Colombia. Hace casi 50 años, el presidente John F. Kennedy presentó su agenda continental ante el cuerpo diplomático latinoamericano en Washington. A diferencia de sus predecesores en la Casa Blanca, parcos a la hora de concebir una iniciativa para todo el hemisferio, Kennedy ofreció una nueva Alianza para el Progreso.

Invocando el espíritu libertario de la historia de las Américas, el nuevo presidente estadounidense, Barack Obama, invitó a la región a unirse en torno a objetivos comunes. La piedra angular sería la expansión de la democracia, base para construir el desarrollo institucional, la participación ciudadana y la prosperidad económica y social.

En ese contexto, el flamante Banco Interamericano de Desarrollo aparecía como una plataforma ideal para poner en marcha nuevos esquemas de educación, salud y nutrición que atendieran a la población más vulnerable.

Sobre estos pilares Kennedy propuso profundizar la integración regional dinamizando el comercio, la creación de un programa regional de seguridad alimentaria, la cooperación científica y cultural y la transferencia de conocimiento mediante intercambios universitarios.

Su discurso concluyó aquel 13 de marzo de 1961 con un compromiso por hacer de las Américas una región de personas libres, unidas por el objetivo de sociedades más prósperas y justas, en donde todos pudieran vivir dignamente. Nacida en la Guerra Fría, la Alianza para el Progreso recibió mucha atención en su día, pero la propuesta se desvaneció a fines de esa misma década.

Sin embargo, sus ideales estimularon la transformación de nuestra región. Hoy, reconociendo sus diferencias ideológicas y la diversidad de modelos políticos, América Latina exhibe democracias vibrantes. La economía de mercado se ha consolidado progresivamente, en un ambiente de mayor calidad institucional y de mejores condiciones sociales.

Medio siglo más tarde, ha llegado la hora de construir un nuevo acuerdo por el progreso para una nueva América Latina, en donde todas las naciones contribuyan lo mejor de su experiencia en favor del bienestar colectivo. En esta ocasión, en lugar de una agenda liderada por una sola nación, debe ser el continente entero el que llegue a un nuevo entendimiento.

Las oportunidades surgen de nuestras propias características y conquistas sociales. Nuestra población de cerca de 590 millones de personas tiene un promedio de 27 años de edad —menor que la población de Asia, Europa y Estados Unidos—. No menos del 64 por ciento de nuestros ciudadanos se consideran parte de una creciente clase media. En la última década, 40 millones de personas han salido de la pobreza. La esperanza de vida se sitúa en 74 años, la cobertura de agua potable es superior al 86 por ciento, nuestros niveles de alfabetización se aproximan al 92 por ciento, mientras la mortalidad infantil se ha reducido a la mitad en las últimas dos décadas.

Estos cambios son evidencia de los efectos de la democracia, la apertura ordenada a la inversión, una política social inclusiva, la ampliación de mercados para nuestras exportaciones, la estabilidad macroeconómica, un clima de negocios más amigable y sistemas financieros más sólidos, entre otros factores.

Además, la globalización nos presenta realidades que, bien aprovechadas, nos abren espacios para consolidar los logros alcanzados. Las economías emergentes tienen un papel más relevante en el contexto internacional, los nuevos patrones de crecimiento han derivado en una reformulación de los flujos de comercio e inversión hacia América Latina. No todos nuestros países se encuentran en la misma situación; las oportunidades y desafíos son mayores para unos que para otros. Pero tenemos un potencial enorme y es nuestra responsabilidad aprovecharlo.

Estos avances conforman una nueva y poderosa narrativa: una región con más confianza, más expectativas y una visión más global. Esta es la región que el presidente Barack Obama encuentra en su viaje, que comienza hoy, a Brasil, Chile y El Salvador. Una región que ha aprendido de sus experiencias y que busca acelerar su marcha hacia un mejor futuro. Si actuamos ahora y en conjunto, no hay duda de que estaremos ingresando en la Década de América Latina.

La Cumbre de las Américas, que se celebrará el año próximo en Cartagena de Indias, es una oportunidad para alumbrar un nuevo acuerdo para el progreso continental.

