Cuando el precio es el mismo, si ante una oferta numerosa y variada los consumidores están igualmente divididos en sus preferencias, los productos suelen ser muy buenos. O, por el contrario, muy malos. Esa es la situación en Perú en las horas previas a las elecciones presidenciales del domingo. Según quien lo diga, Ollanta Humala, Alejandro Toledo, Keiko Fujimori y Pedro Pablo Kuczynski, se dan codazos para quedar en la ya segura segunda vuelta.

Aparece como probable una contienda final, incluso, entre Fujimori y Humala, dos candidatos con antecedentes de poca amistad hacia las libertades públicas. Tanto ellos como Toledo, no tienen ni un partido ni una alianza medianamente sólida detrás, por lo cual cabe esperar gobiernos personalistas. Pueden ser casi amables, como el del mismo Alan García. O criminales, como ocurrió con Alberto Fujimori.

La explicación de ello reside en el fraccionamiento partidario extremo, las plataformas volátiles, los votantes que esperan beneficios materiales por su voto, los candidatos sin grupos técnicos propios y no pocos futuros congresistas volubles por necesidad.
Pese a tal marco, para algunos, las ideas o ideologías volverían primer plano si Ollanta Humala está en la segunda vuelta. O quizá no tanto. “El modelo económico se ha consolidado y si bien la mayoría de los candidatos serios proponen darle mayor contenido social al crecimiento, no se critican las líneas medulares del modelo. Claro, salvo Ollanta Humala”, dice Javier Barreda, viceministro de Trabajo, uno de los cuadros técnicos de la administración gubernativa que se va. Aun así, “si bien en estas elecciones mantiene su posición dentro de la izquierda, Humala tampoco es el ‘cuco’ del 2006. Un gobierno suyo sería más cercano al de Lula da Silva que al de Hugo Chávez”. ¿La razón? “El modelo es demasiado fuerte como para que incluso alguien como Humala vaya en contra de él”.

Es que se trata de un escenario distinto al de hace cinco años, cuando la pobreza alcanzaba al 48.7% de peruanos. Hoy, según entidades como el Banco Mundial, los niveles de pobreza llegarían solo al 30% de la población. En este contexto, la moderación ayuda a Humala, comandante del Ejército en situación de retiro, quien ha llegado a obtener del 17 a 24% en diversas encuestas, con lo cual pareciera tener asegurado su lugar en el balotaje.

El fénix titilante. Sin embargo, no fue originalmente Humala la gran sorpresa previa a los comicios, sino el ex presidente Toledo, quien –hasta un mes antes de los comicios– encabezó las encuestas, luego de retornar de la muerte política, hecho que colisiona con su salida del gobierno en 2006. En ese entonces acabó su mandato con 30% de aprobación, luego de años de no superar el 7% de aceptación popular. De hecho, Perú Posible, su partido, luego de ser mayoría, apenas logró colocar dos parlamentarios en el Congreso de la República y no presentó candidato presidencial en las elecciones que dieron el poder a Alan García.

“El de Toledo no fue un mal gobierno”, dice Fernando Tuesta, director del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Católica. “Lo que dañó su gestión, fue la mala administración de su imagen pública, pero en líneas generales al Perú le fue bastante bien. Heredó una economía en recesión a la que luego hizo crecer”, añade.

Carlos Meléndez, politólogo que acaba de publicar el libro “Anticandidatos: Guía analítica para unas elecciones sin partido”, resume de la siguiente manera esta aparente amnesia de los votantes: “El electorado peruano vota por tres motivos: ideológicos, características personalistas de los candidatos o porque espera un beneficio concreto a cambio de su voto. Para mí, esta última forma de votar es la que predomina como vínculo político en el Perú. La gente entiende que los únicos que pueden darle beneficios concretos son los que han estado en el poder antes. Toledo, Keiko (Fujimori, por delegación de su padre Alberto) y, en menor medida Castañeda Lossio, entran en esa variable”.

Tuesta complementa con un apunte histórico: “En el Perú, todos los presidentes que tentaron un segundo mandato siempre salieron elegidos. Desde Leguía, Prado o Belaúnde, hasta García. Todos han sido reelegidos. Que no le extrañe que para el 2016, García sea una opción más que seria para tentar una tercera reelección”.

No obstante, esta es una situación única en la historia del país: un ex presidente se enfrenta no sólo con otros candidatos, sino con la representante de otro ex presidente, Keiko Fujimori, lo cual podría derivar en que la regla no se cumpla. O se cumpla para ambos.

Partidos demasiadas veces. La otra característica puntual de estas elecciones es la ausencia de partidos políticos, en el sentido clásico del término, detrás de los candidatos en disputa. Con el APRA sin candidato presidencial tras la renuncia de la economista Mercedes Aráoz, en enero pasado, y luchando por tener presencia en el próximo Congreso, los cinco candidatos que ocupan los primeros lugares en las preferencias presentan agrupaciones o coaliciones políticas relativamente nuevas, sin un basamento ideológico que refuerce su propuesta y sin aparatos partidarios consolidados.
Incluso partidos tradicionales como el Partido Popular

Cristiano han terminado ocupando hasta un tercer lugar en coaliciones, como la del economista Pedro Pablo Kuczynski, calificada de “sancochado” por cierto sector de la prensa. Otro caso es el de Acción Popular, partido que llevó a Fernando Belaúnde a la presidencia en dos oportunidades, y ahora también ocupa un lugar menor en la plataforma de Perú Posible.

“En el Perú la vida política de los partidos a la manera tradicional murió en 1992 con el autogolpe de Fujimori”, explica el fenómeno Meléndez. “Lo que tenemos ahora son políticos que se hacen desde la gestión pública. Eso tiene sus pros y sus contras. A favor está sin duda la experiencia de gobierno, el manejo estatal, sin embargo la ausencia de un bagaje ideológico no permite precisar cual va a ser tu derrotero como país. Toledo no tenía desarrollo ideológico y la redistribución del crecimiento no fue la más óptima, a pesar del despegue económico. En ese sentido, García lo hizo mucho mejor”, considera.

La reflexión es interesante porque, mientras el APRA se valió de muchos técnicos de sus canteras partidarias para hacer frente al aparato estatal, con un desarrollo de programas sociales sugestivo, muchas de las agrupaciones que participan en esta elección han tenido que “tercerizar” esta tarea ya desde sus planes de gobierno. “No tienes tu propio think thank para ejecutar políticas públicas, por ejemplo”, sostiene Meléndez. “Eso te lleva a pactar, de llegar a ser gobierno, con gente de un lado y otro del espectro político sin ningún tipo de coherencia programática”, añade.

En ese sentido, el próximo Parlamento peruano será igual de fragmentado que el que cierra labores el 28 de julio que viene. “Es un mal endémico de la política peruana: el fraccionamiento aunado a partidos que están en una situación de absoluta debilidad crónica”, considera Tuesta. “Vamos a tener los mismos casos de transfuguismo parlamentario y los escándalos que han desacreditado al Congreso por más de diez años”, añade. Una premonición sombría, que encuentra solidez en la experiencia reciente. Y que perpetúa un sistema político que depende demasiado del temperamento y habilidad de dos o tres personas para resolver los conflictos cada vez más sofisticados y complejos de una sociedad como la peruana.