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¿Quién necesita a Chávez? Nicolás Maduro impulsa su imagen camino a las elecciones
Miércoles, Mayo 9, 2018 - 11:10

 Ignorando su impopularidad personal y el hecho de que muchos lo culpan por una crisis económica sin precedentes, el exconductor de autobuses y excanciller se ha colocado a sí mismo como el centro de la campaña para la votación del 20 de mayo.

Caracas. En su campaña presidencial de 2013, Nicolás Maduro abría sus mítines con una emotiva grabación del himno nacional venezolano cantado por el entonces recién fallecido presidente Hugo Chávez.

    En una táctica que le consiguió una estrecha victoria, Maduro se rodeó entonces de imágenes del popular expresidente, reproduciendo el video de su mentor uniéndole como su sucesor, y proclamándose “el hijo de Chávez”.

    Sin embargo, esta vez, en la inusualmente descolorida carrera presidencial 2018 de Venezuela -que la oposición está boicoteando- Maduro ha relegado la imagen de Chávez.

    Ignorando su impopularidad personal y el hecho de que muchos lo culpan por una crisis económica sin precedentes, el exconductor de autobuses y excanciller se ha colocado a sí mismo como el centro de la campaña para la votación del 20 de mayo.

    En los mítines, Maduro, de 55 años, baila al ritmo de un pegadizo reggaetón llamado “Todos con Maduro”, mientras enormes pancartas con una “M” flanquean el escenario. Las multitudes agitan imágenes de su radiante rostro bigotudo, aunque a veces aparezca también la cara de Chávez.

    “Nuestro comandante (Chávez) se nos fue, pero hay que seguir la lucha. No me dejen solo”, imploró Maduro a los participantes en una reciente manifestación. “Si hace 5 años era un candidato novato, ya no lo soy. Ahora soy un presidente maduro, preparado, capacitado, con las que te conté bien puestas para enfrentar la oligarquía, el imperialismo”.

    La táctica de Maduro parece audaz: las encuestas muestran que el difunto presidente Chávez sigue siendo de lejos la figura política más popular de Venezuela, mientras que los porcentajes de aceptación del actual mandatario se han hundido, así como la economía del país.

    La estrategia refleja la absoluta confianza de Maduro de ganar otro mandato de seis años. ¿Y por qué no? Las dos figuras opositoras más populares no pueden postularse, los recursos del Estado están a su servicio para hacer campaña, sus partidarios dominan instituciones judiciales y electorales, y la oposición sufre una amarga división sobre el tema de abstenerse de votar.

Además, lejos de los jingles de campaña y dentro de las propias filas del “Chavismo”, Maduro superó con éxito para consumar su candidatura a aspirantes internos como el poderoso número 2 del partido oficialista, Diosdado Cabello.

    Su consolidación en el poder comenzó con la derrota en 2017 de las protestas callejeras de la oposición que amenazaron con derrocarlo, y luego este año impulsó una purga de poderosos funcionarios que eran leales a Chávez pero se habían vuelto críticos de Maduro, como el exzar del petróleo, Rafael Ramírez.

    Opciones limitadas. “Bueno o malo, es Maduro la única imagen política que figura en este momento”, dijo Hebert García, un exgeneral y exministro que se distanció de Maduro hace varios años y que ahora trabaja como consultor en Estados Unidos, donde se encuentra eludiendo las acusaciones de corrupción del gobierno venezolano.

    Pero de hecho hay otras opciones en la boleta de votación: los más destacados son el exgobernador regional Henri Falcón y el pastor evangélico Javier Bertucci.

No obstante, muchos partidarios de la oposición los ven como títeres y “colaboradores” que participan en un simulacro de voto puramente para dar legitimidad a la “dictadura” de Maduro.

    Algunas encuestas incluso le dan una ventaja a Falcón, quien rompió con la decisión opositora de no postular un candidato a los comicios y de llamar a no votar.

