Brasilia. Desde su aparición en la vida pública a fines de la década de los 70 del siglo pasado como líder de las grandes huelgas contra el régimen militar, el ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) se convirtió en la figura central de la política brasileña.

     Nacido en una familia pobre del estado de Pernambuco, en el noreste del país, Lula recorrió un largo camino que lo llevó a convertirse, luego de dos mandatos consecutivos entre 2003 y 2010, como el presidente más popular en la historia de Brasil, con 80% de aprobación.

     El rechazo del habeas corpus para Lula por parte de la Corte Suprema la madrugada de este jueves que lo pone al borde de la prisión, es un contrapunto dramático en la trayectoria de uno de los personajes emblemáticos de la historia reciente de América Latina.

     Fundador del Partido de los Trabajadores (PT) y de la Central Única de Trabajadores (CUT), Lula puso en la agenda política brasileña la cuestión del hambre y la pobreza, de una manera que hasta sus más acérrimos adversarios políticos se vieron obligados a adoptar.

     Fue promotor de la Bolsa Familia, el mayor programa de transferencia de renta que auxilió a 13 millones de familias y líder de un gobierno que concilió las demandas de los sectores desfavorecidos con las de la élite económica.

Los impactos de la crisis económica internacional y los escándalos de corrupción que salpicaron al PT y sus aliados erosionaron la figura de Lula después de que dejara la Presidencia.

     Impulsada por el llamado "boom de las commodities", la economía brasileña pudo ser estabilizada luego de años de zozobra, alcanzando un crecimiento sostenido que permitió sacar a millones de brasileños de la pobreza.

     Con una política internacional activa y universal, fortaleciendo las alianzas tradicionales con Estados Unidos y Europa, y promoviendo al mismo tiempo las relaciones Sur-Sur, Lula ganó proyección.

     El ex presidente estadounidense, Barack Obama (2009-2017), graficó esa proyección al calificarlo en una reunión de líderes internacionales en 2010 como "éste es el hombre" ("this is the guy"), en un momento en que la estrella de Lula alcanzaba su brillo máximo.

     Los impactos de la crisis económica internacional y los escándalos de corrupción que salpicaron al PT y sus aliados erosionaron la figura de Lula después de que dejara la Presidencia.

 

    Ese desgaste se profundizó en 2015 con el inicio de una severa recesión económica durante el gobierno de su sucesora y ahijada política, Dilma Rousseff, quien acabó perdiendo el cargo a mediados de 2016 en un convulsionado proceso de "impeachment" (juicio político).

     En esas circunstancias, el ex presidente fue blanco de la Operación Lava Jato (Lavadero) que, con base en las delaciones premiadas de altos ejecutivos de empresas proveedoras de la petrolera estatal Petrobras, llevaron a la cárcel a notorios dirigentes políticos y empresarios.

     Los fiscales de la Lava Jato lo acusaron de ser el "comandante máximo" del esquema de corrupción, aunque tuvieron dificultades para presentar pruebas en su contra.

     Por ese tiempo, Lula quedó viudo por segunda vez, al perder a su esposa Marisa Leticia, su compañera desde los años de la lucha sindical y madre de sus hijos, víctima de una grave enfermedad.

     Lula fue condenado el año pasado por el juez federal Sergio Moro, responsable en primera instancia del caso Petrobras, a nueve años y medio de prisión por corrupción pasiva y lavado de dinero, acusado de recibir supuestamente un departamento en el litoral del estado de Sao Paulo de la constructora OAS, a cambio de favorecerla desde el poder.

     La defensa del ex presidente alegó que el inmueble en todo momento permaneció bajo propiedad de la OAS, pero un tribunal de apelación ratificó la sentencia y la elevó a 12 años y un mes de prisión.

     Lula respondió afirmando que se trataba de una persecución política y ratificó sus intenciones de presentar su candidatura en las elecciones de octubre próximo, con fuerte aceptación en el electorado.

     El rechazo al gobierno de Michel Temer, el alto desempleo y el bajo crecimiento económico resultaron en una fuerte recuperación de la imagen del ex mandatario.

     A partir de la ratificación de su condena en segunda instancia en enero, el ex presidente se lanzó a una serie de caravanas políticas, inicialmente en las regiones más pobres del país, recogiendo un gran fervor popular.

     La fuerza política de Lula provocó la reacción de los sectores más conservadores, que se movilizaron para exigir su prisión y por ende su inhabilitación electoral, a veces con métodos violentos.

     Días previos al fallo de la Corte de este jueves, cuando Lula y sus adeptos realizaban una gira por el sur del país, la caravana fue atacada a tiros por sus adversarios.

     La decisión de la Corte Suprema de autorizar su prisión antes de que se agoten las instancias de apelación pone al ex sindicalista en el momento más oscuro de su carrera personal.

     Como al inicio de su trayectoria, cuando fue preso por los militares por su liderazgo en las huelgas metalúrgicas, Lula deberá enfrentar, ahora a los 72 años, la prisión, en un país profundamente conmocionado por las divisiones políticas.

     El mes pasado, esa posibilidad se reveló como cierta y el ex presidente dijo que sería un "preso político" y que sus adversarios tendrán que "cargar con las consecuencias".