Brasilia. La presidenta electa de Brasil, Dilma Rousseff, está conformando un gabinete a su imagen y semejanza: un grupo de estudiosos tecnócratas quienes, al igual que ella, han llegado al poder no por su carisma ni conexiones políticas, sino por su capacidad.

Podría llamarse, en la forma más benévola posible, un gobierno de "nerds".

"Es verdad", dijo entre risas un ministro designado, quien al igual que Rousseff y varios otros futuros miembros de su gabinete, realizó estudios de postgrado en economía.

"Nosotros es más probable que discutamos sobre curvas de rendimientos que sobre fútbol, eso es seguro", graficó.

El énfasis en las calificaciones técnicas refleja las prioridades de Rousseff que involucran asuntos altamente especializados apenas asuma su mandato el 1 de enero del 2011.

Entre ellos destacan la explotación de reservas de petróleo en aguas profundas, la reducción de la tasa de interés, la mejora en las escuelas y puertos y otras reformas diseñadas para mantener en crecimiento a la economía de Brasil.

Esa postura conlleva riesgos.

Rousseff, de 62 años, es una empleada de carrera que nunca antes se había presentado a un cargo de elección popular y que podría enfrentarse en su Gobierno a una carencia de operadores políticos que puedan llevar adelante en el Congreso temas polémicos, como recortes presupuestarios.

La determinación de Rousseff para concentrarse en los currículum más que en la repartición de cargos por partidos también ha causado fricciones con su principal socio de coalición, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), cuyos líderes no contaban con representación en designaciones previas.

Sin embargo, para solaz del cada vez más especializado sector público brasileño, Rousseff ha insistido en su postura.

Quizás el ejemplo más claro de su criterio de selección sea Alexandre Tombini, el próximo presidente del Banco Central.

El especialista de 47 años, algo despeinado y con anteojos, pasó los últimos 15 años escalando en la jerarquía del Banco Central y había sido mejor conocido por trabajar con el partido opositor en un plan de metas de inflación altamente técnico hace una década.

Tombini, quien reemplazará a Henrique Meirelles, uno de los políticos más prominentes del PMDB, reconoció la naturaleza improbable de su designación la semana pasada, calificándola de un ejemplo de una creciente "meritocracia en instituciones públicas".

Amor al Power Point. La misma Rousseff puede ser considerada como un ejemplo.

Luego de luchar en la resistencia contra la dictadura militar de Brasil en su época de estudiante en la década de 1960 y pasar tres años en prisión, estudió economía en la universidad, trabajó en una consultoría y ocupó varios cargos en el sector público de Brasil tras el retorno de la democracia a mediados de la década de 1980.

Fue su conocimiento de políticas públicas lo que impresionó en primer lugar al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, quien la convirtió en su ministra de Energía en parte gracias a una gran presentación que realizó en Power Point.

Posteriormente, la eligió como candidata presidencial de su partido por sobre otras figuras más conocidas.

Ahora, Rousseff parece estar ansiosa por dar a otros la oportunidad de seguir su liderazgo. Fernando Pimentel, quien luchó junto a ella en el movimiento de la guerrilla y probablemente se convertirá en su ministro de Comercio, fue su profesor de economía antes de convertirse en un popular alcalde.

Las designaciones de la presidenta electa también han sido diseñadas para señalar una continuidad de las políticas de Lula y el mejor ejemplo de ello es que mantendrá en el cargo de ministro de Hacienda a Guido Mantega.

La próxima ronda de designaciones ministeriales, probablemente esta semana, incluirá algunas decisiones manifiestamente políticas para complacer al PMDB.