Mariano Rajoy es un hombre tranquilo, poco carismático, pero con una sorprendente capacidad de resistencia y que, según todas las encuestas, llegará a la presidencia de España en su tercer intento consecutivo.

Tras una larga carrera política, que comenzó en 1981 cuando fue elegido diputado en el Parlamento de Galicia, e incluye además cinco ministerios, el líder del Partido Popular (PP) está convencido de que esta vez será la definitiva.

Necesita ganar, aunque sea sin demasiado ruido, para brillar con luz propia y dejar atrás la sombra de su predecesor y referente de la derecha española, José María Aznar.

Su estrategia de perfil bajo, de no llamar la atención con propuestas impopulares, su casi inmovilismo, y paciencia a la espera de que el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) en el poder se desmorone, ya le dio buen resultado en los comicios municipales y autonómicos de mayo.

Entonces, Rajoy, cuya personalidad llevó a que muchos políticos lo consideraran el anticandidato incapaz de ganar unas elecciones, vislumbró que la clave del éxito estaba en la inacción.

El candidato de la derecha española apostó por evitar problemas durante la campaña, mantuvo la moderación, no dijo demasiado para no despertar miedo, y se limitó a esperar que la crisis económica hiciera lo suyo.

Es que la consecuencia más dramática de la tremenda crisis que envuelve a España son los casi 5 millones de desocupados, un motivo suficiente para que los ciudadanos castiguen a los socialistas, dejándole a Rajoy vía libre a La Moncloa.

Prueba de esta estrategia es el difuso programa electoral del PP, que habla de austeridad, de reforma laboral y de bajas puntuales de impuestos –el clásico modelo liberal para salir de la crisis-, pero deja fuera temas espinosos como el matrimonio homosexual con la intención de no molestar.

El candidato de los conservadores, al que los sondeos otorgan una ventaja de hasta 17 puntos sobre el socialista Alfredo Pérez Rubalcaba, podría convertirse en el presidente con mayor poder de la historia de la democracia.

Si se cumplen los pronósticos, el PP no sólo gobernará el Estado, sino también casi todas las comunidades autónomas y capitales de provincia.

Pero acariciar la victoria no fue nada fácil para este político español nacido hace 56 años en Santiago de Compostela, de carácter afable y parsimonioso.

Desde que perdió las elecciones de 2004 frente al socialista José Luis Rodríguez Zapatero, tras los atentados islamistas del 11 de marzo, Rajoy superó un camino de numerosos escollos.

La traumática derrota había desorientado al PP que, sin Aznar y aferrado a una teoría conspirativa, se sumió en una grave crisis y se puso de espaldas a la sociedad.

Pese a ello, Rajoy, un político con experiencia en la gestión durante el gobierno de Aznar, del que fue ministro de Administraciones Públicas, Educación y Cultura, vicepresidente primero y ministro de la Presidencia, ministro de Interior -se lo recuerda por la catástrofe ecológica del Prestige- y portavoz del gobierno, no se atrevió a cambiar nada y se mantuvo fiel al `aznarismo´.

Se opuso frontalmente a la negociación del gobierno con la organización separatista vasca ETA, al matrimonio homosexual y al Estatuto de Cataluña, una decisión que generó rechazo a lo largo y ancho de España.

En 2008, después de la segunda derrota, al verse fuertemente cuestionado por un sector de su propio partido, Rajoy concluyó que debía dar un golpe de timón y llevar al PP a su terreno, que era el de la moderación, sin abandonar los postulados neoliberales y conservadores de su partido.

Mientras la vieja guardia desafiaba su autoridad, un grupo de fieles, los `marianistas´, lo respaldaron y consiguió ser elegido presidente del partido en el Congreso de Valencia con el 88% de los votos, tras lo cual puso a su agrupación en orden y marginó a la derecha radical sin romper con ella.

Así consiguió importantes éxitos electorales, comenzando por el gobierno regional de Galicia, las elecciones europeas, un buen resultado en el País Vasco, donde el PP pasó a ser socio de los socialistas, y finalmente ganó terreno en Cataluña, granero del voto socialista y ahora llave de la mayoría absoluta, junto con Andalucía.

Si Rajoy gana las próximas generales, este hombre común, de costumbres y fuertes convicciones, que no es un intelectual cautivador de discurso profundo, habrá obtenido una gran victoria personal y para la derecha, fruto de su perseverancia, resistencia y paciencia.

La incógnita es si estas cualidades de superviviente lo colocan a la altura de un líder que tendrá la difícil misión de guiar a España hacia el final del túnel de la peor crisis desde la democracia.