Cuando Nayib Bukele fue juramentado como presidente de El Salvador en junio de este año, la esperanza en un nuevo comienzo político era grande entre sus compatriotas. Una mayoría enorme de salvadoreños y salvadoreñas votó por el joven de 37 años y lo convirtió en jefe de Gobierno en la primera vuelta de las últimas elecciones. Bukele prometió darle solución sostenible a grandes problemas del país, como los altos índices de homicidios, la corrupción endémica y la falta de perspectivas de desarrollo para amplios sectores de la población. Esos son los mismos desafíos que varios Ejecutivos se vieron incapaces de superar durante décadas.

Sin embargo, al cumplir cien días en el poder este 7 de septiembre, todavía no se sabe exactamente qué hará Bukele para honrar la palabra empeñada. "Él ni siquiera ha presentado un programa de Gobierno oficial para los próximos años. Hasta ahora, el foco de su Ejecutivo se ha mantenido sobre los asuntos de seguridad y las relaciones exteriores”, subraya desde San Salvador el analista económico Luis Membreño, quien aspiró a ser compañero de fórmula del candidato presidencial Carlos Calleja (del partido conservador-liberal Alianza Republicana Nacionalista - ARENA), de cara a las elecciones de 2019.

Seguridad, tema prioritario. En materia de seguridad, Bukele ha generado grandes expectativas. El Salvador lucha desde hace lustros con una de las tasas de homicidios más altas del mundo; la violencia ejercida por las pandillas les ha permitido a estas bandas de jóvenes delincuentes asumir el control de vecindarios enteros. El Estado lleva tiempo intentando ponerles coto recurriendo a tácticas represivas cada vez más severas, pero sin éxito. Bukele propuso aplicar una estrategia diferente: enfatizando que las pandillas no sólo constituyen un problema de seguridad, sino también un problema social que sólo puede ser resuelto mediante labores de prevención y la oferta de posibilidades de desarrollo para los miembros de las bandas criminales. Lamentablemente, esas medidas no se han implementado hasta ahora.

Lo que Bukele ha hecho desde que ascendió a la presidencia es continuar la política represiva de sus predecesores con ayuda de la Policía y el Ejército locales. Y, de hecho, ya ha tenido éxitos con ella. "Cuando las tropas militares son estacionadas en un lugar particularmente afectado por la violencia criminal y exhiben su fuerza, los delincuentes no pueden sino replegarse por un tiempo. La pregunta de rigor es si ese efecto es sostenible”, arguye Membreño.

El mandatario salvadoreño ha preferido articular mensajes que atraigan a los capitalistas extranjeros, sobre todo, los estadounidenses. "En lugar de presentar a El Salvador como un país necesitado de ayuda, lo que ha hecho es destacar que ese Estado necesita inversiones internacionales para crecer económicamente. Ese es el tipo de discurso frente al cual Trump es todo oídos”, señala Estrada.

Diálogo transparente, un factor necesario. En los últimos meses, varios ministros del Gabinete de Bukele han visitado zonas golpeadas por la marginación socioeconómica con miras a determinar qué posibilidades existen de crear nuevas oportunidades de desarrollo para sus habitantes. "Esas visitas son una buena señal, pero todavía no está claro qué es lo que se va a hacer en esos sectores”, dice Jessica Estrada, de la Fundación Nacional para el Desarrollo (FUNDE), una institución afiliada a la organización Transparencia Internacional.

Tampoco se sabe a ciencia cierta hasta qué punto las pandillas podrían actuar como interlocutores directos del Gobierno con el propósito de reducir el número de asesinatos perpetrados en El Salvador. "Un diálogo de ese tenor podría ser un elemento importante, siempre qué éste se lleve a cabo de manera transparente”, observa Estrada, recordando que las conversaciones sostenidas hace seis años por voceros de las bandas criminales con portavoces del Estado fracasaron precisamente por la opacidad de las mismas.

Política exterior, cero conflictos. En lo que concierne a la política exterior salvadoreña, que está marcada principalmente por la relación de este Estado centroamericano con Estados Unidos, Bukele ha sabido evitar conflictos con el presidente de ese país, Donald Trump, en el ámbito migratorio. Cada año, cientos de miles de personas huyen de Honduras, Guatemala y El Salvador hacia el "gigante norteamericano”. La Casa Blanca ha respondido a ese fenómeno endureciendo las condiciones para la solicitud de asilo y persiguiendo sistemáticamente a los centroamericanos indocumentados en territorio estadounidense para luego deportarlos. Bukele ha evitado criticar las condiciones infrahumanas bajo las cuales son retenidos los migrantes salvadoreños cerca de la frontera mexicano-estadounidense.

El mandatario salvadoreño ha preferido articular mensajes que atraigan a los capitalistas extranjeros, sobre todo, los estadounidenses. "En lugar de presentar a El Salvador como un país necesitado de ayuda, lo que ha hecho es destacar que ese Estado necesita inversiones internacionales para crecer económicamente. Ese es el tipo de discurso frente al cual Trump es todo oídos”, señala Estrada. Otra promesa de Bukele que podría seducir a inversionistas extranjeros, pero que no ha sido cumplida en sus primeros cien días de Gobierno es la de crear una comisión internacional para la lucha contra la corrupción y la impunidad, inspirada en la CICIG, que estuvo activa en Guatemala durante más de una década.

Estilo autoritario. De momento, no hay planes concretos que apunten a su pronta fundación. La resistencia a la creación de una comisión de esa naturaleza sería grande en el Parlamento salvadoreños; es inimaginable que el partido derechista ARENA y el izquierdista Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) respalden ese tipo de experimentos. En cambio, la falta de mayoría legislativa no le ha impedido a Bukele poner en marcha sus proyectos en otras áreas: el hecho de contar con el apoyo de buena parte de la población le ha permitido solicitar nuevos créditos o hacer cambios presupuestarios sin que la oposición le ponga obstáculos.

Percibido como un as del mercadeo, Bukele también ha impuesto su voluntad apelando a un estilo de mando autoritario: no ha tenido tapujos en usar la red social Twitter para ordenarle a un ministro que despida a funcionarios estatales rebeldes o inicie proyectos de infraestructura sin mayor ceremonia. "A mucha gente parece gustarle ese estilo”, dice Membreño. "Pero también hay muchos salvadoreños que creen en el Estado de derecho y en la separación de poderes, y que rechazan esa forma de gobernar. El futuro dirá cuál de estos dos grupos se impone”, agrega el analista económico.