El Cairo. Hosni Mubarak, quien murió el martes a los 91 años, nunca esperó ser presidente de Egipto. Pero cuando una ráfaga de balas llevó al fornido piloto de bombarderos al máximo cargo político de su país, se encargó de que la gran misión de su vida no terminara tan fácilmente.

Su historia se convirtió en la historia de la nación durante los siguientes 30 años, hasta que finalmente los egipcios descubrieron que podían escribirla por cuenta propia mediante una revolución que impactó al mundo.

Llegó a la presidencia en el agitado 1981 tras presenciar el asesinato a tiros del mandatario Anwar Sadat. Pocos pensaron que Mubarak, que era vicepresidente al momento del atentado, duraría en el cargo, pero paulatinamente sobrevivió a varios intentos por acabar con su vida hasta convertirse en un "faraón" que presidió décadas de opresión en el norte de África.

Y muchos incluso terminaron creyendo en él, no solo en Egipto. Sucesivos gobiernos estadounidenses, desde el de Ronald Reagan hasta el de Barack Obama, lo colmaron con miles de millones de dólares en agradecimiento por su lealtad durante la Guerra Fría y por acordar una paz histórica con Israel.

Pero fue su lucha contra los islamistas, quienes al asesinar a Sadat le entregaron accidentalmente el poder a un hombre que pasaría tres décadas reprimiéndolos, lo que definió sus políticas, ya que cuando la militancia islamista emergió como el gran enemigo de Occidente tras la caída de la Unión Soviética, Mubarak estaba ahí para tranquilizar a los estadounidenses.

Su legado es un Egipto en permanente crisis económica y, a pesar del optimismo desencadenado por las manifestaciones en la Plaza Tahrir, un país que sigue políticamente muy dividido y donde muchos están desesperados por encontrar la senda del orden y el crecimiento.

Mubarak murió este martes, envejecido y convertido en un convicto de por vida por su papel en los asesinatos de cientos de manifestantes, muchos de ellos demasiado jóvenes para recordar los días en que Egipto no era gobernado por él.

El auge del islamismo en la política de varios países es algo que Mubarak predijo por mucho tiempo. Le dijo a George W. Bush que era inapropiado derrocar a Saddam Hussein, por más odioso que el mandatario egipcio encontrara al líder iraquí, ya que con ello se beneficiarían enemigos mutuos como Al Qaeda e Irán.

Sin embargo, nunca halló un mecanismo eficiente de sucesión a su Gobierno, hasta el punto de negarse, incluso a los 82 años, a nombrar un heredero político. Washington esperaba que Mubarak siguiera manipulando elecciones hasta que muriera, cuando, posiblemente, su hijo Gamal continuaría con la dinastía.

"Nadie imaginaba que podíamos presionar un botón y que las libertades llegarían (...) hundirían al país en el caos y serían un peligro para las personas", dijo Mubarak en 2004.

Cinco años más tarde, el embajador de Estados Unidos en Egipto informaba a la Casa Blanca en un cable filtrado antes de que Mubarak visitara a Obama:

"Mubarak busca evitar el conflicto y ahorrarle a su pueblo la violencia que, anticipa, surgiría a partir de más libertades personales y civiles. En la mente de Mubarak, es mucho mejor dejar sufrir a unos pocos que arriesgar el caos para la sociedad en general".

Primavera árabe. Una nueva generación, inspirada en la Primera Árabe que estalló en Túnez, desafió el pesimismo de Mubarak sobre el futuro de Egipto y se congregó masivamente en la plaza Tahrir de El Cairo a principios de 2011 para intentar remover al mandatario.

Pese a algunas concesiones iniciales, Mubarak intentó incansablemente explicarles a los manifestantes que debían elegir "entre el caos o la estabilidad".

Y solo cuando sus generales comenzaron a abandonarlo y Estados Unidos se puso del lado de la voluntad popular, finalmente se refugió en el Mar Rojo, fiel a su negativa de tomar el camino del exilio ignominioso que demandaban millones de personas en las calles.

"He vivido por el bien de esta nación, protegiendo a la nación y asumiendo mis responsabilidades", dijo en su despedida.

Desde su caída, el Ejército hizo lo que pudo para ayudar a su viejo camarada. Varios generales testificaron ante jueces nombrados bajo el Gobierno de Mubarak en un juicio que lo salvó de la ejecución y solo lo condenó por no detener a sus fuerzas en la matanza de cerca de 800 personas.

Condenado a prisión de por vida el 2 de junio de 2012, Mubarak fue enviado a la prisión de Tora, en las afueras de El Cairo, desde donde ocasionalmente fue trasladado a un elegante hospital militar para cuidar su estado de salud.

Su legado es un Egipto en permanente crisis económica y, a pesar del optimismo desencadenado por las manifestaciones en la Plaza Tahrir, un país que sigue políticamente muy dividido y donde muchos están desesperados por encontrar la senda del orden y el crecimiento.

En medio del caos que se produjo en las calles bajo el gobierno islamista que sucedió al de Mubarak, quizá muchos se acordaron de las décadas en que el "faraón" movía los hilos del país, pero finalmente el líder autocrático fue sepultado sin los grandes honores con los que seguramente alguna vez soñó.