En 1987 la película Robocop mostraba un Detroit futurista donde la policía se había privatizado, y en donde los policías votaban ir a la huelga para defenderse de los recortes presupuestarios. Eran los años de Ronald Reagan y tanto la privatización total como la insolvencia fiscal parecían pesadillas lejanas. Hoy, sin embargo, Detroit tiene un déficit de US$ 85 millones, el 5,5% de su presupuesto anualizado, y podría ser una de las primeras ciudades estadounidenses en caer en la insolvencia. En otra escala, la pequeña ciudad de Camden, en Nueva Jersey, debió recortar su fuerza policial a la mitad. Y eso que figura como el segundo municipio más peligroso del país en los ránkings de CQ Press.

Son algunos de los síntomas de la crisis que tiene a todos los niveles del fisco, desde el gobierno federal a los municipios, pasando por los estados, al borde de un ataque de nervios. El reciente choque ideológico entre gobierno y oposición pareció como si los conductores de dos trenes en vías de colisión optaran por ir a toda máquina en vez de aplicar los frenos. Al final, el temido default federal fue sorteado a última hora, con un inconsistente acuerdo que retarda la detonación, pero no desactiva el artefacto explosivo. Se trató de un paliativo que, en realidad, hace muy poco por disipar la era de volatilidad a la que ingresó EE.UU. Y el que haya sido lo único que las partes lograron producir bajo amenaza de un inminente colapso económico, denota cómo la radicalización del ala extrema del Partido Republicano está alterando el tradicional juego político del país, reduciendo el espacio para alcanzar el consenso. Para muchos, la crisis del pasado mes tiene nombre y apellido.

“El Tea Party ha secuestrado la agenda”, dice Scheherazade S. Rehman, profesora de Negocios Internacionales, Finanzas y Asuntos Internacionales de la Universidad George Washington. “El movimiento está obligando al partido Republicano a adoptar una postura extrema en la que no hay espacio para la negociación”.

Para la experta, esto no quiere decir que el Partido Demócrata esté totalmente libre de culpa. El presidente Barack Obama, por ejemplo, ha fracasado en ejercer un liderazgo efectivo que logre consolidar las fuerzas moderadas existentes entre ambos bandos. También es cierto que dentro de las filas del partido de gobierno conviven elementos que se oponen con vehemencia a las propuestas de los conservadores, considerando que Washington no debería aplicar ningún tipo de recorte y que sólo debería subir los impuestos corporativos y el de los ricos para solucionar la elevada brecha fiscal del país.

Pero fue la influencia del Tea Party lo que propició el estancamiento de las negociaciones, al endurecer las posiciones de los republicanos. Charles H. Franklin, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Wisconsin, recuerda que a pocos días del temido default algunos de sus legisladores afirmaban que éste era incluso conveniente, pues obligaría al gobierno federal a curarse de la recurrente enfermedad deficitaria que ha llevado al país a acumular deuda por más de 14,3 billones de dólares.

Era una postura que asustaba a muchos. Los economistas coincidían en que un incumplimiento, en el que EE.UU. hubiera entrado el 2 de agosto si el Congreso no elevaba los límites de endeudamiento del gobierno federal, generaría pánico en los mercados y congelaría el crédito en el país, lo que a su vez hundiría a la economía en una feroz contracción económica con cierres masivos de empresas y de puestos de trabajo. “Un default provocaría una crisis financiera potencialmente más severa que la que nosotros apenas ahora comenzamos a superar”, advirtió el secretario del Tesoro, Timothy Geithner, al Congreso.

El acuerdo de última hora que se firmó para evitar el default federal retarda la detonación, pero no desactiva el artefacto explosivo.

El Tea Party, sin embargo, no se mostraba muy convencido con este tipo de pronóstico. El movimiento se convirtió en el símbolo del renacimiento del ultra conservadurismo en EE.UU. Es una agrupación amorfa, que representa en realidad a diferentes sectores unidos por dos ideas: la necesidad de recortar el tamaño del gobierno federal y bajar los impuestos. Es una agrupación que también comienza a apoderarse del alma del Partido Republicano.

“El Tea Party se ha convertido en el motor principal de la agenda republicana en muchas áreas”, dice Franklin. “Esto puede verse en todas las posiciones de todos los aspirantes a la nominación presidencial republicana (para competir contra Obama en las elecciones del próximo año). Todos ellos, uniformemente, ahora rechazan la posibilidad de subir los impuestos. Ésa no es una posición que incluso los más conservadores republicanos adoptaban hace tres años”.

Al movimiento, que a inicios de año aglutinaba el 25% de las simpatías del electorado, le fue bastante bien durante las elecciones parlamentarias del año pasado, logrando que muchos de sus abanderados consiguieran las nominaciones del Partido Republicano y luego ganaran las elecciones en sus estados para ir al Congreso.
¿Pero podrá el Tea Party seguir ascendiendo en la política de EE.UU.?

“La opinión pública ha estado tornándose más negativa hacia el Tea Party, pero es difícil ver si cuando la gente dice eso, ellos se están refiriendo al Tea Party como organización, o si se refieren al Tea Party como símbolo de la ideología republicana conservadora que muestra una postura inflexible en el tema del presupuesto y de los impuestos”, dice Franklin. “Es posible que el movimiento haya llegado ya a su pico, pero habría que ver cómo le va en las elecciones del próximo año”.

Apretando donde duele. EE.UU. ya ha visto el resurgimiento de movimientos similares al Tea Party en el pasado. Durante los comicios de 1994, muchos de los integrantes del Partido Republicano que tomó control del Congreso formaban parte de su ala más conservadora, pero un buen número de ellos no lograron permanecer en sus puestos porque demostraron ser demasiado radicales para el electorado.

