Wendy toma casi arrebatando el teléfono, al otro lado está su padre, don Nelson, desde la colonia La Laguna, de Tegucigalpa. Ella le dice, con la voz entrecortada: “Papi, ya llegué... me faltan seis horas para llegar donde mi mami”.

Ella escucha a su padre atenta y después de un par de minutos le dice: “Tíreme un pico”.

Esta es una comunicación que grabó, en video, El Heraldo y que era la primera que esta hondureña tenía con su progenitor desde que había salido desde Honduras, acompañada de su hijo. Después de pedirle el “pico” a su padre, Wendy suelta el llanto, pero al mismo tiempo se sonríe con la satisfacción, quizá, de haberle sacado “el pico” a su padre en el otro lado del teléfono, al que dejó en Honduras hace 20 días.

Esta hondureña es de las pocas que tiene fortuna de haber sido capturada por la Patrulla Fronteriza y dejada en libertad, debido a que venía acompañada por su hijo de seis años de edad.

El drama de los niños no acompañados que ingresan a este país de manera indocumentada es solo uno de los múltiples rostros del fenómeno migratorio que hoy día ha elevado las alertas en Estados Unidos y los países centroamericanos de Honduras, El Salvador y Guatemala.

Los niños acompañados de sus madres son otra realidad que evidencia la triste situación del fenómeno migratorio.

Wendy confiesa sentirse agradecida con Dios porque ella pudo continuar y terminar el viaje junto a su hijo, un privilegio que aparentemente no todos tienen.

El Heraldo, único medio de comunicación hondureño que da cobertura desde Estados Unidos a esta realidad que afecta a miles de compatriotas, accedió a las instalaciones de uno de los centros de albergue temporal que ha habilitado la Iglesia Católica de McAllen para los migrantes que son liberados por la Patrulla Fronteriza.

Desde el lunes pasado El Heraldo ha evidenciado la triste realidad que embarga a cientos de niños que ingresan a esta nación sin acompañantes (unos 425 hasta el lunes pasado) y que, por tanto, son puestos en albergues para menores de edad para luego iniciarles juicio migratorio y posteriormente reunificarlos con sus padres o familiares.

En esta labor periodística, El Heraldo se ha desplazado desde Phoenix hasta Nogales, Arizona. Posteriormente hacia McAllen, Texas, a unos 1.822 kilómetros de distancia de Nogales, pues esta ciudad se ha convertido, en los últimos seis meses, en el paso obligado, por no decir de preferencia, de miles de hondureños, en especial para madres acompañadas con sus hijos para ingresar a Estados Unidos.

Puente fronterizo. La cónsul de Honduras en McAllen, Ana Bulnes, explica que en esta ciudad se encuentra uno de los puentes fronterizos más cómodos para entrar a Estados Unidos y que es fácil para entregarse a las autoridades fronterizas.

La madres, acompañadas de sus hijos, se entregan a la Patrulla Fronteriza, que las retiene desde uno a cinco días y posteriormente las deja en libertad, pero con el compromiso de enfrentar un proceso legal migratorio.

“Por los niños son dejadas en libertad, pues a ellos se les considera aptos para otorgarles el estatus de refugiado, sin embargo eso lo debe decidir la Corte, y con esa condición se les deja en libertad, para que posteriormente acudan a la Corte a exponer su caso”, detalló la diplomática catracha. Pero la suerte de Wendy Patricia Ríos Elvir muy pocos la tienen. En el otro lado “son un montón de cipotes que uno se encuentra que vienen solos, ellos sufren más que uno, porque por lo menos uno viene cuidando a los cipotes de uno, ellos vienen solos y a muchos los secuestran y los separan”, cuenta Wendy, ya más calmada, después de la comunicación de su padre, que le ofreció la cónsul hondureña.

Las autoridades municipales de la ciudad también han dejado claro que son solidarios con estos migrantes centroamericanos y han llevado equipo médico para darles atención, baños portátiles y utensilios básicos, como toallas húmedas, pañales para los bebés, entre otras cosas, para que puedan continuar su travesía hasta su destino final.

Auxilio de iglesias. El Heraldo dialogó con varias madres hondureñas que fueron puestas en libertad y que de momento se encuentran en este albergue de la Iglesia Católica, donde voluntarios llevan ropa, agua, comida, calzado y juguetes para los niños. Doris Cabrera es una de ellas.

