“Cristina no le debe a nadie los votos con que cuenta”. Ricardo Rouvier lo dice con el tono seco con el cual un zoólogo informaría del nivel demográfico de la especie que domina un ecosistema. Lo que quiere decir el reputado encuestador es que ya nadie en Argentina puede mentirse en cuanto a que la presidenta Cristina Fernández de Kirchner será reelecta por razones de padrinazgo, azar o compasión por su viudez reciente. No, el 50% de los votos que obtuvo en las recientes primarias provienen de una base política propia. Base que se ha construido desde la casi ruina que enfrentó en 2008.

Todos los analistas y, lo que es más sorprendente, todos sus antagonistas en la carrera presidencial declaran, públicamente, que la actual ocupante de la Casa Rosada en Buenos Aires obtendrá en los comicios del 23 de octubre un amplio permiso para seguir allí por otros cuatro años. El debate político se concentra, ahora, en tres preguntas sobre el futuro: ¿Seguirá todo igual o Cristina “profundizará” el modelo rodeándose de jóvenes afines? ¿Emergerá una oposición viable luego de la debacle? ¿Tomará medidas duras que proyecten el “modelo” económico más allá de 2015? Aunque entender la política de mediano plazo en Argentina es lo más parecido a tratar de leer en el humo, la respuesta a las tres preguntas es positiva.

Recarga juvenil. Luego de ganar, “Cristina por primera vez va a cambiar profundamente su gabinete. Habrá más gente joven”, dice el analista político Roberto Bacman, titular del Centro de Estudios de la Opinión Pública (CEOP). Señal indicativa de ello, advierte, es el rol que cumple estos días Amado Boudou, ministro de Economía y candidato a vicepresidente. “Es el gran protagonista de la política pública y simbólica, no de la gestión”, agrega Bacman. Con 47 años, el economista aparece premunido de su guitarra eléctrica en eventos públicos. ¡Y toca! Por ejemplo, en un homenaje a Pappo, rockero mitológico en el país. Nadie se extraña de que se hagan chistes respecto a que el Congreso aprobará el presupuesto de 2012 sólo si él no rockea en el recinto. Pero no son los afines al Rhythm and Blues los que lo siguen. Se dice que Boudou lidera a un grupo de entre cien a doscientos funcionarios en cargos estatales, algunos de los cuales pertenecen a “La Gran MaKro”, agrupación de economistas heterodoxos que debaten en congresos cómo cambiar todavía más la economía. Otro grupo de cien jóvenes economistas se concentra en la AEDA (Asociación de Economía para el Desarrollo de la Argentina) y un tercero está dentro de “La Cámpora”, grupo político de militantes jóvenes afines al modelo centroizquierdista del peronismo actual, a quien regularmente la oposición acusa de intentar copar el aparato público y las listas oficialistas en la Cámara de Diputados.

Es verdad que “La Cámpora” se ha convertido en el aparato juvenil del “kirchnerismo” y algunos de sus miembros ocupan cargos medianamente importantes. Pero ellos mismos se burlan de sus limitaciones: “Si tuviéramos a alguien como Camila Vallejos (la líder del movimiento estudiantil en Chile), ahí sí que no nos para nadie”, dice uno de sus miembros. “¿La Cámpora? ¡Es más folklore que otra cosa!”, sentencia Bacman. Para él será mucho más relevante lo que Cristina Fernández intente hacer con los gobernadores que han crecido a su sombra y el partido peronista en sí. “¿Qué va a pasar con los gobernadores jóvenes como Capitanich, Uribarri? Y si transforma realmente al peronismo, si lo convierte en centroizquierda”, se pregunta.

La pregunta a futuro es si el “cristinismo” se ubicará más al centro del “kirchnerismo”.

Para Graciela Romer, de la consultora Romer y Asociados, todavía es temprano para saberlo, pero hay dos escenarios: “O se profundiza el modelo económico-social. O sigue más o menos igual y hay cambios más de estilo de gestión”, dice. Lo segundo es lo que ya ocurrió luego de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, marido y socio político de la mandataria. Sin embargo, desde entonces “ha habido un aumento considerable del poder político en sus manos”.

Por efecto de lo anterior, explica la analista, en su segundo mandato podría pasarse a “una etapa superior del kirchnerismo, que sería el cristinismo, donde ya ha habido cambios importantes en el entorno decisional”.

Eso tomaría cuerpo en asuntos concretos, como una menor influencia del sindicalismo y “una mayor apertura hacia posiciones de mejorar las tarifas de servicios públicos en sectores fuertemente subsidiados”.

En efecto, el líder de la central sindical (CGT), Hugo Moyano, trató de poner a un hombre suyo como candidato a la vicepresidencia, “y apenas logró que su hijo esté número 11 en la lista de diputados”, dice alguien de la juventud peronista.

Pero sin duda alguna, quienes más sufren el desenlace de la continuidad en el poder de Cristina Fernández son los opositores. Fragmentados y enfrentados entre sí, los únicos sobrevivientes de la debacle son el socialista Hermes Binner y el liberal Mauricio Macri. El primero, con certeza, será segundo en las elecciones, con un 15% a 20% de apoyo, en tanto que Macri es el actual alcalde reelegido de Buenos Aires.

Ambos tienen el desafío de nacionalizar sus partidos (Binner es fuerte apenas en la provincia de Santa Fe), cosa que en Argentina, país federal, no es simple.

Un tercer mini polo es el de los peronistas conservadores que arriesgan a la irrelevancia si se quedan solos o si le dan a Macri una estructura nacional que éste no parece muy dispuesto a aceptar.

El misterioso centro. Sin embargo, podría ocurrir algo inesperado. Cristina Fernández y Binner, los candidatos de centroizquierda, podrían llegar hasta un 75% de los votos. “Esto puede desplazar un buen poco a la derecha del debate político”, dicen en la juventud peronista.

También, empujar inesperadamente al “cristinismo” hacia el centro. “Los sectores políticos en un sistema partidario se definen por oposiciones entre ellos”, dice Romer. “Podemos tener entonces un peronismo de centroizquierda más populista, que va a competir con una social democracia a su izquierda y un liberalismo a su derecha. Cristina, así, ocuparía el centro político”.

Salvo en derechos humanos, el espacio que termine ocupando probablemente esté bastante determinado por la economía. La expectativa convencional, como bien la describe Bacman, es “mucha presencia estatal, más control, revisión total de la privatizaciones y concesiones, mucha más obra pública”. La realidad podría ser diferente. Y ello se basa en dos palabras: restricción externa.

Un dato clave para entender las crisis argentinas durante el pasado siglo XX es el modelo bautizado como “Stop and Go”. Ocurrió una y otra vez cuando los precios de las exportaciones se estancaban mientras que aumentaban las importaciones para la industria local; el déficit de la balanza comercial incrementaba la deuda externa y finalmente obligaba a devaluar. Todo ello agravado por fuga de capitales. La presidenta Fernández se jugará el mandato en las medidas que tome para evitar la reaparición de este menú fatídico. Ello podría llevarla a imponer medidas polémicas o impopulares. Aun si arriesga enajenar su base electoral. Como dice uno de sus partidarios juveniles “lo que tiene Cristina es la mística”.