Por más que casi todos hablen sobre lo bien que nos iría en 2010, lo cierto es que no solo sería un año de rebote respecto al impacto de la crisis de 2009, sería también un año de salida. De hecho, entre la elección regional y la presidencial, la atención y hasta el poder en el Perú se reenfocará hacia el grupo dentro del cual se supone que se elegirá al próximo presidente.

Dado lo anterior, recordemos: dentro de una fase de salida casi nadie mira la brújula. Los candidatos y sus equipos estarán obsesionados en llegar. Los salientes en cambio tratarán de llegar lo mejor que pueden. Si buscásemos racionalidad en el gobierno de estos meses, es probable que encontremos apuros y miopías. Son tiempos en los que casi todo se trata como una papa caliente y en los que prevalecen barbaridades como el embalse de precios de combustibles o la repotenciación de aventuras empresariales burocráticas (a lo Banco de la Nación, Sedapal, Enapu o Petroperú, con o sin audios incluidos). Por esto y dejando de lado la melancolía y complacencia asociada a esta suerte de carnaval tristón propio de todo final, los invito a enfocar la inercia. Particularmente, ¿qué deja en marcha la segunda administración de Alan García Pérez?

Sin dejar de reconocer que AGP cerró el TLC con EE.UU. y mantuvo la estabilidad macroeconómica (al menos hasta la fecha), podemos decir que su gobierno tuvo como virtud aprovechar lo que estaba servido y punto.

Así, y teniendo como directores tácitos de la orquesta a un sugestivo directorio del BCR obsesionado con controlar un dólar local significativamente distorsionado, el MEF apostó a recaudar de los mismos de siempre y a gastar todo lo que pudo. Cuando la recaudación fue buena, se ahorró; y cuando no se gastó fue por la ineptitud o rigidez burocrática en los diferentes ámbitos de la gestión estatal (ministerios, gobiernos regionales, alcaldías y otras instituciones).

En el lado real de la economía prevalecieron dos planos. Por un lado, en el mercado de trabajo, un gobierno temeroso de transitar hacia una mayor flexibilidad laboral viene cerrando su gestión ubicándonos muy cerca de la estabilidad laboral absoluta. Bajo esta línea, la llamada reforma del estado y de los servicios públicos (salud, seguridad ciudadana, defensa o educación) quedó inconclusa. Sin despidos ejemplares a quienes no rinden o no trabajan, no hay reforma. Un elemento agregado por la gestión aprista fue la introducción de una política salarial poco competitiva, que implicó un visible deterioro del capital humano en el sector público. Hoy no sorprende que ni siquiera el alcalde de Lima cuente con cuadros de técnicos capaces de elaborar un presupuesto y un proyecto sin tener que corregirlo innumerables veces.

Por otro lado, si bien desde el MEF se consolidaron avances parciales en materias clave para enervar competitividades, como la reducción arancelaria, la introducción de criterios de gerencia de presupuestos por resultados y la búsqueda de alivios institucionales para la apertura de nuevos negocios (Doing Business), resulta complicado cuanto estos avances pueden ser distorsionados en los próximos meses por un ambiente macro que carga un dólar distorsionado a la baja, altísima rigidez laboral y reglas tributarias sobrecargadas sobre los pocos que tributan.

Llegue al poder cualquiera, sea un ex alcalde, la hija de un ex presidente, un periodista televisivo, un ex presidente dizque graduado en Harvard, un banquero internacional, un comandante golpista o cualquier personaje, la inercia anteriormente esbozada es la misma. Lo que no tiene por qué resultar igual será la historia.

La elección de un personaje lúcido -léase uno que pueda entender que es necesario flexibilizar las reglas laborales, dejar flotar más el dólar, reformar drásticamente el aparato estatal y aliviar cargas tributarias para reducir la informalidad y optimizar la recaudación- puede utilizar la inercia heredada como una plataforma de crecimiento. Este personaje será reconocido como uno de los mejores de nuestra historia y casi sin mayores esfuerzos.

En cambio, la elección de un demagogo a lo Chávez, o Morales –aunque este se presente rodeado de incondicionales de todas las trayectorias– despertará per sé una dinámica de descomposición y desconfianza. Y esto resultará de lo más lógico. Recordémoslo bien: tanto Toledo como García optaron por ideas lúcidas como la defensa de la estabilidad macro y el TLC, pero adolecieron de visión para hacer algo más. Su techo fue siempre ese reproducir el esquema chileno venido a menos con el eslogan de crecimiento con equidad. Un líder afiebrado con ideas de izquierda radical difícilmente entenderá dónde está parado: una economía poco reformada, con dólar manipulado y vulnerable a cualquier shock externo. Si su propia elección configura un shock y sus políticas espantan, no culpemos a nadie de lo que nosotros mismos elegimos.

Parafraseando a David Gergen, les repetiré: en el Perú también el progreso ni es seguro, ni resulta inevitable. Debemos escoger líderes serios. Hay trabajo pendiente.