    Pero la abstención generalizada prevista para el 20 de mayo, la formidable maquinaria política de Maduro, el poder de los subsidios estatales, la presión a empleados del gobierno y la composición pro Maduro de la junta electoral, convierten en hercúlea la tarea de Falcón de alzarse con la victoria.

    Y hay poca evidencia en las calles de que la campaña de Falcón se esté convirtiendo en su esperado fenómeno de “bola de nieve”.

    A pesar de lo confiado que Maduro puede lucir en el escenario político, su talón de Aquiles sigue siendo la economía que parece caer en picada.

    Venezuela sufre su quinto año de recesión y se anticipa una contracción de dos dígitos en 2018. La inflación es la más alta del mundo y el salario mínimo mensual vale apenas 2 dólares al tipo de cambio del mercado paralelo.

    La escasez de alimentos y medicinas es vasta y cientos de miles de venezolanos han abandonado el país en los últimos años, cada vez más caminando, en autobús o incluso en bicicleta.

    La crisis puede profundizarse. Aún si gana el 20 de mayo, Maduro tendrá una gran crisis en sus manos. Estados Unidos está amenazando con sumar al sector petrolero a las sanciones ya existentes para evitar que Venezuela emita nueva deuda, no hay señales de reformas al fallido modelo de control estatal y los acreedores, nerviosos, están estudiando tácticas más agresivas.

    Su mantra de campaña ha sido culpar a todos, desde el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a los empresarios locales, molestos por el caos económico de Venezuela, sin mencionar el daño causado por las nacionalizaciones y los ineficientes controles monetarios.

    Más allá de prometer un “renacimiento” económico, Maduro ha dado pocos detalles sobre los planes postelectorales. Muchos temen nuevos movimientos contra el sector privado, como la intervención por 90 días anunciada la semana pasada de Banesco, el banco privado más grande en términos de depósitos del país.

En una gira nacional antes de la votación, los mítines de Maduro son visiblemente más pequeños, controlados y cortos que en 2013. Lejos de las primeras filas embelesadas, hay muchos gruñidos en la parte posterior de venezolanos infelices.

    “Es la campaña más sin sabor o incolora de por lo menos los últimos 20 años”, se burló el exministro de Petróleo, Ramírez, que quería postularse como el candidato del “chavismo”, pero que en su lugar está en el exilio en un lugar no revelado.

    En una reciente manifestación en el estado Barinas, donde nació Chávez, los nerviosos organizadores llamaban por teléfono en busca de engrosar el número de asistentes. Un Maduro molesto culpó a la lluvia por la baja asistencia, aunque solo comenzó a lloviznar tras el evento, dijeron testigos.

    “Vine a ver qué decía sobre la reactivación de la economía”, aseguró el campesino Aparicio Terán de 49 años, quien, como muchos en este estado, lucha por la falta de préstamos bancarios, los pesticidas y el alimento para el ganado.

    “Me voy sin encontrar una sola cosa que haya dicho de crédito, de fertilizantes, de herbicidas, de fungicidas, de alimentos para ganado. Así no se puede, hermano, aquí lo que viene es hambre”, agregó.

   

 

   Aunque el problema de la falta de comida ha superado los terribles niveles de violencia criminal como la mayor preocupación de los venezolanos, muchos aún no ven otra opción que votar por Maduro, especialmente para garantizar que sigan recibiendo bolsas de alimentos subsidiadas por el Estado, de las que dependen millones para comer. 

    Y Maduro aún tiene un núcleo duro de simpatizantes que se calcula en aproximadamente una quinta parte de los venezolanos, que juran lealtad al legado de Chávez, pase lo que pase.

“Todo un pueblo lucha por su futuro, contra las políticas de destrucción del imperio norteamericano y sus aliados europeos, contra el bloqueo, la guerra económica”, dijo Carlos Márquez, de 24 años, en el mitin de Barinas, vistiendo la gorra roja de rigor y la camiseta de los “chavistas” acérrimos.

Autores

Reuters