¿Cuánto respeto le tienen a Brasil en Washington? Hace un año que el presidente Obama visitó a Dilma Rousseff en Brasília, pero aparte de algunas frases de buena crianza, poco se concretó aquella vez. Brasil sigue sin tener un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Y sus candidatos para presidir organismos internacionales se encuentran siempre con el desdén y la frialdad de Washington.

La visita de Dilma a Washington tampoco cambiará las cosas. De hecho en EE.UU. quieren bajarle el carácter de oficial. “En época electoral no se reciben visitas de Estado”, explican en la Casa Blanca, olvidando el reciente paso del primer ministro David Cameron.

Desde el Departamento de Estado se recalca que Brasil y EE.UU. son “socios naturales” y que son parte de “una nueva arquitectura global”, anunciada por la secretaria de Estado Hillary Clinton.

Dan Restrepo, asesor de Obama, insiste en que los presidentes, “pasarán de las conversaciones a entregar resultados concretos”. También optimista, el equipo del Tesoro declara que la reunión se trataría de “un momento especial en la historia de dos economías poderosas con intereses compartidos”. El papel de Brasil es cada vez más importante como mercado para las exportaciones de EE.UU. (el octavo mercado más importante). Y no es que EE.UU. no haya tenido gestos: por ejemplo, dejó que expiraran los subsidios a su industria doméstica de etanol, abriéndoles la puerta a los exportadores brasileños.  

Pero otra cosa es ser dadivoso con la industria de alta tecnología de un país sudamericano. Un suculento contrato entre Embraer y  la Fuerza Aérea de EE.UU. fue  desechado tras “problemas de documentación en la licitación”. Se trataba de 20 aviones Super Tucano destinados a Afganistán; una venta que podía llegar a los US$ 1.500 millones. Incluso antes de este portazo, la Comisión de Valores estadounidense inició una investigación contra Embraer, cuyos detalles no se han filtrado, pero se trataría de pago de coimas a funcionarios públicos en tres países, incluyendo Argentina.

En Brasília, los suspicaces relacionan todo lo anterior con el hecho que Brasil prefiera comprar aviones franceses Dassault en vez de F-18 de Boeing, un negocio cercano a US$ 4.000 millones.

“Nosotros vemos a Brasil como un jugador mundial y país clave para Latinoamérica, pero Obama no ha construido pilares ni tampoco entendido la importancia de Brasil”, dice Carl Meacham, asesor de los senadores republicanos.

Para Meacham hay una falta de visión palpable en la actual administración estadounidense. Y también una falta de políticas significativas y pérdidas de oportunidades para el sector privado de EE.UU. “No estamos presentes en el mercado brasileño”, se lamenta.

Poder para los BRIC. A la arista de comercio se suma la financiera. Brasil hoy es el cuarto mayor tenedor de bonos del tesoro de EE.UU., con US$ 229.000 millones. En otras palabras, el gigante sudamericano ha contribuido a financiar el ajuste económico de la potencia del norte. Todo ello en el contexto de lo que Guido Mantega, presidente del Banco Central brasileño, denomina “una guerra de divisas”.

Sebastián Brown, economista y estratega de mercados emergentes de Barclays, indica que “la guerra de divisas no sólo es relevante para Brasil, las principales monedas de la región”.

En este contexto, Brasil sería el único país capaz de empujar hacia una nueva arquitectura financiera mundial a través de un mayor liderazgo en organismos internacionales como el FMI o el Banco Mundial. Tronos que EE.UU. no está dispuesto a ceder.

Las propuestas que lleva la presidenta Rousseff a EE.UU., están envueltas en papel de regalo para iniciar, como detalla el embajador brasileño Mauro Vieira, “un nuevo ciclo en la relación”,  basado en “innovación, ciencia y tecnología y la búsqueda conjunta de nuevas formas de crear inversión con énfasis en la economía del conocimiento”. Por ejemplo, Rousseff estableció 75.000 becas para que brasileños estudien en universidades de EE.UU. El embajador Vieira subraya que tanto Brasil como EE.UU. quieren resultados y “no importa qué nivel protocolar le dan a la reunión”.