Algo parecido podría eventualmente suceder con la actual ola de legisladores conservadores, dependiendo de cómo comienzan a ser percibidos por la población. Por el momento, los sondeos muestran cierto grado de disgusto hacia su actuación durante la crisis. Pero las encuestas también muestran que la opinión pública se ha vuelto muy negativa en general contra todo el Congreso e incluso contra la Casa Blanca, con ambas instituciones mostrando un nivel de aprobación inferior al 40%.

Parte del descontento surge por las frustraciones de la población ante lo que ha sido una larga recesión económica. A nivel de los estados y las ciudades, la crisis ha golpeado particularmente fuerte, lo que ha llevado a muchos de ellos a recortar severamente sus servicios.

De los 50 estados de la unión americana, sólo dos de ellos (Alaska y Dakota del Norte) no enfrentan problemas financieros. El resto o está mal o en estado crítico, como es el caso de Illinois, Nueva Jersey o California (ver tabla). Según distintas estimaciones, las autoridades deberán recortar cerca de US $140.000 millones en los presupuestos estatales.

“Los ingresos fiscales de los estados han caído hasta los más bajos niveles desde que comenzaron a ser registrados”, dijo Erica Williams, analista del think tank Center on Budget & Policy Priorities (CBPP, por sus siglas en inglés). “Muchos de ellos vieron un colapso total en el ingreso del dinero que es utilizado para financiar el gasto como la educación, el cuidado médico, y la seguridad pública y esto es un gran problema porque todos los años tienes más niños que educar, más niños que van a las universidades, y debido a la recesión, un mayor número de personas que necesitan cuidado médico porque perdieron sus empleos y perdieron su cobertura de seguro médico”.

La situación ha llevado, por ejemplo, a estados como Arizona a retirar unos 100.000 adultos de bajos ingresos del programa federal de salud Medicaid, lo que significa que no tendrán acceso al cuidado médico. En Texas, las autoridades tuvieron que recortar los servicios de educación preescolar, mientras que en Florida, los funcionarios se vieron obligados a elevar en 15% las matrículas universitarias, medida que se suma al 30% de los incrementos que ya había aplicado en los últimos dos años.

Este tipo de recortes están siendo aplicados en casi todos los estados para cumplir el requisito de no cerrar en déficit, normas enmarcadas en sus Constituciones o en sus leyes estatales, lo que asegura que ninguno de ellos pueda declararse en quiebra. Pero los recortes están impactando a millones de personas, no sólo al reducir los servicios y los beneficios directos que reciben, sino además en términos de recortes de cientos de miles de puestos de trabajo.

La situación es similar a nivel de las ciudades, con algunas de ellas enfrentando serios problemas financieros. Aparte de Detroit, San Francisco, Los Ángeles, Washington DC, son algunas de los grandes municipios con vista al barranco. Muchos están negociando con los sindicatos una reducción de los servicios básicos. Sí, policías, bomberos o ambos.

El caso de Chicago es decidor. El municipio privatizó su sistema de autopistas pagadas y su sistema de estacionamiento (intentó hacer lo mismo con el aeropuerto, pero fracasó). Prácticamente la totalidad de los ingresos (casi US$ 3.000 millones) se invirtieron en pagar deuda. Y los usuarios pagan hoy cuatro veces por usar los estacionamientos.

Este tipo de situaciones podrían agravarse este año y el próximo. Williams, del CBPP, recuerda que, con el vencimiento de la asistencia que los estados recibían del gobierno federal, ayuda que es poco probable que sea renovada bajo el actual clima político en el Congreso, que nombró un Súper Comité para recortar el gasto federal como parte del acuerdo alcanzado para subir el techo de endeudamiento.

“Cualquier decisión que tome el Súper Comité en términos de recortes del gasto no discrecional, va a tener un gran impacto en los estados porque gran parte de ese gasto fluye directamente a ellos. Es allí donde está el gasto que va a la educación, y que va al sistema de salud”, dice Williams. “Los estados van a tener que prepararse para una nueva ola de recortes que está por venir”.

Para Rehman, de la Universidad George Washginton, no hay duda de que EE.UU. debe aplicar recortes, pero que el momento actual no es el más adecuado. “No puedes hacerlo en medio de una crisis como la que estamos enfrentando, en momentos en que el mercado sube y baja entre 400 y 600 puntos todos los días”, dice. “La aplicación de una austeridad excesiva, como la que aplicaron los griegos, significa no crecimiento y la falta de crecimiento significa que nunca se va a salir de este problema”.

Los recortes también deben ser aplicados con algún tipo de incremento en los impuestos, en el marco de un plan que debería estar preparándose desde ya para reducir el déficit fiscal en un plazo de 10 años. Esto, sin embargo, va en contra de la ideología principal esgrimida por el Tea Party, que hasta el momento ha obstaculizado que los demócratas y los republicanos alcancen algún tipo de entendimiento.“Alguien tiene que ejercer una tremenda presión para que entiendan que tienen que llegar a algún acuerdo”, dice Rehman. “No hay duda de que debe haber una reestructuración del esquema fiscal en este país. Pero ellos deben entender que si no lo hacen ya, los mercados van a seguir tropezando. Creemos que en algún momento ellos van entender la situación, pero el problema es que cada día que pasa la gente se está empobreciendo mientras ellos tratan de preservar sus posiciones políticas en línea a la próxima elección”.