Universia Knowledge Wharton. El Partido Revolucionario Institucional (PRI), que gobernó en México desde 1929 a 2000 de forma continua, volverá al poder doce años después de su histórica salida del gobierno. Y vuelve de la mano de Enrique Peña Nieto, un abogado de 45 años, con buena presencia, casado en segundas nupcias con una estrella de telenovelas, que se impuso en las elecciones del 1 de julio. Su victoria no llegó por sorpresa; el candidato del PRI lideró las encuestas durante toda la campaña electoral y, al final, confirmó en las urnas su ventaja sobre sus principales rivales, el izquierdista Andrés Manuel López Obrador y la oficialista Josefina Vázquez Mota.

Aún así no fue una victoria fácil para Peña Nieto. La posibilidad del regreso del sistema político bautizado como “dictadura perfecta” por el premio Nobel de literatura Mario Vargas Llosa generó cierto recelo entre la población, que no dudó en manifestarse en su contra, siendo el máximo exponente de ese descontento el movimiento estudiantil #YoSoy132. Pero Peña Nieto supo borrar del 38% de los votantes que le apoyaron la idea de burocracia y corrupción, recesión y rescates bancarios con que muchos identifican al PRI que estuvo en el poder 71 años.

Y para oficializarlo pronunció la frase ¡Soy el PRI que viene, soy el PRI que viene! en la sede de su partido tras conocerse la victoria. Carlos Malamud, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, advierte, sin embargo, que el antiguo PRI no ha desaparecido de la política mexicana. Malamud explica que en el PRI coexisten actualmente dos almas: “una con los fantasmas y dinosaurios del pasado; y otra nueva, más relacionada con una democracia moderna y con cuadros medios más jóvenes. Peña Nieto no se ubica claramente ni en un sector ni en otro, intenta sintetizar ambas almas en un ejercicio difícil. La mejor prueba de dónde se ubica la tendremos en el futuro con la composición de su gabinete”.

En su opinión, lo realmente relevante de la vuelta del PRI al gobierno es que se introduce una nueva etapa en la vida política mexicana. La alternancia de partidos, después de 12 años del conservador Partido de Acción Nacional (PAN), “convalida a la democracia mexicana como sistema realmente estable”, señala. Esto, a pesar de que López Obrador afirmó tras las elecciones que éstas han estado plagadas de irregularidades, como la compra de votos, y anunció que pedirá ante las autoridades electorales un recuento total de los votos emitidos en las elecciones.

Malamud considera que la reacción por parte de López Obrador ya “estaba en el guión”. El candidato de la izquierda había sembrado dudas en torno a la limpieza de las encuestas que le daban como perdedor y el proceso electoral desde 15 días antes de que tuviera lugar. Su actitud, añade, “no ayuda al proceso de institucionalización, pero tampoco va a frenar la proclamación de Peña Nieto como triunfador, ya que, por un lado, los otros candidatos han reconocido el resultado y, por otro, la diferencia entre él (31,59 %) y Peña Nieto (38,21%) es de más de 6 puntos porcentuales y más de tres millones de votos, lo cual es una diferencia considerable”. Una situación muy diferente a 2006, cuando López Obrador perdió las elecciones presidenciales frente a Felipe Calderón por un pequeño margen del 0,56%, desconoció los resultados y se atribuyó la victoria en las urnas.

Claves de la victoria. El candidato de PRI ha conseguido imponerse en la carrera electoral con independencia de sus dotes de oratoria e intelectuales, muy cuestionadas e incluso ridiculizadas durante la campaña, especialmente cuando no supo nombrar los dos títulos de un libro y algunos críticos dijeron que solo sabía leer el teleprompter. Y lo ha logrado por errores ajenos y méritos propios.

En cuanto a los primeros, los expertos destacan que la candidata oficialista no supo atraer el voto útil de aquellos que rechazaban al PRI por el recuerdo de sus largas décadas en el gobierno, al dedicarse a atacar al izquierdista López Obrador. Este último hizo olvidar al electorado los errores que cometió cuando perdió las elecciones de 2006 y se negó durante meses a aceptar su derrota, organizando movilizaciones que crisparon a gran parte de la población e hicieron mella en su imagen política.

