Decenas de medios extranjeros reportando en directo junto a la serranía. Los jefes guerrilleros en actitud arrogante, jactanciosa; una improvisada batería de letrinas dispuesta con afán en la explanada, a un costado del alambrado en donde tuvo lugar la liberación; y el llanto contagioso de los policías y militares enjaulados, tímidos y silenciosos, unos, flacos y pálidos todos. Tarima especial para fotógrafos, panfletos de la guerrilla por todas partes.

Son imágenes de la liberación de más de 300 militares y policías secuestrados por las FARC ocurrida en junio de 2001. Ingredientes que esta vez no se vieron en la jornada de liberación de los cuatro militares y seis policías que la misma guerrilla entregó ayer, a la comisión humanitaria liderada por el CICR y Colombianos y Colombianas por la Paz, y que colocó fin a su pretensión de reencaucharse políticamente a través del intercambio humanitario.

¿Qué pasó en 11 años para que las FARC dejaran ir la posibilidad de hacer un show con el dolor de las víctimas del secuestro? Nada más y nada menos que tres hechos que escapan a su manejo directo y que, de paso marcarán el nuevo rumbo de esa guerrilla e incidirán en una eventual negociación de paz: el cambio de la correlación de fuerzas en el conflicto interno colombiano, el objetivo mismo del intercambio humanitario (del ‘canje’, decían las FARC) terminó por perderlas políticamente, y el Estado colombiano que ya no es tan inocente.

Mucho va —para hablar de la correlación de fuerzas— del imponente despliegue militar que ese grupo armado ilegal se dio el lujo de hacer en junio de 2001, durante la entrega de cerca de 300 militares y policías secuestrados en sangrientas tomas como la de Mitú (1999), a los apuros que las FARC pasan ahora en lo que antes eran sus fortines históricos. En aquella época la guerrilla se ufanaba de tener más de 18.000 hombres en armas y estaban activos sus líderes históricos, con excepción de Jacobo Arenas. Hoy, aunque es claro que la guerrilla no se ha acabado, tampoco se pasea con la misma comodidad de otros tiempos y cada vez hay más testimonios de desmovilizados que relatan la desmotivación de sus tropas.

La segunda razón por la que las FARC no pudieron hacer show, y que incidirá de manera directa en el rumbo que tome el conflicto en el país, es que el mismo objetivo de lograr un posicionamiento político a través del “canje” desprestigió al grupo guerrillero cuando quedó en evidencia la ignominia cometida con los uniformados que caían en sus manos. La balanza se inclinó contra las FARC casi al mismo nivel al que llegó en el caso de los paramilitares, quienes a punta de motosierra se granjearon el rechazo mundial, en el momento en que más fuertes eran militarmente.

Del retroceso militar y el revés político de la guerrilla se deriva un tercer elemento no menos importante: Colombia perdió su inocencia. Aunque la experiencia de la desmilitarización del Caguán tuvo errores, permitió al país conocer hasta qué punto era capaz de llegar la subversión. Hasta los más defensores de la salida negociada al conflicto aprendieron que en caso de un eventual proceso de diálogos las reglas no pueden ser las mismas que las del Caguán. Si en 2001 las FARC aprovecharon la entrega unilateral de secuestrados para hacer su demostración de fuerza, lo que vino de ahí en adelante fue una mayor preocupación estatal por evitarles el espectáculo.

Del retroceso militar y el revés político de la guerrilla se deriva un tercer elemento no menos importante: Colombia perdió su inocencia. Aunque la experiencia de la desmilitarización del Caguán tuvo errores, permitió al país conocer hasta qué punto era capaz de llegar la subversión. Hasta los más defensores de la salida negociada al conflicto aprendieron que en caso de un eventual proceso de diálogos las reglas no pueden ser las mismas que las del Caguán.

Eso explica la cautela del gobierno Santos frente al proceso que felizmente concluyó ayer con la llegada de los secuestrados a Bogotá, sin dejarlos hacer comentarios a la prensa. Y explica también por qué en la alocución de bienvenida a la libertad el Presidente aclaró que él es quien maneja el tema de la paz y que la liberación de ayer no es suficiente.

Incluso, si la página del secuestro (incluida la de los 400 plagiados por razones extorsivas) fuera superada ya, hay muchos otros temas en la agenda de los colombianos esperando a ser atendidos: la exclusión de los niños del conflicto, el desminado y el respeto a las escuelas y hospitales, etc. Son asuntos sobre los que Santos sabe que no debe aflojar. Y mientras mantiene la idea sigilosa de abrir camino a un eventual proceso de paz, avanza también en la presión política frente a estos temas.

Nadie puede anticipar hasta dónde llegará con su estrategia, pero todo indica que Santos está dispuesto a brindar la mano generosa de la paz -como hizo el gobierno Pastrana- pero sin que eso signifique retirar la mano dura que aplicó Álvaro Uribe. Por esta razón avaló la liberación de ayer, pero con especial cuidado, para no caer en una oda a la guerrilla.