Río de Janeiro. Cuando se escriban libros de historia sobre el surgimiento de Brasil como potencia económica, las escenas de violencia urbana del fin de semana en Río de Janeiro podrían ser un capítulo crucial, y muy positivo.

La operación policial que tomó control de una de las favelas más caóticas de la ciudad fue mucho más que una respuesta a las bandas de narcotraficantes que incendiaron autos y buses durante una ola de crimen que dejó 46 muertos.

De hecho, las redadas de la policía y el Ejército, que terminaron con soldados eufóricos ondeando banderas desde una colina en la favela de Alemao, fueron una señal de que Brasil finalmente podría tener ahora la voluntad política y los recursos para terminar con una de las tasas de criminalidad más altas de América Latina, una enorme carga para la economía.

El estatus quo -narcotraficantes que controlan vastas zonas de la segunda ciudad más Brasil- es simplemente incompatible con los sueños del país de convertirse en una nación de clase media dentro de la próxima década y organizar con éxito el Mundial de fútbol y los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.

Queda por ver si la policía brasileña, que tiene terribles antecedentes en derechos humanos, podrá consolidar sus avances a base de operaciones de combate y expandirlas a ciudades con problemas semejantes de criminalidad.

Voluntad y recursos. De hecho ahora hay señales de que esta vez será diferente.

Primero que todo, las fuerzas de seguridad se han comprometido a trabajar juntas para recuperar el control de territorios en manos de narcotraficantes, en lugar de simplemente atacarlos, realizar arrestos y luego marcharse, tal como ha sucedido a menudo en el pasado.

Los políticos brasileños, que desde que empezó a subir el crimen en la década de 1980 han tratado al problema más como un mal sociológico que como algo que puede ser resuelto por la policía, están totalmente estimulados por el proyecto, desde el alcalde de Río hasta el presidente Luiz Inácio Lula da Silva.

Los recursos financieros para una presencia policial de largo plazo en áreas con problemas también se hacen presentes por primera vez.

Compañías como Coca-Cola y el banco local Bradesco han donado millones de dólares este año para ayudar a financiar operativos policiales, al sentir que el momento es apropiado para combatir un problema que cuesta a Brasil hasta US$100.000 millones por año en seguridad, inversión y productividad perdidas, de acuerdo al Banco Mundial.

Sin embargo, el elemento más importante que trabaja a favor de Brasil puede resultar menos material: la creencia palpable de muchos brasileños de que la nueva prosperidad del país realmente ha hecho todo esto posible, hasta la paz en Río.

"Hoy podemos estar seguros de que cuando el Estado realmente quiere algo, es competente", dijo Sergio Duarte, jefe de la policía militar de Río de Janeiro, al término de la operación en Alemao el domingo.

El sueño de Río seguro. Este lunes, el clima en Río y en otros sitios del Brasil era simplemente de euforia.

"Río muestra que es posible", titulaba la portada del diario O Globo. Ese y otros periódicos publicaron fotos de niños del barrio haciendo volteretas hacia la piscina de una casa elegante, anteriormente propiedad de un narcotraficante conocido como Polegar, o "Pulgar", mientras soldados sonrientes con rifles de asalto los miraban.

"Creo que desde ahora en adelante siempre va a ser así", dijo Rodrigo Flores, asistente de oficina que vive en un barrio pobre cerca de la famosa playa de Copacabana en Río, mientras se dirigía al trabajo.

"Donde vaya la policía con este refuerzo de las fuerzas armadas, los bandidos no tienen el coraje de enfrentarlos, y terminarán ocultándose", afirmó.

En el barrio de Flores y en cerca de una decena de favelas más en Río, el Gobierno ha instalado la señal más visible de su nueva estrategia: las llamadas Unidades Policiales de Pacificación o UPP, que combinan políticas basadas en la comunidades como partidos de fútbol e internet gratuito para ganar los "corazones y mentes" de las personas en zonas donde el Estado antes no tenía presencia.

De hecho, el éxito de las UPP desató la violencia de este fin de semana, cuando narcotraficantes que estaban siendo desalojados de sus casas respondieron a la policía, con la esperanza de que se alejara. En lugar de eso, sus acciones llevaron a una réplica mucho más potente de efectivos policiales y militares.