Los críticos del gobierno de Hugo Chávez dicen que Venezuela está en plena carrera armamentista y los defensores responden que hay algo de exageración, porque otras regiones y países en el mundo registran mayores incrementos en el gasto militar. Pero, más allá de las diferencias estadísticas o semánticas, lo relevante serán las consecuencias geopolíticas en la región. Veamos.

Por un lado, es evidente que el comandante Chávez ha puesto en práctica la vieja estratagema de exacerbar los sentimientos nacionalistas para sostenerse en el poder, y una buena manera es fabricar una amenaza externa. Como la de Estados Unidos es poco creíble, entonces la de la vecina Colombia resulta más atractiva, sobre todo porque para la mayoría de la población es más o menos usual que el narcotráfico, la guerrilla y la narco-guerrilla provoquen de tarde en tarde diferendos fronterizos entre ambos países.

El acento ahora, sin embargo, es el esmero con que Caracas estira la cuerda elaborando supuestas conjuras colombianas que justifiquen, tanto un discurso guerrero como algunas acciones de contención. El cierre de la frontera a las importaciones desde Colombia o la detención de ciudadanos de este país con cualquier pretexto -el último de los cuales fue que espiaban sus instalaciones eléctricas, las cuales, por lo demás, se pueden ver todo el tiempo en Google Earth-, son sólo dos ejemplos que le facilitan a Chávez pasos más concretos y, ciertamente, más preocupantes para la estabilidad regional.

Este es el otro aspecto del problema. En los últimos ocho meses, Chávez ha suscrito dos convenios para adquirir armamento y equipo militar ruso por valor de unos US$5 mil  millones, que incluye 24 aviones de combate Sukhoi, más de 50 helicópteros, 100.000 rifles de asalto Kalashnikov, tanques T71 y sistemas antiaéreos S-300, lo que se suma a otras adquisiciones en años anteriores. Y el lunes 26 de abril envió otro mensaje al aumentar, por decreto, 40% los haberes de sus fuerzas armadas lo que, para una economía que este año caerá casi 3%, y con una inflación estimada de 30%, es el combustible perfecto para una crisis considerable.

Si bien la renta petrolera venezolana es todavía jugosa, no hay plata que alcance todo el tiempo para controlar las variables macroeconómicas, subsidiar a Cuba, Bolivia o Ecuador, o derrocharla en financiar el clientelismo chavista.

Lo significativo de estas acciones, desde un punto de vista político, es que los gobiernos autoritarios acostumbran tomar decisiones desesperadas cuando escuchan ruido de sables. Es bien sabido que el lubricante con que Chávez ha mantenido más o menos en paz a su ejército es mediante una combinación de purgas, rotación de mandos y corrupción. Pero es imposible que estos métodos funcionen para siempre y, antes bien, lo más probable es que se estén fermentando disidencias al interior de las fuerzas armadas que, un buen día, serán letales para Chávez.

Es previsible, por tanto, que el deterioro de la situación venezolana, bien sea por una radicalización mayor de Chávez o, en la hipótesis opuesta, por movimientos que aceleren su caída, producirá alteraciones muy significativas a la estabilidad de una zona crítica, y tanto países como Brasil, Colombia y Estados Unidos, como la propia OEA, deberán estar preparados para un escenario que será todo, menos un día de campo.