Sao Paulo. Las elecciones presidenciales de Brasil tendrán su segunda vuelta el 31 de octubre, una circunstancia que entraña riesgos tanto para la candidata favorita, Dilma Rousseff, como para la economía local.

Rousseff, una pragmática izquierdista del oficialista Partido de los Trabajadores (PT), aún es la favorita para ganar el balotaje pese a no haber logrado la mayoría de votos válidamente emitidos para cantar victoria en la primera vuelta de este domingo.

Sin embargo, sufrirá la intensificación de los ataques de su principal contrincante, el candidato de la oposición José Serra, y podría tener que enfrentar nuevas revelaciones de escándalos de corrupción dentro de su partido.

Si no logra ganar el apoyo de la candidata del Partido Verde, Marina Silva, quien inesperadamente ganó fuerza en la primera vuelta a expensas de Rousseff, la postulante del oficialismo podría tener problemas en el balotaje.

Una potencial alianza del Partido Verde con el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB) de Serra podría convertir al balotaje en una carrera mucho más cerrada, aunque la mayoría de analistas cree que el voto de los seguidores de la medioambientalista podría dividirse entre ambos candidatos. Incluso, si Silva decide respaldar a Serra.

Una victoria en primera vuelta podría haber dado un fuerte mandato popular a Rousseff, una tecnócrata de carrera que nunca había sido candidata electoral y cuya base ha sido casi totalmente el apoyo que le ha brindado el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Rousseff se enfrentará a un mayor escrutinio de los medios de comunicación y a una renovada campaña de Serra. El equipo de su rival político tratará de empañar su imagen como una capacitada administradora e intentará pintarla como un ideóloga que dirigirá a Brasil más a la izquierda que Lula.

Esos ataques podrían no dar vuelta el resultado final, pero contribuirían a que la victoria de Rousseff sea ajustada, algo que podría debilitarla a los ojos tanto de la oposición como de los miembros de su propia coalición de 10 partidos.

Un mandato debilitado podría conllevar problemas para una líder que carece del carisma de Lula. Rousseff se ha comprometido a reformar el oneroso sistema tributario de Brasil, pero para aprobar esa y otras reformas necesita el apoyo inquebrantable de una coalición que tiene miembros indisciplinados que frustraron previas iniciativas legislativas de Lula.

Bajo la alfombra del PT. La extensión de la campaña dará a los partidos de la oposición y a los medios de comunicación de Brasil la oportunidad para desenterrar nuevos episodios de corrupción dentro del Partido de los Trabajadores de Rousseff.

El peor escenario para esa fuerza sería un escándalo aún peor que el develado por la revista Veja hace cuatro semanas sobre Erenice Guerra, sucesora de Rousseff como jefe de Gabinete del Gobierno de Lula, acusada de tráfico de influencia para obtener contratos de obras públicas para firmas ligadas a su hijo. Guerra ha negado las acusaciones, pero renunció tras el escándalo.

El estallido de un escándalo de gran magnitud que salpique directamente a Rousseff sería eventualmente el único escenario en el cual perdería frente a Serra.

Sin embargo, la aparición de un episodio de corrupción de menor escala puede causarle problemas de imagen y tensiones internas dentro un partido que ha sido repetidamente acusado de tácticas sucias desde que asumió el poder en el 2003.

Un escándalo de compra de votos obligó a varios líderes del partido a dimitir en el 2005 y casi llevó a un juicio político en contra de Lula.

Gasto, gasto, gasto. Otras cuatro semanas de campaña probablemente pesen sobre las cuentas fiscales de Brasil, las cuales ya están deficitarias puesto que el Gobierno de Lula pasó la mayor parte de este año tratando de impulsar la candidatura de Rousseff usando fondos en programas públicos.

El gasto ha superado la recaudación de impuestos, pese a la floreciente economía de Brasil. El superávit presupuestario primario, medida del gasto que excluye los pagos de deuda, fue de sólo un 2,01% del Producto Interno Bruto (PIB) en los 12 meses hasta agosto, lo que implica que el Gobierno probablemente no cumpla su meta del 3,3% del PIB para el 2010 sin métodos contables creativos.

Pese a que es improbable una crisis fiscal importante debido a la relativamente baja deuda de Brasil y al fuerte flujo de inversión, un informe reciente de Raymond James puso de relieve varios riesgos: las tasas de interés, que están entre las más altas del mundo, podrían seguir en ese nivel mientras el despilfarro del gasto público absorbe el crédito que pudiera haber estado destinado al crédito privado. El banco también advirtió que el estímulo fiscal podría representar una presión alcista sobre la moneda brasileña, el real, que ya es visto como sobrevaluado.

Algunos economistas advierten que Rousseff como eventual presidenta tendrá que hacer un mejor trabajo para controlar el gasto que Lula hizo en su último año, si Brasil está en capacidad de disponer de los fondos para los proyectos de infraestructura necesarios en los próximos años.