Sus hijos, Luis y Mónica Daniela Gutiérrez Cabrera, parecen estar recuperando la fuerza que evidentemente les robó la ruta migratoria. Luis está delgado y demacrado. Sus zapatos, unos All Star viejos y desgastados, no tienen agujetas (cordones) porque “me los quitaron cuando nos metieron a la cárcel” en la Patrulla Fronteriza. “Pero ya busqué (en el albergue) unos nuevos, los tengo en la mochila y cuando vaya en el bus (que los llevará hasta Houston) me los voy a poner”, dijo Luis, de diez años, con una lucidez impresionante, que contrasta con su fatiga a causa del viaje migratorio. Esta familia es de Jutiapa, Atlántida, salió de Honduras hace dos semanas y “nos entregamos, no nos trataron tan bien. Nos tenían encerrados en una celda, con mucho frío y de comer no nos daban mucho”, lamentó doña Doris, con su rostro desencajado y unas ojeras que le hacen lucir los ojos de un boxeador recién derrotado.

Ella cuenta que en la Patrulla Fronteriza estaban muchos niños hondureños, pero venían acompañados con tías o abuelas. “Ellas fueron separadas de los niños”.

De acuerdo a informaciones diplomáticas de los representantes hondureños en Estados Unidos, en este caso los adultos son deportados y los niños son trasladados a albergues y posteriormente, si tienen familiares en Estados Unidos, reunificados con sus parientes más cercanos, pero siempre tendrían que enfrentar un juicio migratorio.

El problema es que muchos de estos niños son demasiado pequeños que no recuerdan ni nombres, ni números de teléfonos de sus familiares, por lo que su situación migratoria se complica aún más.

La cónsul de Honduras en McAllen cuenta que “yo tengo tres casos ahorita, un niño de tres años que le pido su nombre y solo me dice ‘Honduras’ y cuando le pregunto por su papá me responde ‘Estados Unidos’, entonces si no tenemos todos los datos de estos niños posiblemente sean dados en adopción”. “A ellos hay que estarlos yendo a ver con frecuencia para cambiarle los pañales, para que se bañen, es lamentable... los otros dos casos son niños de cuatro y cinco años, que tampoco se acuerdan de sus nombres, dónde nacieron o con quién venían”, relata la diplomática.

Esta ciudad ha visto cómo se ha incrementado el flujo migratorio, sobre todo niños no acompañados y de madres que traen a sus hijos. “Como ciudad nos conmovemos ante esta situación dramática, algo que no habíamos visto antes, por eso nuestra solidaridad para estas personas”, declaró Josh Ramírez, director del departamento de Salud de la Alcaldía de McAllen.

Ramírez reconoció que los albergues de niños están sobrepoblados en esta ciudad y es por eso que a muchos de ellos los trasladan a Nogales, Arizona, donde El Heraldo estuvo presente los últimos tres días dando cobertura a la situación de estos connacionales.

Huyen de la extorsión. En el albergue de la Iglesia Católica se ha habilitado una especie de sala de descanso. Hay colchones unipersonales en el suelo, que definitivamente ofrecen más comodidad que los recintos de la Patrulla Fronteriza, donde hay que dormir en piso llano y a temperaturas muy bajas, tan bajas que se les ha bautizado como “la hielera”.

El Heraldo tuvo acceso a esta área de descanso donde Enma Sofía Paz veía televisión junto a su hija Hilary Sofía, de seis años. Estaba sentada sobre uno de los colchones, recostada sobre la pared. A la par de ella un menor de edad, también hondureño, descansa, y pide no divulgar su identidad.

Enma es una joven madre de El Progreso, Yoro, que se trajo a su hija porque “no quiero que crezca en medio de tanta violencia”. “Nosotros tenemos una pulpería, llegaron los mareros pidiendo la renta... nos amenazaron con matarnos, y yo tenía miedo por mi hija, por eso me la traje, el viaje no es nada bueno, es muy fuerte, pero quiero que mi hija esté bien y que hable inglés, porque a ella le gusta”, dice esta hondureña mientras espera la hora para tomar el autobús que la lleve hasta Miami.

La violencia, la falta de oportunidades de empleo y la pobreza extrema son las principales causales por las que los hondureños emigran del país hacia otras naciones, en busca de un mejor futuro.