“Es cierto que intelectualmente Peña Nieto no es una figura brillante, pero políticamente es evidente que tiene algunos méritos”, destaca Malamud. Y cita como ejemplo “su desempeño al frente del Estado de México como gobernador [entre 2005 y 2011], su capacidad de 'torear' a los barones del PRI para poder imponerse en las primarias y haber vencido en una campaña electoral tan complicada como ésta. A esto hay que añadir una imagen telegénica muy cultivada por algunos medios vinculados al PRI y su habilidad para negarse a debatir sobre temas cruciales”.

Por otro lado, Peña Nieto fue capaz de superar las revelaciones sobre su vida privada, como las infidelidades a su difunta esposa y dos hijos fuera del matrimonio, que causaron mucho malestar entre sus simpatizantes, así como los casos de corrupción de que están acusados ex gobernadores de su partido.

Este licenciado en Derecho por la Universidad Panamericana, un pragmático sin una ideología clara, será quien asuma el reto de liderar el PRI al frente del Gobierno a partir del 1 de diciembre, en uno de los periodos de transición más largos del mundo. Peña Nieto sustituirá a Felipe Calderón, después de 6 años al frente del Gobierno y quien, según las leyes mexicanas, no puede presentarse a un segundo mandato.

Philip Nichols, profesor de Estudios Legales y Ética Empresarial de Wharton, señaló en un reciente blog de Knowledge@Wharton su optimismo sobre el futuro Gobierno de Peña Nieto. En los últimos doce años “ha habido elecciones totalmente competitivas en México”. Si Peña Nieto “continúa con el tipo de políticas abiertas y madurez empresarial que dice tener el PRI ahora, la combinación de ambas cosas podría funcionar bien”.

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El reto del consenso. De momento, cómo va a gobernar Peña Nieto es una incógnita para la mayoría de los expertos, aunque sí ha dejado entrever en numerosas ocasiones los temas que le preocupan. Uno de ellos es el débil crecimiento económico que ha tenido México desde los años 80, siendo poco más del 2% en el último lustro y situándolo por debajo de las principales economías emergentes, en particular Brasil, su principal competidor en la región.

En este sentido, Malamud considera que, desde el punto de vista macroeconómico, el comportamiento de la economía mexicana está siendo muy bueno, incluso mejor que Brasil. Según datos gubernamentales, la economía mexicana creció 4,6% en el primer trimestre de 2012 en relación al mismo periodo del año anterior, mientras que la brasileña tan solo ha crecido un 0,8% como consecuencia de la crisis económica internacional que está afectando sobre todo a su industria. A pesar de los datos positivos, Malamud advierte que “de aquí al futuro el riesgo que afronta México es caer en lo que los economistas llaman la trampa de los países renta media, es decir, si quiere ser un país emergido y no emergente, como es actualmente, tiene que salir de esa trampa. Puede seguir creciendo a tasas discretas pero no va a romper ese círculo vicioso de desigualdad y pobreza”.

En este sentido, existe un cierto consenso en que dado el tamaño de México, su importancia, así como su proximidad y dependencia de EEUU no se esperan grandes cambios en la política macroeconómica por parte del nuevo Gobierno. “Hay una cierta confianza de que las cosas van a seguir tal y como están”, señala Gonzalo Garland, economista de IE Business School. Pero también los expertos coinciden en señalar que para acabar con el crecimiento lento tiene que haber una serie de reformas de gran calado y profundidad.

Estas reformas tendrán que llegar por medio de acuerdos entre los partidos, ya que, “en contra de lo que parecían indicar las encuestas hace unos meses, el PRI no ha ganado las elecciones con mayorías muy holgadas en el Congreso y en Senado”, comenta Garland, quien considera que esta situación puede ser positiva para el país. “Las mayorías completas son muy convenientes para tener gobiernos fuertes que saquen adelante reformas, pero en un momento de transición [12 años de PAN y la vuelta del PRI] puede ser mejor que haya un equilibrio de fuerzas y que las distintas fuerzas políticas tengan que negociar. Se van a ver obligadas a llegar a acuerdos para realizar ciertas reformas estructurales”.

Malamud añade que hay dos tipos de reformas que se pueden acometer: por un lado, aquellas que requieren de la sanción de leyes ordinarias y para las que se necesita una mayoría simple en el Congreso y en el Senado. En este caso, “como el PRI no tiene mayoría en ninguna de las dos cámaras tendrá que negociar con el PAN, algo que ya tuvo lugar en el pasado pero a la inversa”. Y en segundo lugar, “hay reformas de mayor calado como las que requieren una reforma constitucional [como la energética], y exigen para su aprobación los dos tercios de las cámaras. Para esto es necesario un mayor consenso que será difícil de obtener dada la definitiva composición de las cámaras y la necesidad del apoyo del PRD (Partido de la Revolución Democrática) de López Obrador”.

