No son pocos los expertos que señalan que factores políticos, sumados a la mala distribución de los ingresos, la falta de movilidad, la informalidad laboral y una educación deficiente, son un caldo de cultivo ideal para la agitación social.

Así las cosas, las masivas manifestaciones contra el gobierno de Cristina Fernández en una enrarecida Argentina, o las marchas en Colombia y Chile por una educación gratuita y de calidad -muchas de ellas, con violentos enfrentamientos entre estudiantes y fuerzas policiales- tendrían su fuente en las variables descritas.

Al respecto, Carlos Aguirre, investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y posdoctorado en historia de la École des Hautes Études en Sciences Sociales de Francia, expone que estos fenómenos tienen relación con procesos complejos y de largo aliento, que tienen que ver con la maduración de la conciencia política.

Con todo, indica que en “América Latina se ha ido viviendo cada vez más una situación de conflictividad. Con el telón de fondo de las políticas neoliberales, se ha profundizado la baja de los salarios reales de las clases medias y populares”.

Dichos segmentos, consigna, fueron desarrollando conciencia durante todo el Siglo XX, con una conquista y reconocimiento de derechos, lo que “prepara un escenario en el cual no sería extraño que empezara a haber estallidos sociales en distintos países de la región, con planteamientos más radicales”.

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Diego Avanzini, consultor independiente de la Comisión Económica para América Latina y El Caribe (Cepal), dice que las tensiones sociales siempre existen y que tienen que ver con el natural afán de superación del hombre. “Todos los días estamos buscando el modo de ser mejores. Ahora bien, lo que hay detrás de las manifestaciones y marchas es que, por un lado, la gente se está dando cuenta que puede tener acceso a cosas mejores y que hay factores políticos que lo impiden. Son la misma clase media y los que están saliendo de la pobreza que necesitan reafirmarse. Ellos se dan cuenta que, para sostenerse en la situación en que están, requieren cambios”, añade.

“Hay una tensión con el sector político (…) Parece que el proceso tradicional, a través del voto, no ha sido suficiente. Las personas no han logrado que los políticos y el Estado, con su accionar, respondan a sus demandas. Entonces, tienen que hallar maneras alternativas y las marchas son la exteriorización de esto”, complementa.

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El sociólogo de la Universidad de Chile, Alberto Mayol, habla de movimientos sociales de tercera generación. Según explica, los de primera generación fueron los de la relación trabajo/capital, mientras que los de segunda fueron los temáticos, por ejemplo de mujeres u homosexuales, de discriminación o de distribución de poder en general.

“Los de tercera generación parecen ser una recapitulación de los anteriores, pero con una forma distinta. Es decir, es un problema ya no entre trabajadores y empresarios, sino entre ciudadanía y capital, con un ciudadano sin poder buscando poder, contra el capital. Gran parte de las maneras de extracción de utilidad por los empresarios ya no está sólo en el mundo laboral, sino que también en el consumo. Entonces, el modo de defensa podría estar en el principio de ciudadanía”, declara.

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En esa línea, señala como ejemplos los movimientos de reivindicaciones educativas en Chile y Colombia, junto a aquellos que tienen que ver con los niveles de protección social, como el Occupy Wall Street en Estados Unidos o los indignados en España.