Río de Janeiro. Dos días después de que la fiesta de carnaval de 2018 terminara en la Montaña del Pan de Azúcar, el presidente de Brasil, Michel Temer, declaró que los militares coordinarían en el futuro las tareas de seguridad pública en Río de Janeiro. Algo que a los brasileños les hace regresar en el tiempo.

La retrospectiva de un futuro brillante. Río de Janeiro en 2009: la economía brasileña se encuentra en auge, los pozos petroleros burbujean frente a las costas de Río y la construcción está en marcha en toda la ciudad. En octubre de este año, la ciudad recibe la candidatura para los Juegos Olímpicos de 2016. Que Brasil albergará la Copa Mundial de 2014 y que se jugará, entre otros lugares, en el Maracaná de Río, ya se sabía hace mucho. Y los inversionistas corren a tocar las puertas de las autoridades.

Los líderes de la élite de la ciudad y del estado se vuelven más populares que nunca. Finalmente se declaró la guerra a las infames bandas de narcotraficantes de la ciudad y con la creación de una Policía de "Pacificación" quieren poner fin a la violencia en las áreas pobres y restaurar la confianza de los ciudadanos en las instituciones. Rio, la "ciudad maravillosa", como se la conoce popularmente, es al mismo tiempo un laboratorio de pruebas y un escaparate del nuevo y próspero Brasil.

La realidad actual. Río de Janeiro en 2018: el intento falló. Los juegos han terminado, al igual que el boom económico. Las instalaciones deportivas se están deteriorando y el estado de Río se encuentra en emergencia desde las Olimpiadas. Ya no pueden pagar a sus empleados por falta de dinero.

"Temer ha encontrado una excusa para ocultar que no tiene suficiente aprobación parlamentaria (...) y al mismo tiempo, muestra que está dedicado a un tema que interesa a muchos: la seguridad", concluye Manz.

Varios miembros de la elite política están tras las rejas por presunta corrupción. En las favelas, la Policía de Pacificación ha regresado a la realidad del soborno, evita meterse en las luchas de poder entre las nuevas milicias y las bandas de narcotraficantes que regresaron. Y Río es ahora el reflejo de un viejo y fallido Brasil.

La situación es aún peor en otros estados brasileños, pero Río de Janeiro es el buque insignia de todo el país, y el gobernador Luiz Fernando Pezão es amigo del partido del presidente. Y los amigos se ayudan unos a otros. Así, Pezão declaró públicamente que el estado federal por sí solo ya no es capaz de lidiar con las batallas entre bandas rivales.

Una nueva dimensión. Pezão aprovechó la ocasión para hacer un balance de los días de carnaval, que, -con tres policías muertos, así como innumerables intervenciones y violentos asaltos, incluso en distritos ricos- no mostraron ninguna diferencia en comparación con años anteriores.

Sin embargo, el presidente Temer se puso de su lado y ese mismo día nombró a un general de las fuerzas armadas federales como comandante de todas las unidades policiales, los bomberos y del personal penitenciario del estado de Río de Janeiro. Los soldados también han estado patrullando la ciudad desde principios de semana. Deben permanecer hasta finales de 2018 y durante este tiempo dirigirán las operaciones contra la delincuencia organizada.

Dudosas razones... No obstante, que el personal militar tome el control de la seguridad pública es nuevo. Y los motivos del Gobierno parecen injustos: "La intervención tiene un propósito político, no de seguridad", dice Thomas Manz, director de la Fundación Friedrich Ebert (FES) en Brasil.

Temer tendría que cambiar la Constitución para sus planes de reformar los sistemas sociales, que habían sido fuertemente desarrollados bajo el gobierno anterior, pero no tendría los votos para hacerlo. Y una enmienda constitucional -según la Constitución- está prohibida para el Gobierno central si interviene en uno de los 27 estados federales.

 

"Temer ha encontrado una excusa para ocultar que no tiene suficiente aprobación parlamentaria", concluye Manz. "Al mismo tiempo, muestra que está dedicado a un tema que interesa a muchos brasileños: la seguridad".

Un pequeño apoyo de la población le haría bien a Temer. Sus índices de aprobación han estado en un solo dígito durante mucho tiempo. Y sus planes gubernamentales también son impopulares: según un estudio del Gobierno, solo el 14% de los brasileños quiere una reforma de los sistemas sociales.

… y dudosas medidas. En cualquier caso, apenas hay indicios de que los militares puedan resolver el problema de la violencia en Río a largo plazo, dice el experto de la FES : "En todo el mundo, experimentos similares han demostrado que, al final, son los pobres los que más sufren de dicho aparato estatal".

Esta experiencia ya se ha realizado en Río: para asegurar la Copa del Mundo 2014, los soldados ocuparon el Complexo do Maré, ubicado entre el estadio Maracaná y el aeropuerto, entre otros. La operación costó 600 millones de reales (unos US$210 millones), el doble de lo que la administración de la ciudad había invertido en los últimos seis años en proyectos sociales de la zona.

Cuando los soldados abandonaron la favela en 2015, se reportaron varios ataques de los militares. Y según un estudio de la organización no gubernamental local "Redes da Maré", solo una cuarta parte de los residentes calificó como positivo el período de presencia militar.

La violencia no solo regresó al Complexo do Maré. Está en su antiguo nivel, con 40 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Para Río, sólo queda la esperanza de que esto pase - el próximo carnaval llegará de todos modos.