Un acuerdo que estreche los lazos comerciales, expanda la integración física y energética, cierre la brecha digital, erradique el analfabetismo y derrote las principales causas de mortalidad infantil. El hemisferio en su conjunto debe establecer normas claras para la migración, fomentar la innovación, reducir los efectos del cambio climático, mejorar la prevención de desastres naturales y estrechar la cooperación contra el crimen organizado, el terrorismo y el narcotráfico.

Cumplir con estos desafíos no será fácil. Pero es necesario y está a nuestro alcance. Juntos podemos emprender una época nueva, que corresponde a la nueva región que estamos construyendo.

El presidente estadounidense, que preserva su popularidad en la región, conversará con la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, sobre temas comerciales, energéticos, medioambientales y de seguridad ciudadana. La idea, según su asesor para América Latina, Dan Restrepo, es que Washington y Brasilia limen las asperezas que se crearon durante el gobierno de Luis Inácio Lula da Silva en asuntos comerciales e internacionales. Obama, quien viaja acompañado de su familia y de una nutrida delegación oficial, incluido su equipo económico, llega hoy a Brasilia, tendrá posteriormente un almuerzo con Rousseff y en la tarde asistirá a un encuentro de empresarios de ambos países.

Mañana, el mandatario estadounidense se trasladará a Río de Janeiro, donde comenzará la jornada con una visita al ícono de la ciudad, el Cristo Redentor. Según Restrepo, “en la gira dará la bienvenida a un Brasil que desempeña un papel sustancial en el escenario mundial”.

Al respecto, Rousseff aseguró: “Brasil puede ser un socio estratégico de EE.UU. ya que se constata en este momento una gran afinidad y un momento de gran oportunidad económica”.

El lunes, el presidente Barack Obama llegará a Santiago de Chile, desde donde pronunciará un discurso en el que expondrá los nuevos lineamientos de su política hacia la región y conmemorará los 50 años de la Alianza para el Progreso, el programa de ayuda económica y social para América Latina instaurado por John F. Kennedy.

Además de esto, el mandatario norteamericano se reunirá con el presidente Sebastián Piñera para tratar temas económicos y relativos a la cooperación en materia de energía nuclear. De hecho, Estados Unidos y Chile acaban de sellar un acuerdo en esta materia, lo que suscitó una lluvia de críticas internas por la difícil situación que hoy afronta Japón en la central nuclear de Fukushima.

Piñera se defendió asegurando que el tema será retomado durante el encuentro y que las intenciones pasan por lograr trabajos conjuntos en investigación y en capacitación de expertos. Adicionalmente a esto, la presencia de Obama servirá para consolidar alianzas económicas, educativas y de derechos humanos entre ambas naciones.

"El hecho de que Obama haya optado por hablarle a la región desde Chile evidencia que EE. UU. reconoce los éxitos de Chile en términos de consolidación democrática y de desarrollo económico”, aseguró el politólogo chileno Patricio Navia, de la Universidad Diego Portales.

Obama, quien en declaraciones anteriores ha puesto a Chile como ejemplo para América Latina, es el primer presidente estadounidense en visitar Chile en el siglo XXI. El anterior fue George Bush, en 1990.

En El Salvador, última etapa del viaje, Obama tiene previsto reunirse con el presidente Mauricio Funes para tratar la inmigración, la creación de oportunidades económicas en ese país centroamericano y la seguridad ciudadana. Antes de regresar a Washington, Obama rendirá sus respetos ante la tumba de monseñor Óscar Romero, en la Catedral Nacional de San Salvador, y visitará las ruinas mayas de San Andrés.

Uno de los temas más sensibles que tratarán los mandatarios será el Estatus de Protección Temporal (TPS) para los salvadoreños que están en Estados Unidos. Varios diputados salvadoreños le pidieron a Funes pedirle a Obama medidas precisas para que miles de ciudadanos de El Salvador logren el beneficio de la residencia permanente, al tiempo que insisten en que es la oportunidad para hablar de una reforma migratoria.

“La visita será una oportunidad histórica para abordar todos estos temas desde la posición de privilegio que nos da la apuesta de la administración Funes por el desarrollo social, democrático y económico desde una óptica de unidad nacional”, escribió Hugo Martínez, editorialista del periódico salvadoreño ‘La Prensa’.

Por su parte, el gobierno salvadoreño les pidió a sus ciudadanos entender que una visita del presidente “no resolverá todos los problemas”.