A seis semanas de la próxima justa electoral en México, en la que se escogerán doce gobernadores, diputados locales y presidentes municipales, es fácil anticipar una escena en la residencia presidencial de los Pinos, en la mañana siguiente: todos querrán saber qué pasó.

Se suponía que las alianzas, hechas en algunas gobernaciones entre el Partido de la Revolución Democrática (PRD), Convergencia y del Trabajo, permitirían al Partido de Acción Nacional (PAN) avanzar en la geografía mexicana, debilitar al Partido Revolucionario Institucional (PRI) y sentar las bases para dos años de triunfos sin fin. Desafortunadamente, la realidad habrá sido cruel, con todo y uno o dos triunfos que se pudieran haber logrado. Como diría el gran ensayista norteamericano Ralph Waldo Emerson, “aprendimos geología al día siguiente del terremoto”.

La discusión seguramente se tornará airada: unos tratarán de explicar el fenómeno, otros de encontrar a los culpables. Unos pocos, quizá los menos, comenzarán a elucubrar sobre las implicaciones del desastre y las posibilidades para lo que resta del sexenio. Los nuevos geólogos estarán muy ocupados.

Para el lunes 5 de julio el país ya será otro. La pregunta es si el gobierno del presidente Felipe Calderón seguirá siendo el mismo: si continuará preguntándose, como ocurrió luego de elecciones intermedias, ¿quién nos hizo esto? O, con más sensatez, ¿cómo lo corregimos?

El año pasado la respuesta fue tajante: el gobierno había hecho todo bien, pero los gobernadores del PRI, las televisoras y la crisis económica provocaron la derrota. De ahí su inevitable reacción: contra todos ellos.

Ahora, la alternativa para el gobierno es muy simple: reconsiderar su estrategia para construir lo que todavía sea posible o lanzarse en una nueva cruzada por la destrucción de un PRI que, en ese momento, presumiblemente habrá logrado un nuevo hito en su proceso de reconquista del poder. El chip que domina al gobierno no ha sido el de la construcción y búsqueda de consensos, sino el de la reacción contra “los malos” y, ese día, el PRI será el peor de todos. Pero la coartada ya no será convincente: mientras que hace un año los gobernadores tenían el control de los procesos estatales, la noción de que un gobernador saliente puede imponer el voto, ya no será persuasiva.

La situación del gobierno no será sencilla. De materializarse el resultado que parece casi inevitable, el PRI estará envalentonado y probablemente indispuesto a entrar en negociaciones para las que no ve mayor oportunidad. El gobierno se encontrará ante márgenes de gobernabilidad y autoridad por demás reducidos, además de que todo el mundo político estará volcado hacia el PRI, inexorablemente viéndolo como el ganador del 2012.

Hay tres elementos a considerar. Primero, la posición del presidente frente al remanente del sexenio y, sin duda, frente a la historia. Segundo, la atrofia que incrementalmente caracteriza al país porque todo mundo está más concentrado en ganar (o en que pierda el otro) que en gobernar, legislar o construir. Y, tercero, la posición relativa de cada uno de los partidos frente a la madre de todas las contiendas, la del 2012 (elección presidencial). Este último punto es fácil de dilucidar: de seguir por el camino que lo llevó a este momento, el gobierno garantizará que el 2012 sea un día de campo, pero para el PRI.

Al día siguiente de los comicios, el gobierno y su partido tendrán que recapacitar sobre las apuestas temerarias que hicieron por las alianzas y definir de nuevo su estrategia. Sin duda, lo más difícil será replantear el papel del presidente ante la nueva realidad.

Lamentablemente para Felipe Calderón, la apuesta por las alianzas no le garantizaba triunfo alguno, pero sí aseguraba la animadversión del PRI, sin cuya concurrencia el frente legislativo era un camino imposible. Ahora tendrá la opción de corregir o intentar una nueva locura: corregir para tratar de construir algo relevante en lo que queda del sexenio, lo que entrañaría una clara disposición a negociar, crear espacios comunes y ceder la tentación de ganar el 2012 a cualquier precio. O, por otro lado, intentar una nueva alianza contra el PRI, cueste lo que cueste. En el fondo, lo que el presidente tendría que definir es si es capaz de remontar su anti priismo visceral en aras de dejar un legado mínimamente relevante.

En contraste con las intermedias de hace un año, el presidente queda ahora en una situación por demás precaria. Hace un año la opción era ponerse por encima del conflicto cotidiano, en aras de avanzar una agenda nacional con posibilidad de trascender. Ahora el tema será de sobrevivencia.

Aunque el simbolismo del resultado de las elecciones de este julio será enorme, la historia electoral no se escribe sino hasta que se escribe. Como ilustró recientemente la animadversión entre los contingentes priistas en el Legislativo (cada uno representando intereses de candidatos opuestos), nadie tiene nada seguro en este juego ni se debe subestimar la complejidad del otro. La percepción de un gobierno pobre le ha hecho sumamente difícil al PAN mantener la presidencia, pero esto no es un absoluto. Dada la experiencia de los últimos años, parece razonable suponer que si no cambia su estrategia, su principal legado será exactamente el contrario al de Fox: devolverle la banda al PRI.

La opción es clara: buscar culpables o construir una nueva estrategia. Si opta por la búsqueda de chivos expiatorios, el cielo es el límite. La alternativa de construir una nueva estrategia no garantiza el triunfo del PAN, pero sí le confiere al presidente la posibilidad de dejar un legado que trascienda la necesaria pero interminable guerra contra el narco. ¿Será capaz de reconocer errores, convocar a las fuerzas políticas y salvar lo que sea posible de la civilidad política?

En el escenario de construcción y búsqueda de acuerdos, así sean mínimos, el gobierno tendría que redefinir sus objetivos, desarrollar una ambiciosa estrategia para convertir a la comunicación en un instrumento de gobierno; repensar su equipo, sobre todo en lo que toca a la operación política, y focalizar esfuerzos.

Principalmente, tendría que definir sus prioridades ya no frente a lo abstracto de un sexenio que comienza, sino lo que queda de una administración que, luego de cuatro años, tiene pocos resultados que mostrar. La experiencia de Mandela en Sudáfrica es por demás elocuente: lo que México requiere es reconciliación, dejar el pasado en el pasado y comenzar a ver hacia adelante. La pregunta de fondo es si el gobierno se seguirá guiando por fobias o por el deseo de construir un futuro.

La posición del gobierno no está perdida. Hoy, seis semanas antes de los comicios, puede comenzar a convocar a un pacto de acción y civilidad para la etapa posterior a las elecciones. También puede entablar acuerdos para contener el daño y facilitar el crecimiento de sus propios contingentes en los próximos meses. Su problema es de estrategia, pero también de actitud. Ambas son cruciales ahora.