaron en pedazos la relación entre argentinos y kelpers. “Para nosotros fue una decepción que muchas personas a las que considerábamos amigos en realidad eran espías que trabajaron para la invasión. Mucha gente no ha olvidado eso, y no va a permitir que le engañen con la confianza de nuevo”, dijo Summers.

Este transcurrir en el tiempo como comunidad hizo nacer entre los kelpers un fuerte sentimiento nacional, desconectado de Buenos Aires, pero también de Londres, una metrópolis que todavía hoy les queda demasiado lejos: el viaje semanal que realizan a la capital británica demora 16 horas, con una detención obligatoria en la isla Ascensión, en medio del Atlántico.

“No hay dudas de que las Falklands son una nación en su propio derecho. Nuestros ancestros llegaron fruto de su voluntad desde muchos países en diferentes décadas, y a trabajar la tierra. Tenemos nuestra propia cultura, hecho a base de inmigrantes, como casi el resto del Nuevo Mundo, porque no había población originaria en las islas”, afirmó el legislador.

La familia Summers vivió las décadas anteriores a 1982 como el resto de los kelpers, con cierta cautela y prudencia con respecto a los argentinos. Pero en general las relaciones eran amigables entre unos y otros. En algunos casos los lazos familiares, económicos y comerciales hacían que el intercambio fuera muy cercano y fluido.

Las bombas de la guerra no solo mataron gente sino que volaron en pedazos la relación entre argentinos y kelpers. “Para nosotros fue una decepción que muchas personas a las que considerábamos amigos en realidad eran espías que trabajaron para la invasión. Mucha gente no ha olvidado eso, y no va a permitir que le engañen con la confianza de nuevo”, dijo Summers.

La guerra fue un tiempo muy difícil para la pequeña comunidad kelper que entonces tenía poco más de 2 mil integrantes. Todavía hoy, 30 años después, mucha gente exhibe signos de traumatismos psicológicos de posguerra.

A pesar de las tres décadas que pasaron desde la invasión argentina, las Falklands/Malvinas siguen siendo un lugar similar al de 1982. Por ejemplo, en las zonas rurales las diferencias son mínimas: caminos de pedregullo, porteras de madera, rebaños de ovejas pastando. “Es la misma gente que es autosuficiente y terca, viviendo de la tierra”, argumenta Summers.

El verdadero cambio se produjo en la economía de las islas, que se movió de un escenario con una única fuente de ingresos (la lana), hacia una economía de varias ramas lideradas por la industria pesquera, y con una industria del turismo basada en los cruceros y un sector ganadero potenciado por la nueva tecnología. El PBI pasó de 3,5 millones de libras anuales a 100 millones por año, con un PBI per cápita que tiene un estándar del norte de Europa.

El petróleo puede jugar su rol en hacer más fuerte la economía kelper y podrá traer gente de otros países con diversas destrezas, y producir grandes cambios. “Ya estamos adaptados a enormes disrupciones y cambios, como enseñanza de la guerra, y a crecimientos rápidos, como enseñanza de las patentes de pesca. También estamos preparados para el desafío del petróleo”, explicó el kelper.

A consecuencia de esto, el futuro de las islas parece ser positivo. “Tenemos una economía próspera, internamente nos autogobernamos y disfrutamos de un buen nivel de vida. No hay pobreza y existe igualdad de oportunidades para todos”, acotó Summers.

A pesar de esto, las nuevas generaciones de kelpers se quejan y tienen exigencias para con la comunidad que integran. Para los kelpers es una fuente de orgullo el haber creado un país autosuficiente y autodependiente, pero hay quienes critican la falta de posibilidades y la cortedad de horizontes en una comunidad tan pequeña. “Cada generación debe trabajar por su propio éxito”, concluyó Summers, en tono mezcla de tirón de orejas y de desafío. Como en todas las familias, los que alguna vez fueron jóvenes crecen y los nuevos jóvenes se rebelan ante los mayores. Ese futuro que aparenta ser promisorio llega para una generación de posguerra un poco descontenta con su realidad cotidiana.