Lo había adelantado en una entrevista con el diario Washington Post, y este jueves Dilma Rousseff lo cumplió, tras votar a favor de la visita de un relator de la Organización de Naciones Unidas (ONU) a Irán, un antes y un después en la relación entre Brasil y el cuestionado país de Medio Oriente.

Un vuelco significativo porque su antecesor y compañero en el Partido de los Trabajadorees (PT), Luiz Inácio Lula da Silva -quien estuvo en el gobierno durante ocho años-, siempre minimizó las críticas de la oposición en contra del gobierno de Mahmoud Ahmadinejad, y en lo concreto, al momento de votar en la ONU, se abstuvo una y otra vez.

Rousseff, de origen humilde y quien como universitaria supo de las tortutas y violaciones a los derechos humanos ocurridas durante los años de dictadura en Brasil, parece ahora querer levantar un estandarte sin concesiones: la defensa de los derechos humanos, sea cual sea la dictadura en el planeta.

Pero en el voto de Rousseff no sólo hay principios, sino también una cuota de cálculo político, ya que la primera mandataria se ha propuesto como objetivo clave que Brasil ocupe un puesto permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU, aspiración que ahora se ve más cercana luego del voto en contra del gobierno iraní.

Al mismo tiempo, con esta señal la administración de Barack Obama -presidente que no por nada acaba de visitar este país-, clave en el quién apoya a quién en el consejo de seguridad, verá más cercana y plausible la incorporación de Brasil a dicho consejo.