Pemex, pobreza y drogas. Uno de los principales retos del gobierno de Peña Nieto será la reforma energética que tendrá como principal protagonista la petrolera estatal Pemex. La producción de la estatal está estancada desde hace diez años y es una de las petroleras con mayores pérdidas en producción de hidrocarburos. La idea del nuevo gobierno es hacer algo parecido a lo que ha hecho Brasil con Petrobrás, “una empresa que siga bajo control público pero con mayor presencia de capital extranjero, sobre todo en áreas claves como la exploración”, destaca Malamud. Pero él advierte que lo que dificulta la reforma de Pemex “es el hecho de que los recursos petroleros siguen siendo una base importante de los ingresos fiscales del país, lo cual requiere como complemento de la reforma energética, la reforma fiscal”.

Garland también considera crucial la reforma fiscal. En su opinión, “México debería tratar de aumentar los ingresos fiscales porque el país tiene muchas necesidades sociales y de infraestructura, y el nivel de impuestos que recauda es muy limitado”. Y añade que también sería necesaria una reforma laboral.

Al final, el objetivo no es otro que conseguir un crecimiento económico permanente que logré amortiguar un problema que México comparte con otros países de América Latina: la pobreza y la desigualdad social. El país tiene a un 42% de su población en situación de pobreza y el 41% de la riqueza nacional está concentrada en sólo el 10% de la población. En este sentido, Peña Nieto también ha mirado a Brasil en busca de soluciones y ha llegado incluso a entrevistarse con las autoridades del país acerca de sus éxitos con el objetivo de emular el importante trasvase de su población a la clase media en las últimos años.

Otro problema que tiene Peña Nieto en su punto de mira es el de la violencia y la inseguridad. El presidente Felipe Calderón le declaró la guerra a los carteles del narcotráfico en 2006 y el conflicto ha dejado como saldo imágenes truculentas y, lo que es peor, unos 55.000 muertos, miles de desaparecidos y desplazados de sus hogares. Malamud señala que el tema de la violencia tiene fuertes connotaciones sociales, “tiene cansada a la sociedad mexicana que necesita respuestas en este sentido, pero evidentemente no hay atajos ni soluciones fáciles en un tema tan complicado y controvertido como éste”.

A pesar de que muchos mexicanos se preguntan si esta guerra es inútil, porque nadie gana y tanta gente muere, Garland señala que, a la vista de las declaraciones del ganador de las elecciones, “parece que su política va a ser continuista”. Peña Nieto declaró recientemente que “la lucha contra el crimen va a seguir con una nueva estrategia para reducir la violencia y proteger ante todo la vida de los mexicanos. Que quede muy claro, frente al crimen organizado no habrá ni pacto ni tregua”.

Los expertos señalan que en esta guerra la cooperación de EE.UU. va a ser una herramienta clave, sin ella las autoridades mexicanas tienen una posibilidad de acción mucho más limitada, sobre todo teniendo en cuenta que el principal mercado de las drogas que manejan los carteles mexicanos está en EE.UU. y que buena parte de las armas de las que se nutren también vienen de ahí. El país también funciona como retaguardia para muchos de los carteles de las drogas. Malamud señala que “EEUU tiene que tener una actitud mucho más activa” para combatir el narcotráfico. Él señala que, a partir de ahora, la lucha contra el crimen se va a reforzar con mayor cooperación de Colombia, y el fichaje del General Oscar Naranjo, ex director de la policía de Colombia, “en un intento de seguir un proyecto no finalizado por los presidentes Fox y Calderón de crear una gran y eficiente policía nacional. Es un tema complicado que, entre otras cosas, requiere de una reforma constitucional”.

En opinión de Nichols, lo que el país necesita desesperadamente por parte de EEUU “es racionalizar su política de drogas, porque el apetito de drogas mexicanas está destruyendo al país. La criminalización de las drogas no ha funcionado”, añadiendo que mientras EE.UU. ha coordinado políticas con Colombia y Perú, todavía tiene que hacer lo mismo con México.

Nichols sugiere que las primeras dos prioridades de Peña Nieto “tendrían que ser trabajar con EE.UU. en una política de drogas clara, e inculcar una cultura en la que todo el país estuviera unido y en contra de la violencia”.